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¿Caben sandios en España?

Se está llegando al colmo de la memez y de la idiotez en este injustificado deseo de diferenciar los sexos
Manuel Villegas
miércoles, 13 de febrero de 2019, 08:40 h (CET)

Por desgracia, en esta nuestra bendita España la estupidez no tiene mesura, la imbecilidad no puede aumentar más y las sandeces y vacías logorreas se expanden por doquier. Es infinito el número de tontos que, al igual que setas en otoño, proliferan y crecen en esta desdichada, por ellos, Piel de Toro.


Se está llegando al colmo de la memez y de la idiotez en este injustificado deseo de diferenciar los sexos.


La Naturaleza, tan sabia en todo, hizo macho y hembra, varón y mujer, con el sólo y único fin de que la especie de los seres vivos se perpetuase. Hasta las plantas tienen gametos femeninos y masculinos. Los estambres son la parte masculina y el pistilo, la femenina. La diferencia de sexos es irrefutable.

El género es una categoría gramatical. En nuestra lengua hay cinco géneros: masculino, femenino, neutro, común, epiceno y ambiguo.

Por lo tanto, el género nunca se puede, ni se debe identificar con el sexo, ya que es, como hemos, dicho una categoría gramatical que se aplica, según el DIRAE, a los sustantivos, artículos, adjetivos, participios y pronombres.

Creo que es obvio decir que el masculino está reservado al varón, o al macho, y el femenino a la mujer, o hembra.

Aunque se me tilde de prolijo, creo conveniente explicar, pues hoy día, el en lenguaje coloquial, ni se habla de ellos, para qué existen y se aplican los restantes géneros: El común tiene la misma forma para los dos géneros gramaticales. Sólo los diferencian los artículos, así decimos el pianista, o la pianista, según sea varón o hembra a quien nos refiramos.

El epiceno es único y lo utilizamos, ya para masculinos, ya para femeninos, pues bien decimos personaje, jamás hemos de decir personaja, como pretenderían las enconadas feministas, o victima, nunca víctimo, como podrían reclamar en el colmo del disparate quien sea un acerbo defensor de la masculinidad .

El ambiguo se reserva lo mismo para un género que para otro, sin que por ello tenga que haber cambio de significado.: el mar, la mar, el armazón, la armazón. Salvo para ánade y cobaya, se refieren a seres inanimados ¡Que no, hombre que no! Que los sexos no son iguales. Hay varón y hembra.

Distinto es que en las relaciones humanas tengan ambos los mismos derechos. Cosa discutible pues no deberá de tener el mismo derecho al reconocimiento de su valía aquel que se esfuerza, trabaja, se sacrifica y pone todo su empeño y las fuerzas de las que dispone en conseguir una meta, bien sea en el trabajo o en los estudios, que quien es, como se dice vulgarmente “un juan lanas”, al que todo le da igual. Aunque hoy sea políticamente incorrecto, jamás podrá aspirar el segundo a ser igual que el primero. Además sería un agravio comparativo con éste.

Hablando de géneros, la Asociación de Academias de la Lengua Española dice que género es el grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido éste desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico. A ver si nos enteramos, género es un concepto aceptado para diferenciar socioculturalmente a los seres humanos que tienen caracteres comunes, como hemos dicho, no una distinción biológica. Es una diferenciación que se establece en virtud de la situación social o cultural. La biología sólo distingue entre macho y hembra que, mal que les pese a los movimientos feministas, no son antagónicos, sino complementarios. ¿Qué hubiese sido de la Humanidad si sólo hubieran existido los géneros y no los sexos? Como la estulticia no tiene límite y el número de los memos es ilimitado, el Gobierno de Aragón no se ha querido quedar atrás y ha distribuido entre sus más de 50.000 funcionarios, que no son pocos para una la undécima comunidad española, un manual de «lenguaje inclusivo con perspectiva de género» en el que se incluyen las palabras que, desde el recibo del mismo, deben emplear.

En él, entre otras recomendaciones o imposiciones, pide desterrar la utilización del término «hombre» o, como mucho, restringir al máximo su uso por considerarla sexista. La palabra hombre deriva de la latina homo, una de cuyas acepciones es precisamente hombre, así que al ser humano, macho y varón, no se le puede llamar hombre porque es sexista, y aconsejan, casi obligan, a que se diga el ser humano, las personas, la humanidad, la población, la gente, el género humano o la especie humana.

Los que han alumbrado tal disparate no han tenido en cuenta lo que hay más simple en las conversaciones, o sea, la economía, del lenguaje, por la que es más rentable suprimir las perífrasis cuando se pueda, y emplear palabras lo más breves posibles siempre que definan claramente la idea que engendra nuestro pensamiento, pero vaya Vd. a saber los conocimientos de Lingüística que poseen los padres de tal despropósito.

Puestos en esta tesitura, reclamo mi derecho a que se me llame persono y no persona porque la primera tiene une connotación femenina.

Absurdo ¿verdad?

Al igual de grotesco que quienes, en el colmo del desconocimiento y dislate, dicen jóvenes y jóvenas, miembros y miembras, matria en lugar de patria, y un sin fin de estupideces cada cual más aberrante e ignorante, porque como decimos, en España, no caben más sandios, estultos y necios.

Estos son los mimbres con los que hemos de confeccionar el cesto de nuestras relaciones, pero hay algunos que no sirven ni para tejer un mal bolso.
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