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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Crimen y perdón

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 12 de abril de 2006, 20:45 h (CET)
Cuando se produce una muerte violenta, sea de género, por atentado terrorista o de cualquier otra índole, la televisión recoge escenas de odio, venganza y crispación de parte de los familiares y vecinos de la víctima que, con rostros desencajados expresan los sentimientos que se incuban en las profundidades de sus almas. Difícilmente vemos aparecer una persona que con serenidad de rostro exprese los sentimientos que anidan en su alma por el acontecimiento luctuoso.

Es raro, pero no imposible, que aparezca el rostro tranquilo después de un acto violento o accidente mortal que le afecte por la proximidad. The Times (01-12-05), en un artículo escrito por Russell Jenkins, muestra al lector la otra cara de la moneda que nada tiene que ver con la crispadura a la que estamos acostumbrados. El articulista describe el hecho horripilante del asesinato de Anthony Walker, un joven de 20 años y la reacción cristiana de su madre Gee Walker.

Los autores del crimen salieron corriendo de la obscuridad con los rostros tapados con gorros de esquiador y blandiendo uno de ellos un picolet de escalador que le clavó en la cabeza. Una cosa que cuesta digerir y con la que se hubo de enfrentar la madre de la víctima es que los asesinos eran de la misma localidad, que se conocían, que habían jugado juntos en el polideportivo escolar, que comían juntos en el comedor del centro educativo. La pregunta que podemos hacernos es: ¿Por qué a ella? ¿Por qué a nosotros cuando un crimen horripilante de los muchos que acostumbran a describir las noticias nos afecta directamente? No es fácil entender que cosas así Dios las disponga para bien de quienes le aman. Las conjeturas que nos podamos plantear no sirven para darnos estabilidad emocional. Es más sensato aceptar las cosas tal cual son antes que ponernos a cuestionar las razones por las que Dios haya decido permitir que nos ocurriese. Es una muestra de equilibrio espiritual pedirle a Dios que nos conceda las fuerzas necesarias para afrontar la situación de una manera tranquila y que no se tenga la necesidad de tener que acudir más tarde a un siquiatra para poner en orden a los sentimientos y emociones que nos corroen por dentro.

Dice el periodista que la señora Walker se mantuve firme en su fe cristiana cuando se encontró cara a cara con los asesinos de su hijo en la sala del juicio. El comentarista transcribe las palabras de compasión que brotaron de los labios de la madre a favor de quienes mataron a su hijo de una manera tan horripilante: "¿Tengo que perdonarlos? En el momento en que moría Jesús dijo: 'Los perdono porque no saben lo que hacen'. Los perdono. Sigo perdonándolos". Russell Jenkins sigue escribiendo: "La señora Walker habló con elocuencia de cómo su fe cristiana evangélica le pedía que los perdonase. Estaba decaída y le caían las lágrimas recordando el momento en que se despedía de su hijo cuando yacía en la UCI con el picolet clavado en su cabeza".

El viernes 19 de julio de 2005 unas sombras salieron silenciosas desde la obscuridad para abalanzarse sin motivo alguno aparente sobre un joven que paseaba con su novia para clavarle en la cabeza el pìcolet mortal. Mañana, una escena parecida a ésta puede repetirse en cualquiera de nosotros. ¿Estamos preparados para encarar la situación con la serenidad mostrada por Gee Walker, la madre del joven asesinado cuando ésta se encontró frente a frente con los asesinos de su hijo? Como por arte de magia no podemos ponernos al nivel de la madre dolorida, mostrando serenidad y compasión cuando en la mayoría de los casos odio, rencor y crispadura brota de los ojos desencajados. Gee Walker, con su ejemplo nos invita a poner nuestra mirada de fe en Jesús, el Hijo de Dios para que de Él recibamos el socorro oportuno para hacer frente con serenidad a los azares de la vida diaria.

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