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Eva Hache y esta farándula izquierdista que no entiende de democracia

"Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros” Herman Hesse
Miguel Massanet
miércoles, 13 de febrero de 2019, 08:38 h (CET)

Parece que solo hace un par de días que a alguien se le ocurrió que la democracia, aquello del “gobierno del pueblo por el pueblo”, era algo bueno y que, vistos los otros sistemas de gobierno: la autarquía, el totalitarismo, la monarquía absolutista, la dictadura, el comunismo y toda la serie de modalidades conocidas sobre cómo gobernar una nación, seguramente se podría decir que, el sistema basado en la democracia era, por decirlo de alguna manera, el menos malo de todos los conocidos hasta la fecha. Claro que lo que se podría entender como democracia participativa, estricto sensu, resulta prácticamente imposible por su parecido con el sistema asambleario utilizado, más en la teoría que en la práctica, por muchas formaciones comunistas, con todos los graves inconvenientes que comporta el necesitar unas mayorías para cada cuestión que deba resolverse, y con mayor motivo, cuando es preciso tomar decisiones rápidas debido a que las circunstancias no permiten esperar a un referendo para decidirse por una opción determinada.


Es la democracia representativa aquella que mejor conocemos y la que se practica en la mayoría de países libres de occidente, basada en la confianza de los ciudadanos que se deposita, libremente y por medio de las urnas, en determinadas personas a las que se les encomienda la administración de la nación, en nombre del pueblo soberano. Regularmente se concede el gobierno del país por un determinado periodo de tiempo, de modo que concluido el plazo se deben convocar nuevos comicios en los cuales, los ciudadanos, por medio de su voto libremente emitido, deciden el nuevo grupo de personas que han de gobernar durante la nueva legislatura. Dicho esto, parece que hay personas que se creen facultadas para entorpecer, imponer o aplicar la fuerza en aquellos casos en los que, sus ideas políticas, sus convicciones personales o su humor cambiante, les hacen sentirse con la autoridad suficiente para intentar imponer, en aquellos que piensan distinto de ellas, sus propias opiniones. Es evidente que, por medio del contraste pacífico y mesurado de opiniones, de las argumentaciones correctamente expuesta y del respeto por la persona con la que se debata, estos debates dialécticos puede ser enriquecedores, esclarecedores y, evidentemente, provechosos en el sentido de servir para derribar tabúes, aclarar conceptos y abatir los muros de ignorancia que, frecuentemente, existen en estas cuestiones complejas en las que interviene la política.


Por desgracia, algunas personas desconocen el verdadero sentido del término democracia, lo interpretan como una forma más de imponer sus propias ideas al resto de ciudadanos; de ignorar los derechos respetabilísimos del resto de personas y despreciar, condenar, criticar o descalificar, por sistema, todas aquellas opiniones que piensan que van en contra de lo que estiman que mejor les conviene aunque, en su interior, sepan positivamente que están equivocados y carecen de la razón y argumentos con los que apoyar sus teorías, cuando intentan perturbar con mecanismos ilegales, artimañas fraudulentas o trucos amañados, los derechos de quienes no están en condiciones de defenderse o, por miedo o ignorancia, no son capaces de levantarse contra la injusticia a la que son sometidos.


En España tenemos un grupo de personas a las que vengo calificando de farándula, todos ellas progres convencidas, la mayoría nunca han pisado una academia de interpretación y han subido a fuerza de hacer lo que, es muy corriente en muchas profesiones, trepar y trepar, haciendo la pelota, consintiendo humillaciones, implorando papelitos y, sólo unos pocos, unos privilegiados de la fortuna, consiguen llegar a la cúspide; aunque por conveniencia, por cálculo o por mantener el rencor acumulado durante años por aquellos a los que odiaron mientras estaban sometidos a su autoridad, siguen manteniendo su ideario comunista, por mucho que las cuentas bancarias lleven cifras con muchos ceros a la derecha. ¡Pero siguen pensando como proletarios! ¡Qué decir de la familia Bardem o el matrimonio Victor Manuel y Ana Belen, Albert San Juan y Guillermo Toledo sin perder de vista los Diego, Juan y su hijo, Candela Peña, Maribel Verdú y un infinito reguero de personajes similares, la mayoría de ellos con las faltriqueras bien rellenas, como es el caso de otro furibundo inquisidor de la derecha, el llamado Gran Wyoming ( J.M.Monzón), un personaje cargado de la más negra bilis, digno heredero de aquellos anarquistas que se paseaban por las calles de Barcelona durante la última república de 1936. Todos ellos bajo el común denominador de utilizar el peor lenguaje conocido en sus críticas al capitalismo, a la derecha, a los empresarios y a los gobernantes de partidos conservadores, sin importarles cuales puedan ser sus méritos, cualidades, honradez o capacidades porque, para esta banda de autocalificados miembros de la “cultura”, por muy incultos que sean la mayoría de ellos, el solo pensar distinto de ellos ya supone recibir el San Benito de “fascista”, “franquista”, “reaccionario” o “mea pilas”. No suelen utilizar un lenguaje muy elegante, sus gracias son poco originales (para el público que los ve son suficientes e, incluso, sobradas) y, eso sí, su mochila de insultos, ordinarieces, términos escatológicos y palabras injuriosas o sacrílegas, siempre está bien surtida para disponer de ellos en cualquier ocasión en la que quieran “lucirse” ante sus compadres de la farsa.


Seguramente, porque le ha sido difícil destacar en este oficio, quizá por no disponer de un físico despampanante como les ocurre a otras, acaso por haber empezado a tener éxito cuando ya no era una niña; haya sido la causa de que esta mujer, conocida como Eva Hache (Eva Hernández Villegas) perteneciente a la nueva ola de artistas promocionados por las TV, aunque se presentan como cómicas nadie puede tomarse en serio que sean personas graciosas, por mucho que se esfuercen en hacérselo acudiendo al recuso de hablar mal de políticos y criticar todo lo que pueda interpretarse como contrario al orden establecido Pues bien, esta mujer, ni corta ni perezosa, sin que nadie le diera baza en un asunto que no era de su incumbencia, se permitió calificar a los asistentes a la manifestación del domingo pasado como “unos mierdas”, vean ustedes la finura de su lenguaje, simplemente porque se trataba de personas que correctamente, sin chillidos ni destrucción de mobiliario urbano, salieron a la calle, en una concentración muy numerosa, a dejar patente su opinión sobre el estado actual de nuestro país.


Es muy probable que esta señora sea simpatizante de los separatistas catalanes o, que lo que pretenda es que se hable de ella ( aunque sea para mal), para aumentar su caché o, incluso, para hacerse popular entre los progres que se atribuyen a sí mismos ser los genuinos representantes de la cultura, sólo por haber conseguido algunos “cameos” que, desgraciadamente, es de lo que más abunda en este descafeinado y en declive cine español ( hubo películas que ni alcanzaron los 10 espectadores), siempre intentando imitar al cine americano pero que nunca, por mucho que se empeñen, lo consiguen, lo que les obliga a permanecer en una medianía que va camino de la nada, aunque ellos, los que viven del cine, no quieran admitir que no tienen futuro y se animen, unos a otros mediante estos bodrios como ha sido la última entrega de los Goya.


Resulta patético que todos estos señores que siguen perteneciendo a esta raza especial de los que viven del espectáculo, tengan que seguir siendo subvencionados a costa de los PGE como, si en realidad, no se tratase de una actividad privada que no debería recibir ni un solo euro de nuestros impuestos, ni una sola ayuda de la TV1, siempre deficitaria, ni el menor apoyo en créditos a fondo perdido ya que, ni la calidad media de nuestras películas, ni la falta de una formación y selección adecuada de nuestros actores, ni la preparación de muchos de nuestros directores, con escasas excepciones, merecerían que el Estado se gastase parte de los impuestos que nos exige, en hacerse de mecenas de una serie de personajes merecedores de formar parte de un circo de payasos en el que, todos ellos, tuvieran el papel de “augustos” y “trombos”, lo que les permitiría practicar una de sus performances favoritas: el ponerse verdes los unos a los otros.


En realidad, tal y como está en la actualidad este país, no es de extrañar que personajes como el que hemos mencionado, tengan la posibilidad de que sus opiniones salgan en los medios informativos y, en cierta manera, no debiéramos extrañarnos demasiado de que se les dé cancha a todas estas mediocridades, si tenemos en cuenta que, si elevamos la mirada hacia lo que son nuestros gobernantes actuales, deberemos reconocer que muchos de ellos no están muy por encima de estos a los que criticamos por su poca altura de miras. Da la casualidad de que, a todos ellos, por ser socialistas y por haberse convertido en sus mecenas, dándoles una importancia que están lejos de tener y habiéndose convertido en su benefactores cuando, España, tiene tantas cosas mejores en las que invertir los dineros de los contribuyentes. Mucho más importante sería invertir más en sanidad; ocuparse del problemas de la falta de nacimientos y de los abortos que siguen aumentando, de año en año, mientras muchas familias tienen que irse al extranjero para conseguir adoptar niños. Pero, como sucede con los inmigrantes que nos llegan desde África, son votos asegurados para las izquierdas, aunque ello represente asumir una carga que no sabemos si, en verdad, estamos en condiciones de poder soportar.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, resulta incomprensible que España haya llegado a la situación en la que se encuentra, donde existe una verdadera degradación no solamente en lo que es la calidad y preparación de nuestros gobernantes, sólo preocupados de mantenerse en el poder, sino que, desgraciadamente, tenemos a una parte de la sociedad que ha renunciado a nuestras tradiciones, cultura, educación, comportamientos, interés por mejorar, convivencia amigable o interés por la progreso de nuestro nivel de vida, para dedicarse exclusivamente a enfrentarse contra la otra parte de la sociedad, en una deriva que, difícilmente, si no cambian mucho las cosas, vemos la posibilidad de que tenga una salida prometedora. Esperamos equivocarnos.

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Vicen 13/feb/19    08:50 h.
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