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Etiquetas:   Columna   -   Sección:   Opinión

Llevar la contraria

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 1 de abril de 2006, 21:58 h (CET)
Durante esta semana, comenté con alguna persona un pasaje de un programa de radio que sigo con especial interés. Independientemente del contenido de mi intervención en aquel día, recibí como única respuesta una pregunta curiosa: ¿tú escuchas la COPE? Curioso. Tuve la sensación de haber sorprendido a quien tenía delante. Vacilé en la respuesta; sin duda, me pareció que mis palabras dejaron de ser escuchadas en el momento en que pronuncié el nombre de la cadena de radio.

Mi juez fue un acérrimo lector de diarios considerados representantes de la ideología de “izquierdas”, oyente de las llamadas “radios libres”, abonado a pseudo-asambleas supuestamente igualitarias. El problema que encuentro en su actitud ante los medios de información, es que únicamente lee diarios de izquierdas, solamente escucha radios libres y no le interesa nada más que el orden que se impone bajo la bandera del igualitarismo del local social. Básicamente, vive sumergido en su mundo. Sin embargo, lo que yo pueda encontrar de absurdo en su posición coincide con lo que él encuentra de absurdo en la mía.

En primer lugar, me parece absurdo que asocie el que me agrade el programa en cuestión, al hecho de que sigo con devoción cada palabra que recogen sus micrófonos. Que alguien defienda que existen otras maneras de ver el mundo y que le interesen esas versiones, no quiere decir en absoluto que no tenga su propia visión.

Por otra parte, creo que es saludable escuchar lo que los otros tienen que decir, aunque es mucho más fácil asistir a una discusión en la que todos opinan igual que uno mismo. Algunas de las personas que conozco que prefieren las asambleas monotemáticas, consideran todas las críticas como ataques y definen a quienes critican como personas que sólo quieren llevar la contraria.

En mi opinión, seguir con demasiado esmero las opiniones de una única fuente puede llevar a fundamentalismos de diferente color; al fin y al cabo, fundamentalismos. Y si hemos de hacer justicia a la sentencia de Borges que dice algo así como “uno no es grande por lo que escribe sino por lo que lee”, debemos también suponer que uno llega a ser lo grande o lo pequeño que sea por la interpretación y la adaptación a su propia experiencia de aquello que recibe de fuera (todo lo que no es él mismo).

Alguno podría escribir, subrayando sus enlaces:

Veo los años, los mismos que ahora escucho volver a mí esta tarde, (Rafael Alberti)
y las deliciosas estrellas incontables parpadean, alegrando el cielo cristalino (Edgar Allan Poe). Qué puedo hacer, no lo sé: mis deseos son dobles (Safo) y se resumen, desgraciadamente, en dos palabras: la palabra Siempre, la palabra Nunca (Bernardo Atxaga). A veces quiero dibujar tu nombre, el nombre de tu boca (Octavio Paz), hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto (Luís Cernuda). Pero el amor no es para mí sino un colchón de alfileres (Charles Baudelaire) pues estás llena de todas las sombras que me acechan (Pablo Neruda). Todo el ayer del mundo no tiene más de unos diez años (Jordi Virallonga); todo lo que fue sueño ayer; mañana será tierra (Francisco de Quevedo) y con las horas los días, con los días los años volarán (Gustavo Adolfo Bécquer). Es cierto: como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante. (Jaime Gil de Biedma) si bien ahora pienso que, al fin y al cabo, cualquier sitio da lo mismo para morir (José Hierro). Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo (Fernando Pessoa).

En definitiva, me parece más peligroso el seguir una corriente por no saber de la existencia de otras -o no querer saberlo-, que el seguirla por descartar las demás sin renunciar a lo válido que éstas puedan tener. Lástima que para ello se precise aceptar que la verdad no es alcanzable y que tenemos que conformarnos con asumir un cierto grado de validez en nuestras creencias. Lástima, sobre todo, que muchos no estén dispuestos a aceptarlo.

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