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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Politiquerías contra optimismo

Pascual Falces
Pascual Falces
lunes, 3 de abril de 2006, 22:29 h (CET)
El hecho de “tratar la política con superficialidad o ligereza”, o sea, lo que el diccionario entiende como politiquería -un término de connotación despectiva y de uso habitual-, es el denominador común de todas las opiniones y titulares que escriben –bien intencionadamente o no-, y se leen u oyen en la totalidad de los medios, en papel, digitales, radiofónicos o televisivos.

Todo lo que no es política se transforma, de algún modo, en “politiquería”. Bien se ocupan los que ejercen, o viven, de la primera, disimular, ocultar, o manipular los datos que hacen inevitable que las opiniones y comentarios sean superficiales o hechos con ligereza. La razón es sencilla: todo el que no esté “en la pomada” –y son contados-, carece de los elementos de juicio necesarios para razonar con seso sobre la realidad que ronda al ciudadano desde las altas esferas de decisión. No es politiquería expresar opiniones sobre el encarecimiento de la botella de butano, por poner un ejemplo. Esta pesada y anaranjada botella, no puede ser más humilde. Ya no hay menos que ella –excepto por el reducido tamaño, tipo “camping-gas”- para procurar energía barata y manejable a la familia más pobre entre las pobres de cualquier país en la era actual. Todos saben lo que da de sí, lo que tarda en acabarse; bueno, menos Emilio Botín, por un decir. También se conoce cuanto cuesta, al céntimo, y el equivalente adquisitivo que supone. Estar en contra de su progresivo encarecimiento, y comentarlo, es saber lo que se dice.

En cambio, conocer cuanto se esconde tras el Estatuto catalán, o de la fantástica reclusión del Ayuntamiento de Marbella, o del “alto el fuego permanente”, no está al alcance del ciudadano corriente, por muy bien que escriba o hable en voz alta. Así que, cuanto opine, puede ser tachado de superficial. Muy legitimo, por otra parte, pero vano, ligero, fútil, incluso pueril. Por necesidad se incurre en “politiquería” al opinar si detrás del Estatuto viene la España confederal, federal, el Estado de “las naciones”, la desintegración del país o su fortalecimiento. Del mismo modo, ¿quien sabe con certeza por qué se ha tirado de la manta en el ayuntamiento marbellí en este momento, y no antes o después? Quienes con certeza lo pueden saber no escriben en los periódicos, ni hablan claramente para que se les entienda. Así que, sólo quedan las elucubraciones, es decir, elaborar divagaciones complicadas y con apariencia de profundidad. O sea, "politiquear". No hay más recurso.

Ahora bien, esta realidad envolvente no es inocua. Es, como salir a la calle sin saber si llueve o no; o se arrastran todo el día paraguas y chubasquero, o se cala uno hasta los huesos. El pueblo, sano de por sí, y al que se invoca para justificar todo lo divino y humano, como resultado del recto cumplimiento de sus obligaciones, tiene un natural optimismo consecuente de ello. “La salud es el silencio de los órganos”, viene reconociendo desde hace años la Organización Mundial de la Salud. Se está sano del hígado mientras no se sabe que se tiene, y así, con el resto de vísceras. La juventud está asociada con tal silencio, y los achaques de la vejez, se relacionan con un interminable protagonismo de las entrañas. Algo parecido debe ocurrir, también, con la salud social. De nada sirven las lucubraciones; si algo no funciona, la gente se siente afectada en su optimismo, y ni con las más acertadas y bien escritas politiquerías se resuelve.

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