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Etiquetas:   Crítica de cine  

'Instinto Básico II': Adicción al muermo

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
lunes, 22 de mayo de 2006, 11:59 h (CET)
Hay películas más bien irregulares que han pasado a la historia del cine gracias a una escena particular de cierto voltaje erótico. Gilda es una de ellas por cortesía del sugerente despelote manual de la Hayworth y, salvando las distancias históricas de rijosidad, Instinto Básico logró ser otra con el mítico cruce de piernas de Sharon Stone. Por el camino, se quedaron subproductos sicalípticos de la calaña de Showgirls o Striptease, películas que, aún mostrando más cacha que las dos anteriores, estimulaban antes la indignación cinéfila que la libido. La segunda parte de Instinto Básico sigue la estela ética y estética de estos dos temibles trabajos, y al igual que ellos, está condenada al olvido o, a lo que es peor, al culto kitsch.

Lo primero que llama la atención de la película es que, siendo Sharon Stone la única superviviente del equipo original (tanto Paul Verhoeven, el director de la primera parte, como Joe Eszterhas, el guionista, se desentendieron sabiamente del proyecto años atrás), el resultado se parezca tanto, sobre todo en sus aspectos narrativos, a su precedente. Esto, aunque a muchos mitómanos pueda parecerles una virtud, es realmente un grave defecto. No olvidemos que por mucho que nos haya mesmerizado el pubis tenebroso de la Stone en su momento, la película dejaba bastante que desear, limitándose a revisitar tópicos y lugares comunes de los clásicos thrillers de falsos culpables y mujeres fatales. Eso sí, todo ello maquillado con una fotografía muy cool y muy fashion de la discotequera ciudad San Francisco, que en el caso que nos ocupa se convierte en un Londres pretendidamente moderno sito en algún lugar entre la arquitectura de Norman Foster y los ecosistemas urbanos (o urbasnobs) de Nosolomúsica.

Hasta aquí nada que objetar. Instinto Básico 2 no es la primera secuela, ni será la última, en calcar con carboncillo el modelo de su predecesora. El mismo concepto de secuela lleva implícito de alguna manera el mimetismo. Ahora bien, lo que a este cronista con ganas de marcha le ha hinchado las narices es que se le escamotee el tuétano mismo de la historia original, o dicho de otro modo, el morbo. Las escenas de sexo teñido de violencia, que sustentaban con su aroma perturbador la película de Verhoeven, aparecen con cuentagotas y en ningún momento alcanzan la torridez de la primera parte, (lo cual clama al cielo si tenemos en cuenta que algunas de ellas acontecen en una especie de tugurio sadomasoquista). Y lo peor de todo: ¡no hay cruce de piernas! Normal que la película se haya estrellado en la taquilla USA. El espectador medio puede soportar que los diálogos se construyan sobre frases cutronas de trailer de Antena 3 y que los actores principales estén sobreactuados e incluso se caricaturicen a sí mismos, como hace la Stone, pero en ningún lugar, y parece mentira que los antaño exitosos productores Mario F. Kassar y Andrew G. Vajna no lo sepan, que se les prive de ver lo que han pagado por ver, sea esto la entrepierna de Sharon Stone o, en el caso de Brokeback Mountain, una cabalgada pastoril entre dos rudos ganaderos. Ya saben, la magia del cine.

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