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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La antorcha de Lolek

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
viernes, 31 de marzo de 2006, 20:49 h (CET)
Todo un detalle para quien fue un valedor del auténtico deporte en este mundo que estamos, sin ser del mundo. Si acaso, más somos del verbo y la palabra. En cualquier caso, que un grupo de atletas polacos lleven una antorcha encendida en la tumba de Juan Pablo II hasta su tierra natal con motivo de la celebración del primer aniversario de su fallecimiento, es un bellísimo gesto que propicia la emoción más íntima, el encuentro más puro y el diálogo de las flores que quieren ser poesía. Me gusta este aire de versos que nos llenan el corazón en recuerdo de quien sembró la palabra más honda y clara. Nos trae esa primavera inolvidable, crecida en aromas e inciensos que nos resucitan.

Tomar la vía láctea de Juan Pablo II es un buen tren de fragancias con sabor a bálsamo esperanza. Su apuesta fue siempre el diálogo, basado en sólidas leyes morales. Por ello, el recurso a las armas para dirimir las controversias las rechazó de plano, por lo que representan de derrota de la razón y de la humanidad. Sano alivio para este planeta armado hasta los dientes para desgracia de los débiles, a los que él siempre arropó.

La antorcha de Lolek, como ha sido bautizada en referencia al diminutivo con que llamaban sus familiares y amigos a Karol Wojtyla, lleva consigo la lógica de la vida: sin sacrificio no se obtienen resultados de luz y tampoco gozosas satisfacciones. Su estado físico, siempre en forma, fue destacado por todos los cronistas; quizás, por ello, se convirtió en el Papa de las mil y un andanzas, saltando todas las fronteras como los deportistas de alto nivel, y compareciendo ante multitudes, muchas superiores a las que reúnen destacados eventos deportivos. Supo que la peor prisión es un corazón cerrado y se abrió al mundo y el mundo se abrió al Papa. Realmente esta hazaña de la antorcha es como ese espejo de mar que nos traslada los besos de la luna a la tierra, no importa la lengua, raza y cultura; todos nos vemos en esa tea de sentimientos y gratitudes.

En cada uno de los lugares en los que se detenga la antorcha se recogerán en un “Libro de oro” testimonios o reflexiones sobre Juan Pablo II. Saltando todos los sueños, yo también quisiera llegar a tiempo a algunas de esas soledades para evocar con el más níveo de los poemas el hondo corazón de quien fue El Grande, el buen atleta de Cristo, afanado en el bien de la persona que no es otro que el cultivo de la verdad en verdad vivida. Hoy, cuando hemos perdido tantos elementos centrales de nuestra existencia, ensalzado el hombre-dios, que resuenen las andanzas de Juan Pablo II es como reencontrarse con la libertad que buscan los verdaderos poetas, con la capacidad del hombre de amar el amor de amar, de llegar más allá y trascenderse a sí mismo. Desde la eternidad también nos habla el santo Padre. Yo lo siento. Gracias.

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