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Pobrecitos presidentes

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 3 de abril de 2006, 22:29 h (CET)
El Barça-Madrid del 1 de abril de 2006 no pasará a la historia o, al menos, no ocupará un lugar de honor en los anales del fútbol español. El uno a uno del marcador es un resultado soso, como soso fue el encuentro. Un resultado que, además, le resta emoción a una liga que languidece y que cada vez huele más a azulgrana. Hubiera sido bueno un triunfo madridista, pero los dioses no lo quisieron así. La temporada 2005/06 parece sentenciada. Ni Madrid, ni Osasuna, ni Valencia, ni ningún otro equipo se antojan capacitados para derrocar a un Barça que gana donde los otros fallan: en los partidos contra los equipos modestos. Algo que antaño hacía el Real Madrid. Y muy bien por cierto.

Leyendo entre líneas, que es lo que se puede hacer cuando un partido no destaca ni por su belleza, ni por su emoción, ni por sus goles -hasta el resultado se me antoja anecdótico-, hay unas cuantas cosas que llaman la atención.

En primer lugar, el árbitro. El colegiado Medina Cantalejo no debió expulsar a Roberto Carlos con roja directa cuando no hacía ni cinco minutos que le había amonestado por protestas reiteradas. Muy fuertes serían las palabras del jugador del cráneo rasurado para adoptar una decisión tan drástica y desequilibrar un partido tan importante al minuto veinticinco. Y por los gestos del brasileño, que gesticulaba con tranquilidad, la cosa no era muy grave, aunque habrá que leer el acta. Otra cosa muy distinta es que el brasileño hubiese decidido autoexcluirse, porque lo cierto es que anoche parecía tener pocas ganas de correr sobre el Nou Camp. Por eso mismo, el árbitro debió reprimir sus impulsos justicieros y mantenerle encima del césped, sin dejar a su equipo en inferioridad numérica.

En segundo lugar, Eto’o. Algo pasa con este jugador. ¿Mala forma? ¿Celos? ¿Le ronda alguien? No es el mismo de hace tres meses. Eto’o siempre se ha caracterizado por su ambición de cara a la portería contraria, especialmente cuando juega contra la ‘casa blanca’. Independientemente de aprovechar los servicios de sus compañeros, Ronaldinho, Deco o cualquier otro, él mismo se prepara sus propias ocasiones de gol. Y anoche, de eso, poco. Con Eto’o y diez más, cualquier equipo español puede aspirar a ganar la liga. El camerunés es un hombre decisivo, pero empiezo a pensar que habrá que utilizar el imperfecto de indicativo, era, en lugar del presente, es. Lástima porque todos salimos perdiendo, especialmente el Barça.

En tercer lugar, Casillas. Iker debe estar hasta el gorro de sus compañeros de defensa. Para todo lo que le echen y hasta un poco más. Jamás en el Nou Camp –un estadio donde se meten con otros guardametas, Cañizares sin ir más lejos- le han abroncado. Señal de que el público ‘culé’ le respeta, señal de que ven en él a un gran portero, señal de que tal vez le admiran aunque no lo reconozcan en público. Me gustaría ver a Casillas con una defensa como Dios y los cánones futbolísticos exigen.

En cuarto lugar, Deco. A este jugador nunca se le hará suficiente justicia. Es el auténtico espíritu del Barça actual. Defiende, mete la pierna, le amonestan, crea peligro, da buenos pases, pelea y, encima, de tanto en tanto enchufa goles. Su entrega partido a partido está asegurada. Mourinho, en su Chelsea londinense, debe soñar con él muchas veces. Pero el brasileño, nacionalizado portugués, prefirió la ciudad condal a la bruma británica.

En quinto lugar, Zidane. Zidane ya no es Zizou. El francés, que durante tres o cuatro temporadas fue, sin duda, el mejor jugador del mundo, da sus últimas boqueadas, de calidad eso sí, como jugador de fútbol. Zidane cometió un inmenso error esta temporada: después de renunciar a la selección gala, pidió volver lo que le ha acarreado fatiga extra, saturación de partidos y pérdida de frescura. Y todo eso, en un jugador de su edad, que debería dosificar muy mucho sus minutos se nota. López Caro no parece enterarse de ello y le apura hasta el final en cada encuentro. Lástima porque, como en el caso de Eto’o todos salimos perdiendo, especialmente el Real Madrid.

En sexto y último lugar, pobrecitos presidentes. Dejando a un lado la cara circunspecta del nuevo mandatario del Real Madrid, Fernando Martín, resulta curioso contemplar como tanto él como Joan Laporta, apalancados en el palco del Nou Camp, no movieron un músculo durante los noventa minutos. Seriedad, educación, “buen rollito”, pero de exteriorizar sus sentimientos nada de nada. Pura represión emocional. Ni siquiera celebran los goles. A lo sumo una sonrisa tenue que no trasluce nada. Para estas actitudes hieráticas no vale la pena ser presidente de un club. Porque se supone que, un presidente, antes que un buen administrador o un buen profesional, es un forofo de su equipo. El forofo número uno. Y si no pueden demostrar su apasionamiento una vez cada siete días, pregunto ¿vale la pena dirigir al Madrid o al Barça? Lo dicho, pobrecitos presidentes. Hasta ellos empataron en el aburrimiento de anoche.

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