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'El caso Slevin': Influencias habituales
Gonzalo G. Velasco
Si la película Sospechosos Habituales fuera helado de vainilla, Old Boy caramelo líquido, y Hasta que Llegó su Hora virutillas de chocolate, el Caso Slevin, la última película de Paul McGuigan (Gángster Nº1, El Misterio de Wells, Obsesión…), sería uno de esos helados tan resultones que desde hace tiempo nos vende una marca norteamericana cuyo nombre suena deliberadamente a sueco.
La comparación no es tan sólo un recurso fácil para empezar una crítica de manera sabrosa, sino que me viene al pelo para glosar el principal defecto de El Caso Slevin, que al igual que los susodichos helados, sabe a gloria durante las primeras cucharadas pero empalaga en las finales, en parte, debido a que su original confluencia de sensaciones gustativas no es tan original como en principio nos pudiera parecer.
La película de McGuigan sufre el síndrome Los Otros, o dicho de otro modo, el síndrome Nueve Reinas. Tanto la obra de Amenábar como la de Bielinsky son productos estimables y, hasta cierto punto, interesantes. El problema es que antes de ellos había precedentes tan ilustres (y con sombras tan alargadas) como El Sexto Sentido, El Golpe o, en el caso que nos ocupa, Sospechosos Habituales.
El influjo de la excelente película de Bryan Singer no sólo se detecta en la estructura narrativa tendente a la elipsis, a la fragmentación temporal, y sobre todo, a la sorpresa final de alto calado, sino también, y esto es a mi juicio lo que juega en su contra, en la construcción de determinados personajes como el propio Slevin del título, que bien podría llamarse Kaiser Soze y tener el rostro de Kevin Spacey para no dejar el plagio a medias.
Toda esta herencia cinematográfica mal digerida, se completa con un montaje por momentos frenético a lo Snatch, Cerdos y Diamantes, unos diálogos enfebrecidos en su búsqueda constante de originalidad muy a lo Tarantino (el de antaño, no el de Kill Bill), y unos estupendos actores que hacen lo que pueden por suplir la falta de talento de McGuigan para estos menesteres. De este modo, el film se derrite poco a poco en su tarrina y termina convirtiendo una propuesta que llevaba en su interior la semilla del talento, en el proyecto final de carrera que rodaría cualquier gafapasta posmoderno de escuela de cine. Una penita.
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