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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

¿Dónde está Godot?

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 9 de abril de 2006, 23:54 h (CET)
Siempre viene bien recordar a Beckett, aunque se conmemorando sus fechas biográficas.

Dentro del absurdo de sus expresiones, de la rareza de sus creaciones, Samuel Beckett supo golpearnos con un fuerte aldabonazo por medio de sus obras. Hoy me refiero en concreto a su "Esperando a Godot", auténtico clásico moderno, porque supo perfilar esa conducta humana que todos llevamos dentro cuando decidimos esperar a que vengan las soluciones, siempre desde fuera.

Son muy habituales las actitudes de escasa implicación, de poca colaboración; a la vez que clamamos por el buen desfacedor de entuertos, de alguien que nos resuelva los problemas, que nos apañe lo de este mundo y si pudiera ser también lo del otro.

Como los protagonistas Estragón o Vladimir, surgimos de la noche de los tiempos, hemos estado en fosas o cenagales, ya habrá otros momentos para poder entrar en una valoración de esos orígenes, nacemos a la vida. Aparecemos, nos percibimos a nosotros mismos y unos a otros nos encontramos. ¡Absurdo, eh! Y cada uno peleará con sus absurdas reacciones, zapatos, sombreros, o las más ridículas pertenencias: vivimos marcados por las vicisitudes y penurias de cada instante. Partimos de aquellos vagidos del recién nacido, pero sin grandes explicaciones, ¿Absurdamente?, tropezamos con las circunstancias. ¡Ya estamos aquí!, sueltos y atados al mismo tiempo, sesudos e ignorantes. ¿Cómo llegaremos a entender esto?

En la ingrata y desabrida espera, ni tan siquiera intuimos la identidad de GODOT, ¿Quién será?, un dios, un vendepatrias común, una gran personalidad, son posibilidades reales a tener en cuenta. No logran desentrañar el enigma, apenas les llegó el mensaje de que vendrá. Como digo, ¿Se tratará de un sabio? Una ilustración regeneradora con la fuerza conceptual y motivadora suficiente. ¿Una simple tomadura de pelo? Sabemos que la credulidad puede alcanzar niveles estúpidos. ¿Un dios dominante? De todas formas muestra tanta lejanía como expresa esa inacabada aparición. ¿El tiranuelo o conseguidor que tienen más a mano? No se desmiente, no, esa posibilidad. A poco que nos observemos, ¿Cuántas preguntas con esa orientación nos podremos plantear en los ambientes actuales? Anuncios y promesas de notable presencia en los ámbitos de hoy. ¿O no?

Como en cada narración relacionada con la especie humana, no faltan referencias explícitas o insinuadas en torno a las ATADURAS, las servidumbres o cadenas, demasiado presentes para cada individuo. Beckett llegó al extremo de personalizar en Lucky uno de los más extremosos ejemplos, atado con una soga al cuello, arrastrado y sometido a su amo y señor, el llamado Pozzo. Por los entresijos de todo ello se transluce una tétrica conformidad o abandonismo, como una falta de iniciativas para la rebeldía. Quizá por impotencia, por pocas luces o por simple pasividad. Con un imponente y perverso resultado, la total sumisión de Lucky, humillado y agotado. Lo absurdo radica sobretodo, en que para eso, no se exigen grandes esfuerzos al dominador, hasta le aburre tanto dominio facilón. ¿Qué hay detrás de todo ello? Nos abre la espita para una valoración libre. ¿Qué pensamos? ¿No vale la pena pensar?

Se desarrolla un viso, una tonalidad, un paisaje desértico en todo el relato. Sin distinguir el origen, sin fundamento alguno, se ven abocados los personajes a unos caminos solitarios, apenas un árbol, aferrados a unos zapatos, a sus sombreros cochambrosos, hambrientos y desorientados. ¿Y si nos ahorcamos? Con la duda permanenete y una tensión para marcharse, pero sin ninguna mención a un rumbo o meta, y tampoco demasiado movimiento. Es decir, desierto ambiental, pero así mismo, ausencia de valoraciones o decisiones; el ATURDIMIENTO es la regla en cada una de sus situaciones. De tal desaguisado, más bien pareciera imposible una mínima vida humana. ¿Se perdió la capacidad de enriquecerla? ¿Ya no se perciben horizontes de dignidad? ¿Porqué se degenera tanto la personalidad?

Planea en toda la obra la presencia de esos seres divinos (con minúsculas y autodefinidos así). De una parte, su poder les hace sentirse como tales; desde fuera, las adulaciones de sus torpes coetáneos simulan adoraciones vacuas e intrascendentes. Pozzo es uno de esos divinos, dirige la cuerda atada al cuello de Lucky; su actitud petulante se acompaña de imprecaciones, son así sus pronunciamientos. ¡Ah! Miren por donde, irónicamente, Beckett nos lo muestra como dependiente también de esa cuerda, sin esa cuerda de dominio no es nadie. Necesita esos artilugios de control, y a esos especímenes humanos de su entorno; sin todo ello se desinfla su orgullo, quedando como una minucia inservible. ¿Ejemplos de ayer? ¿Actuales? ¿Pura literatura? La precisión certera de estos personajes los consolida como verdaderos arquetipos de la conducta humana -Marbella, empleo juvenil-.

Enfrentados a la provocación de Samuel Beckett, a esas absurdas situaciones, cada lector es un resorte; mas lo desagradable de las escenas, la indolencia de unos personajes, o la perversidad de otros, pone de manifiesto la falta de un sentido adecuado para algunas vidas. Como contrapeso, nos hará husmear en los razonamientos y conductas que puedan encauzar esos despropósitos. Como expresaba Pablo Neruda: "...Es esencial conservar la dirección interior, mantener el control del crecimiento que la naturaleza, la cultura y la vida social aportan para desarrollar las excelencias... del poeta". Y añadiríamos, de todas las personas que ejerzan como tales.

Estamos demasiado acostumbrados a catalogar las cosas, y lo que es peor también ponerles el etiquetado a las personas. Fijando la posición, esto es así o de otra manera; este individuo se caracteriza por esto o aquello. Nos chifla eso de poner etiquetas a quien sea, qué le vamos a hacer. Y eso que es importante para los productos de un establecimiento comercial, atribuído a las personas queda como muy simplista, abarca muy pocos aspectos de un ente humano individual; este dispone de enormes y cuantiosos recovecos que conforman su personalidad.

Por eso, la espera de Godot tiene un fin imposible. La actitud y la responsabilidad ha de generarse en los interiores de cada mente, de cada individuo. ¡Todos somos GODOT!

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