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El riesgo permanente

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 11 de abril de 2006, 21:34 h (CET)
Escribo este artículo en plena semana santa, que uno quisiera que fuese mejor santa semana, por aquello de que la santidad nos pone en predisposición de la escucha, algo que debe ser nuestra actitud constante. Sólo el aliento del silencio fecundo nos hace poesía; puesto que el verso únicamente germina de la vida interior. Desde esa hondonada de lenguajes, entre saetas y divinidades, se me ocurre plantear en un mundo de continuas inseguridades, sobre cuál es la seguridad que nos asegura un seguro de por vida para el sosiego. De entrada, yo quiero ser su llamador. Lo armónico siempre me ha conmovido. En cientos de costaleros y penitentes he visto que la verdad resiste, entusiasma. Para sentirlo sólo hay que mirarle a los ojos. Peregrinan con la verdad a cuestas. Padecen dolores, pero no perece la emoción de dejarse abrigar con la cruz. Sólo ella, es la fuerza pacifista y pacificadora. Me gustan estas procesiones devotas de la verdad. No me importa apadrinarlas, protegerlas, defenderlas, ampararlas como un defensor de la belleza que no nace sino de la autenticidad de unos pasos vividos a golpe de corazón. Me declaro, pues, amante empedernido de este riesgo, el de ser costalero de la verdad para sacar del costal del verso, la paz para unos labios en guerra.

Lo sé bien. Se que cuando alguien busca la verdad corre la posibilidad de que no le entiendan. Este trance, aunque complicado y difícil, vale la pena ponerlo de moda. Arriesgarse por restaurar la sinceridad, puede ser una aventura peligrosa, porque es ir contra la no-verdad, pero a la larga siempre será un gozo haber plantado cara a la mentira. Por el contrario, cuando se tiene como único objetivo inducir a la mentira o manipular a la gente para aprovecharse de ella, estamos destruyendo corazones, alejándonos unos de otros. Esta sensación de falsedades en la cual estamos instalados a más no poder, nos lleva a una desesperación total y a una sociedad desesperanzada como la actual. La primera ficción, la falacia más grave, salta a la vista, la poca valoración del ser humano como tal. O sea, como persona, con derecho a ciudadanía del mundo. Se ponen demasiados empeños, a veces, en afrontar cuestiones económicas lo que es cuestión de humanidad.

Soy de aquellos que le gusta estar instalado en el riesgo permanente. Lo de poner en práctica lo de verso en pecho me afana, me mueve regenerar la verdad, con el único fin de generar primaveras para todas las personas. Me gustan los que ponen en movimiento los labios del alma y versifican por su nombre los actos que las gentes producen. O reproducen, sin malicia, sin fraude, sin falsificación, ni enredo. Hay que nombrar a los conceptos y a las acciones por su patronímica realidad. Debemos hacerlo para no confundir y ayudar al cambio de actitudes y de mentalidades. Sobre todo, teniendo en cuenta que la paz la hacemos todos y cada uno. No viene al caso la exclusión. Por ello, es tan importante que los poderes de los Estados animen a construir una sociedad donde se pongan las semánticas en su justo significado, se vivan los principios morales que garanticen el respeto sagrado a la persona. Sólo así, desde la autenticidad de los lenguajes que salen del corazón, se pueden rehabilitar actitudes perversas que llevan consigo la rúbrica del terror.

Promover la verdad tiene sus dificultades. Lo ha tenido siempre. Es bastante arriesgado tomarla como bandera en una tierra empañada por una legión de falsificadores que te ponen la zancadilla al tiempo que te abrazan. Las farsas se representan y, por ende, se te presentan en todas partes. ¿Cuántos ejercen la sinceridad como norma de sus vidas? Casi siempre se nos da mejor ubicarnos en el terreno de la duda. Faltan cofradías que tomen plaza en el reino del mundo y nos pongan la penitencia debida. Faltan más saeteros, aunque haya aumentado el número de escuelas, que nos hagan llorar por dentro. Faltan caminos donde el árbol de la veracidad pueda echar raíces y entroncar almas. Que se desarme la tierra ya. El diálogo como respiración bañe al mundo. Lo de injertar la verdad en todos los aires y para todas las vidas, es la mejor manera de poner los cimientos de una cultura de la acogida y de la amistad social. Es acercarnos y hacernos próximos del prójimo.

Al prójimo no se le llega con las armas. Se le alcanza presentándole en bandeja la verdad como fundamento de expresión para que entone su réplica en el mismo lenguaje. En toda obra humana hay siempre una parte de autenticidad. “Sólo la literatura dispone de las técnicas y poderes para destilar ese delicado elíxir de la vida: la verdad escondida en el corazón de las mentiras humanas”, postula Mario Vargas Llosa. Es cierto, la verdad, bella por sí misma, entraña el gozo y el esplendor de la belleza artísticas. Hay que haber vivido un poco para hacer literatura, también para comprender que todo lo que se persigue en esta vida sólo se consigue arriesgando a veces lo que más se ama. ¿Qué sería de la vida, si no tuviéramos el valor de intentar algo nuevo cada día? Vivir, por si mismo, ya es un riesgo permanente. Permanecer en la verdad y obrar en la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para los discípulos de Cristo, tanto de los primeros tiempos como para los cofrades de hoy, negándose a ser considerados figurines, exponiendo su manifestación de fe, con el corazón en la mano y la mano en los pasos de la trascendencia, por las calles de los pueblos.

Los grandes genios han sabido presentar con la belleza de la verdad, tanto las realidades más trágicas y dolorosas de la condición humana como las más dulces y gozosas de la condición de vida. Carece de sentido intentar buscar la verdad para dividir, enfrentar, agredir, descalificar, desintegrar. No sería la verdad del bien que buscamos. Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. Una verdad que pasa de poderes, que se muestra como un racimo de donaciones y de servicio. Es una buena manera de enseñar a ver y vivir en la verdad. No hay riesgo más lúcido que el de rasgar el vestido de las mentiras. Ni belleza más verdadera que la de desvestir las impurezas del aire para que se purifiquen. Machado, lo bordó: “Tu verdad no; la verdad / y ven conmigo a buscarla. /La tuya, guárdatela”. Pues eso, que no vale la pena cubrirle el rostro a la mentira para que parezca verdad, disimulando el rastro de su engaño y disfrazando los designios. Al final, sólo lo desnudo tiene su peso de verdad en la pasarela del tiempo.

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