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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Laicismo, confesión de Estado

José Carlos Navarro (Mérida)
Redacción
martes, 11 de abril de 2006, 21:44 h (CET)
Fernando de Haro en una presentación radiofónica de su libro sobre los dos años de legislatura, desbroza que el laicismo imperante en el Gobierno está marcado por la influencia de las propuestas de Gregorio Peces-Barba en Zapatero. Es conocido que como ponente de la Constitución abandonó distintas ponencias por no ser aceptadas sus posiciones en contra de la religión católica y su doctrina. También es sabido que si es el Rector de la Universidad Carlos III, la ministra saliente de Educación era vicerrectora de la misma. Ni que decir tiene el componente adoctrinador de la ley, que pretende sustituir a padres por Estado con asignaturas como Educación para la Ciudadanía. Es Peces y la Fundación CIVES quién ya han redactado borradores para esta nueva doctrina.

Preguntándole por diversas cuestiones en un diario digital a la presidenta del Tribunal, María Emilia Casas, al haber pertenecido al vicerrectorado de la Carlos III, una de ellas fue si compartía el laicismo impositivo que anida en esta Universidad. Su respuesta en honor a su cargo no podía ser otra que mostrar su respeto al carácter aconfesional del Estado como exige la Constitución. Confirmando la libertad religiosa como derecho fundamental, dice respetar los sentimientos religiosos que cada cual puede profesar como los desee.

Pero esa es la cuestión, no es que no exista el derecho a profesar la religión, sino que es el Estado el que debe garantizar esos derechos sin tomar partido por ninguna. Es religión el laicismo que niega a Dios y a la religión, como lo es el anti-Cristo en oposición a Cristo. La negación radical de la religión es creación de opio del pueblo. Si desde la instituciones públicas se profesa el laicismo, estas que son Estado no permanecen neutrales ante la aconfesionalidad del Estado. Si desde el propio Ejecutivo y Legislativo se legisla de igual forma, el Estado se convierte en confesional del laicismo doctrinal. Definir a la religión como moral privada arrinconada en las sacristías, y al laicismo de los nuevos valores ciudadanos como moral pública, es un peligroso juego de violación de esos derechos constitucionales. Derechos que no inventa la Constitución, sino que recoge el compendio histórico, social y antropológico de veinte siglos de nuestra civilización.

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