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La coalición 'naranja' en Ucrania después de las elecciones no será estable

Viacheslav Igrunov
Redacción
sábado, 1 de abril de 2006, 21:58 h (CET)
El desconcierto y la confusión que reinan entre los allegados a Yuschenko no son capaces de eclipsar el resultado principal de las elecciones parlamentarias en Ucrania, a saber: la “revolución naranja” ha sido definitivamente legitimada.

Sea cual fuere la condición real de Yuschenko en el período que medie entre las elecciones presidenciales y parlamentarias, la sombra de la usurpación se proyectaba a toda acción del poder. Las elecciones a la Rada Suprema han quitado definitivamente el problema de la legitimidad del nuevo presidente: a partir de este día llegó sólo una parte del nuevo sistema político aprobado por la votación general. Esta legitimación resulta ser mucho más convincente por realizarse en el marco de las elecciones democráticas y por conceder a los “naranjas” la mayoría en la Rada.

A Yuschenko le resta sólo decidir, quién de los nuevos ganadores – Timoshenko o Yanukovich – proponga condiciones más aceptables del armisticio. Mas por otra parte, también en ello su libertad de opción se ve limitada. Por más que quisiera renunciar a la molesta amistad que le impone Yulia Timoshenko, carece de argumentos para negarse a reanimar la coalición “naranja”. En caso de que, sin tener motivos justificados, Yuschenko se niegue a unirse con Timoshenko que le lleva doble delantera, correrá el riesgo de acabar por quedar sin electorado, y la carismática «pasionaria ucraniana» se pondrá al frente de una inminente oposición masiva. Valiéndose de su manera autoritario-populista, Timoshenko está en condiciones de consolidar en torno suyo la mayoría de la población cansada del caos político y llegar a ser, tarde o temprano, una especie de “Putin de Ucrania”.

Pero, al unirse con Yanukovich y asegurarse la mayoría en el parlamento, “Nuestra Ucrania” no obtendrá ninguna garantía de paz. Por raro que parezca, hablando en forma objetiva, a Yuschenko le convendría más la victoria más convincente de Yanukovich, pues en tal caso tendría todas las razones para “conformarse con lo inevitable” y conceder el cargo de primer ministro a esta figura compromisoria, asegurando la coexistencia pacífica del Oeste y el Sureste del país, coexistencia que sería tanto más estable como más convincente sería la victoria del Partido de las Regiones. Si en estas circunstancias Yuschenko se niega a coaligar – siquiera provisionalmente – con Timoshenko, no sólo perderá el apoyo de sus propios electores sino que desordenará las filas de los partidarios de Yanukovich y creará premisas de una inestabilidad política en medio de la cual Timoshenko está como el pez en el agua.

Pero la unión con Timoshenko tampoco puede resultar larga para el partido de Yuschenko. Estas dos fuerzas predican imágenes distintas de la futura Ucrania. Mientras que Timoshenko está dispuesta a establecer un sistema político al estilo meramente bonapartista que se apoye en la mayoría de la población pauperizada y cansada del predominio de los burócratas, Yuschenko construye la democracia burocrática de una Ucrania rica. Estas dos Ucranias inminentemente deberán entrar en confrontación mutua en la que la ventaja la tiene Timoshenko inspirada en el carisma revolucionario-profético del Maidán (Plaza de la Independencia). Con igual inevitabilidad, Yuschenko tendrá que buscar apoyo de Yanukovich que simboliza un modelo administrativo-oligárquico de poder, más próximo a los partidarios pragmáticos de “Nuestra Ucrania”. En virtud de lo anterior, es de suponer que la formación de la coalición “naranja” será un fenómeno provisional y del momento, de modo que un nuevo conflicto entre Timoshenko y Yuschenko se abrirá paso hacia la “gran coalición” entre el Partido de las Regiones y “Nuestra Ucrania”.

De manera que Ucrania va entrando en una etapa de fiebre política, tan típica de repúblicas parlamentarias emergentes que tienen diversas variantes de desarrollo. Se puede vivir durante décadas teniendo un Gobierno inestable como, por ejemplo, Italia e Israel, y hasta mantener altos ritmos de desarrollo económico. Se puede arribar a un sistema oligo-partidista hacia la que tanto tiende el poder en Rusia y que puede establecerse en Ucrania por vía natural. Pero también se puede llegar a un sistema en que domine un solo partido y la fuerza que gane establezca por vía legislativa un Gobierno autoritario, conservando formalmente los institutos democráticos. La debilidad de las estructuras de la sociedad cívica unida a la afición a las acciones callejeras de masas y a la democracia plebiscitaria dejan vía abierta a esta variante para la que no hay vehículo mejor que Yulia Timoshenko. Cabe afirmar que en el caso de Ucrania todas estas variantes son igualmente probables.

Las condiciones de una fórmula de compromiso después de lograr los determinados resultados electorales son tan complejas y tan ricas en matices eventuales que alguien difícilmente podrá predecir con seguridad qué clase de política social aplicará un Gobierno u otro.

Resulta algo más fácil evaluar la política exterior de Ucrania. Es de señalar ante todo que la negativa a aproximarse con Rusia está bien asegurada. El ingreso de Ucrania en el Espacio Económico Único resulta irreal para muchos años, lo cual, sin embargo, no significa un rumbo automático hacia el ingreso en la OTAN (la integración en Europa pertenece sólo al campo de las ilusiones). Si el Gobierno “naranja” se hace realidad y al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores se pone un halcón de ideas nacionalistas, como ocurre ahora, en un plazo bastante breve Ucrania podrá superar el problema que impide su avance hacia la integración noratlántica. Pero la mayoría “naranja” aún no garantiza un Gobierno “naranja”. Las ambiciones de Yulia Timoshenko son tan enormes y el temor que se tiene de que ella predomine en el equipo de Yuschenko es tan fuerte que esa alianza puede no realizarse. En un Gobierno “naranja” nadie le garantiza a Tarasiuk o a sus correligionarios el Ministerio de Asuntos Exteriores.

La “acción de oro” en el proceso de formación de la mayoría le pertenece a Moroz, pero este partido es firme opositor al ingreso de Ucrania en la OTAN. Moroz está en condiciones de insistir en cambiar la política exterior. Máxime que Ucrania tendrá pérdidas sensibles en la confrontación con Rusia. Yuschenko es consciente de esta circunstancia y, por lo tanto, se complacerá en ceder antes las decididas exigencias de los socialistas. Si es que a éstos no les falta perseverancia. Entonces cabe la posibilidad de que Ucrania quede un país neutral y amistoso con Rusia, aunque no esté integrada en las estructuras eurasiáticas. La lógica del desarrollo conducirá ineludiblemente a una estrecha cooperación entre nuestros países. Lo fundamental es que en el crítico período de entrar en una nueva realidad política no queden desatadas las manos de los nacionalistas extremistas.

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Viacheslav Igrunov, director del Instituto Internacional de Estudios Político-Humanitarios, para RIA Novosti.

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