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La construcción europea, ¿frenada?

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 6 de abril de 2006, 19:13 h (CET)
Cuando el año 1957 se firma el Tratado de Roma que dio origen al proyecto de la futura Unión Europea, muy pocos estaban informados de cuanto se cernía tras un poco celebrado acuerdo que preveía, que, Europa, después de sufrir en su carne dos guerras mundiales en la primera mitad del Siglo XX, podía caminar, en la segunda parte final del mismo, hacia una unificación progresiva que diera bienestar a los europeos, en lugar de “sangre, sudor y lágrimas”. Y, ¿quién lo iba a decir con la Historia en la mano?... Más, la cosa, funcionó, y Europa en lugar de campos de batalla, se llenó de instituciones supranacionales, recibiendo cada cierto tiempo nuevos socios. De este modo, se llegó a disponer, como ejemplo de unidad, de una misma moneda, y, a la vez, la facultad de circular libremente por todo el continente sin atravesar aduanas, a más de de comprobar la previsión de que la unidad acarreaba prosperidad y bienestar.

Todo anduvo bien sobre la base de unos acuerdos administrativos, y Europa comenzó a ser “un” enorme país capaz de mirar de “tú a tú” al gigante estadounidense. Entre otras cosas perceptibles, ya no hubo que cambiar las monedas europeas por dólares para viajar o comprar en el extranjero. Los llamados “fondos de cohesión” llevaron dinero hacia los países menos favorecidos, y el empleo floreció llegando a ser objeto de atracción para ciudadanos de otros países no europeos. Las “cuentas” de la progresiva unión, funcionaron, y el éxito provocó entusiasmos europeístas de nuevo cuño. Acompañándolo, figuraron festivales como el de Eurovisión que proclamaban que lo mercantil no sólo era el interés principal, sino que un afán de integración europea, sobre el inglés como principal idioma de conexión, se fue asentando y provocando interés para nuevos países que contemplaban el futuro atravesando las barreras de la Unión. El concierto de “Año Nuevo” que cada mañana del uno de enero –desde 1941-, se trasmitía desde Viena, fue el símbolo del deseo de entrar, cada año, con el pie derecho en la creciente unidad europea.

Así, las cosas fueron “como la seda” hasta que surgió la manzana de la discordia al llegar el momento de establecer una Constitución política para la nueva entidad continental. Fue elaborada por una comisión en penumbra presidida por Giscard d´Estaing, y cuando se sometió a los ciudadanos para su aprobación, nadie, excepto la España surgida del terrible atentado de Atocha y con un gobierno afín al ex presidente francés, mostró entusiasmo para aprobarla. Y quedó arrinconada, a la vez, que, surgieron las primeras serias disputas en su seno con un doble motivo: Había que absorber diez nuevos deteriorados países procedentes de la caída del imperio soviético, y admitir la integración pan-europea de fuentes como la energía. También ha influido la cercana integración de Turquía, de tan hondas diferencias culturales, y que, de paso, llevará las fronteras de Europa hasta los confines de países islámicos. El corazón europeo extiende sus arterias hasta límites impensados.

Ante el aparente estancamiento actual caben dos reflexiones muy dispares, pero propias de la hora del mundo que se vive. La primera: preguntarse si el contenido de un proyecto de Constitución puede detener esta imparable tendencia hacia la unidad del continente. Y, la segunda: entender la necesidad de una Europa cada día más entrelazada y vigorosa; el mundo avanza hacia la globalización a marchas forzadas. Asía, con los gigantes indio y chino, y la pujanza de las economías del Sudeste por un lado, y la proliferación de tratados multinacionales en América, aunque esté distante la aproximación administrativa y monetaria, son ejemplos de ello. Europa, pionera de unificación supranacional, no puede quedarse atrás. Los “tiempos” se lo demandan.

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