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Rusia: el reflujo de capitales

Alexander Yurov
Redacción
martes, 4 de abril de 2006, 22:54 h (CET)
¿Estamos en presencia de la simple fuga de capitales o se trata del dinero que, desde el extranjero, aún beneficia al país? Más que pregunta ociosa en la polémica de dos personas, un pesimista y un optimista, es un dilema que preocupa a toda la sociedad rusa sin que se haya encontrado hasta la fecha una respuesta inequívoca.

Mientras, el interés hacia el tema no merma. Las adquisiciones espectaculares hechas últimamente por algunos rusos en el extranjero quitan el sueño a sus conciudadanos. Baste con mencionar la compra del club de fútbol británico Chelsea por Román Abramovich, quien compagina la condición de magnate petrolero con el cargo de gobernador de la provincia rusa de Chukotka. El hijo de Alexander Smolensky, famoso banquero ruso, se compró en Gran Bretaña una planta de automóviles deportivos. Y así por el estilo, que la lista sería muy larga. Los empresarios más acaudalados de Rusia y sus colegas menos pudientes se precipitaron hacia tierras remotas... Y cuando todo el mundo ya parecía acostumbrado a ese fenómeno, llegó otra noticia retumbante: la venta del France Soir, uno de los vespertinos más antiguos de Francia, a Arkady Gaidamak. Curiosamente, esa transacción ha causado alboroto tanto en Francia como en Rusia a pesar de que el nuevo propietario tiene pasaporte israelí. Comoquiera que fuese, el episodio reavivó los viejos debates sobre el reflujo de capitales desde la economía rusa.

La ‘fuga de capitales’ desde Rusia tiene, en realidad, una historia bastante larga. El flujo del dinero ruso hacia el extranjero se inició a principios de la década del 90, en cuanto se desmoronaron las barreras formales entre los países del bloque socialista y las democracias occidentales. Fue en ese período cuando fueron apareciendo en Rusia los primeros bancos cuya función consistía en el trasvase de recursos financieros hacia el exterior aunque las sumas en aquel entonces no eran muy importantes. Rusia aún carecía de grandes recursos disponibles, de modo que los empresarios de la vernácula, al expatriar sus capitales, perseguían un objetivo muy comprensible: proteger los ahorros contra la inflación que en aquel momento alcanzaba en Rusia niveles del 100%, mientras que en Europa rondaba un 2 por 100.

Precisamente a esta época se remontan las primeras transacciones sonadas, como la compra de pensiones y hoteles en la Costa Azul francesa, la construcción de chalets en España o el advenimiento de empresarios rusos al escenario británico. Aunque no era algo episódico, tampoco se trataba de un problema sensible para el Estado ruso. Lo que le preocupaba en grado mucho mayor eran las zonas off-shore donde se fueron creando, en cantidades enormes, las réplicas de empresas rusas y hacia las cuales se dirigieron tanto los ahorros de empresarios como sus hipotéticas contribuciones fiscales. El hecho no tenía nada de extraordinario, puesto que la presión fiscal sobre las empresas en Rusia superaba en aquellas fechas el 60%. Agobiados por ese lastre colosal, los jefes de empresas buscaban cualquier posibilidad de optimizar el pago de impuestos.

Poco a poco, la situación empezó a cambiar. La tasa del IRPF en Rusia es actualmente de un 13%, una de las más bajas del mundo. El monto de las contribuciones sociales ha bajado al 26%, y el impuesto sobre los beneficios se sitúa en el 22%. Aún así, Rusia pierde cada año de 8.500 a 17.500 millones de dólares por la fuga de capitales.

Claro que en la historia reciente de Rusia hubo momentos que, de forma objetiva, empujaban a los hombres de negocios a expatriar los capitales hacia países más seguros como sucedió, por ejemplo, durante el colapso financiero de agosto de 1998 cuando el rublo se devaluó casi tres veces en cuestión de tres meses. Pero a partir de 2000 la situación económica de Rusia fue mejorando, los macroindicadores recuperaron el nivel anterior a la crisis y el país entró en una fase de rápido crecimiento económico. Los crecientes precios de hidrocarburos se tradujeron en un impresionante flujo de petrodólares aunque, paralelamente, fue en aumento la fuga de capitales desde Rusia. Todo ello, a pesar de que en 2002-2004 era mucho más rentable tener depósitos en moneda local abiertos en bancos rusos que guardar ese dinero en divisas, o en cuentas de bancos extranjeros.

Muchos economistas atribuyen esa situación paradójica al caso Yukos pero también es un problema que ha perdido ya su actualidad. El mundo de negocios y las autoridades ya no se miran con desconfianza. Las empresas foráneas van construyendo activamente plantas productivas en Rusia. Se espera que el Gobierno ruso va a firmar este año acuerdos con nueve productoras mundiales de automóviles para que instalen sus cadenas de ensamblaje en el territorio de Rusia. En las condiciones económicas de hoy no cabe hablar ya del reflujo de capitales como de alguna crisis sistémica. Eugeni Gavrilenkov, de la compañía de inversión Troika Dialogue, atribuye esta tendencia a los procesos globales, desvinculados de las particularidades de Rusia.

Será por eso que el Gabinete no se preocupa demasiado por el problema. Por un lado, Rusia pierde mucho dinero pero, por otro, ingresa gracias al comercio exterior sumas colosales que no encuentran aplicación digna dentro del país y, a menudo, sólo contribuyen a acelerar la inflación, lo cual representa para la economía un mal infinitamente mayor que el reflujo de capitales hacia el extranjero.

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Alexander Yurov, para RIA Novosti.
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