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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Hace 75 años

Jesús Paniagua (Madrid)
Redacción
miércoles, 5 de abril de 2006, 22:20 h (CET)
Fue una mañana de primavera; España, por primera vez en mucho tiempo, quizá desde 1808, se levantaba, al fin, alegre y faldicorta. La alegría del 14 de abril fue la que sintieron en las casas millones de españoles al imaginarse el principio de una nueva ruta abierta y soleada. Fue una alegría un poco melancólica; no en balde se iban viejos símbolos que fueron gloriosos en otro tiempo. Pero en compensación, el 14 de abril anunciaba las dos cosas de las que está huérfana España: un orden social nuevo hasta el fondo, que redimiera a sus gentes sufridas de la miseria en que se arrastran y un quehacer colectivo: el de levantar el Estado nuevo, el de acometer la empresa de rehacerse, todos unidos en el mismo afán.

Se abría por delante una clara esperanza para todo un pueblo. Como todas las alegrías populares, era imprecisa, no percibía su propia explicación; pero tenía debajo, como todos los movimientos populares, muy exactas y muy hondas precisiones. La alegría del 14 de abril, era el reencuentro del pueblo español con la vieja nostalgia de su revolución pendiente. El pueblo español necesita su revolución y creyó que la había conseguido el 14 de abril de 1931; creyó que la había conseguido porque le pareció que esa fecha le prometía sus dos grandes cosas, largamente anheladas: primero, la devolución de un espíritu nacional colectivo; después, la implantación de una base material, humana, de convivencia entre los españoles.

Muchos años después, de manera más difusa probablemente, España se vió estremecida por sentimientos similares, al salir de una larga dictadura de casi cuarenta años de duración.

A la luz de la historia podemos juzgar todo aquello como una breve brisa de aire limpio y fresco, un espejismo que fue barrido, como por acuerdo tácito, “por hunos y otros”, pero no por ello hemos de resignarnos a creer que esa esperanza fecunda y revolucionaria pueda hacerse realidad en una primavera no muy lejana.

No nos hemos detenido nunca los falangistas auténticos a evocar el pasado, ni queremos convertirnos en estatuas de sal mirando en dirección opuesta a nuestros pasos. Nuestros objetivos políticos están en el hoy, nuestros anhelos puestos en el mañana.

Por ello, pensando en el futuro de España, queremos aprovechar esta efeméride para reclamar, una vez más, nuestro republicanismo patriótico, social y democrático, como apuesta de un modelo, inédito aún en nuestros días, de participación ciudadana y de implicación de todos y cada uno de los ciudadanos de nuestra patria, en las tareas de decidir sobre sus propios destinos.

Fue una mañana de primavera hace 75 años, cuando a los españoles les arrebataron una esperanza; hurto que algunos quieren perpetuar, incluso hoy en día, reclamando para sí la exclusividad del republicanismo, levantando símbolos que pertenecen al acervo histórico de todos los españoles con aire revanchista y provocador. De nuevo la República arrebatada por una política de secta, de disgregación, de vejaciones inútiles.

Este 14 de abril hay que decir: ¡Basta de falsificaciones! La tarea española está intacta: la tarea de devolver a España un ímpetu nacional auténtico y asentarla sobre un orden social distinto. Basta de palabrería mal copiada y vamos a la busca de la palabra decisiva, de la mágica palabra del resurgimiento. Otra vez hay que salir contra los que quieren arrancamos del alma la emoción española y contra los que amparan bajo la bandera del patriotismo la averiada mercancía de un orden burgués agonizante.

Y, si acaso, permitiendonos un guiño de inocente malicia, señalar que en este día sí nos gustaría ver izada la bandera tricolor de la II República en un edificio oficial; nada más que una bandera en un solo edificio: el Palacio de la Zarzuela. ¿Qué le vamos a hacer? Así somos los republicanos...

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