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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La corrupción y el voto en blanco

Mariano Estrada (Alicante)
Redacción
viernes, 7 de abril de 2006, 22:57 h (CET)
Los empresarios en activo deberían estar necesariamente apartados del ejercicio directo de la política, más que nada por la tentación que pudieran tener, los pobres, de favorecer los intereses de sus empresas, privilegio que ellos no quieren, ¿cómo van a quererlo? Los políticos amigos de los empresarios en activo, deberían estar sometidos a una vigilancia continua y exhaustiva, de manera que fueran imposibles los tratos de favor económico en sus relaciones amistosas. En lo demás, allá se zurzan, si es ese su gusto. Los políticos deberían estar muy bien pagados, incluso excelentemente pagados por el normal desempeño de sus funciones, pero también deberían tener sobre sus cuellos una espada afilada y especialmente sensible: “Damocles, baja, que este ha metido la mano donde no debía” ”Damocles, descuélgate, que este ha cometido una prevaricación bochornosa” “Damocles, desciende, concreta tus constantes amenazas y cébate en la sangre de estos listos que se han llevado la pasta a través de una persona interpuesta” “Damocles, cae de una vez y corta la avaricia de los que se ponen al servicio de los ciudadanos hasta que encuentran la manera de hacerlo justamente al revés: servirse de ellos y, si llega el caso, sodomizarlos, aunque sea metafóricamente”.

La verdad es que no se entiende bien que, sabiendo fehacientemente que el poder corrompe cuanto toca, no haya unos mecanismos de control que sean suficientemente eficaces y severos, de manera que los ceses, además de fulminantes, fueran prácticamente automáticos; vamos, como si fueran billetes de lotería que pasaran por la ranura de la máquina: “No tiene premio” ¿Y qué querías, angelito, que encima de llevártelo crudo te cayera el gordo? “Gordo lo tengo, más lo quisiera / que entre las piernas no me cogiera”. Eso, eso, a engordar, y que luego se encargue la avaricia de romper tanto saco lleno como hay por el mundo... Lo que pasa es que, últimamente, la avaricia tiene tantos adeptos y está tan solicitada y desbordada que, por desgracia, hay muchísimos sacos que quedarán en el mundo sin romper, muchos delitos sin castigar y muchos energúmenos sueltos, nadando en la frondosidad y en la riqueza. Y ahí están, viviendo como reyes y tal vez pasando ante la sociedad por benefactores: “Sí, oiga, es un santo varón, contribuye a sufragar los gastos de 12 ONGs con una cuota fija” Por el contrario, son las quejas de algunas buenas personas las que, paradójicamente, van a un saco roto, donde nadie las oye, ni las ve, ni las alienta.

Pues bien, lo cierto es que esa máquina de proclamar corrupciones se pone a cantar de vez en cuando: en Marbella cantaba todos los días desde los tiempos de Jesús Gil, pero también ha cantado en otros sitios y de otras formas, a las que no se les ha dado demasiada publicidad. En general, la corrupción particular, si se descubre, se castiga con el cese, o incluso con la cárcel, de quien ha cometido el delito. Pero la otra, la corrupción institucionalizada, paraoficial o parapolítica, no la ataja ni Dios. De hecho, la máquina de marras desgarró un chorro de voz en el flagrante caso Montilla, pero Montilla salió por peteneras cornellalicias y sigue pontificando desde un Ministerio que ha puesto bajo la industria particular de su partido. (Pongo este ejemplo porque es muy elocuente, pero existen otros muchos que están en la mente de todos). Lo que quiere decir que la corrupción goza de muy buena salud y que los corruptos se han desmelenado y ya no tienen vergüenza. Dentro de poco, y si esto sigue así, exhibirán la corrupción como un trofeo de caza: “señores de la pocilga: el pelotazo que acabo de pegar en nombre de mi partido está tan bien perpetrado y es tan pantagruélico y tan lúcido que debe postularme para ministro en el caso de ganar las elecciones generales. ¿Entendido?”.

Lo más triste de todo es que los ciudadanos de a pie tendemos a pensar que no podemos hacer nada. Es más, lo que se percibe es que cada uno se ha resignado a votar a su partido, cometa los desmanes que cometa. Cosa que tiene una cierta lógica porque, si todos los paridos son corruptos, Sócrates es mortal. ¿Do you? La conclusión es obvia: ¿a quién votaré yo, sino a Sócrates?

Pues no, existe la posibilidad de que votemos en blanco. Y de pedir que ese voto tenga la correspondiente representación parlamentaria. Si se consiguiera tener en el Congreso 10 escaños vacíos, como 10 testigos mudos, pero acusadores, que recordaran continuamente a los políticos lo corruptos que son, ya veríamos si empezaban a tomarse las cosas en serio. Y a dimitir, que es lo que hubiera procedido que hicieran determinados políticos que han pisoteado la honradez y el orgullo de los ciudadanos y se han instalado en las poltronas del desmán y de la desvergüenza.

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