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Opinión
Etiquetas:   Paraguay  

La Gloria de Nanawa, ochenta y seis años después

Hace ochenta y seis años, un soldado de nombre e historia prohibida cambió el curso de la última guerra sudamericana
Luis Agüero Wagner
@Dreyfusard
miércoles, 16 de enero de 2019, 08:45 h (CET)

En 1948, el gobierno de José Luis Bustamante y Rivero, declaró ilegal al APRA, acusándolo por su participación en la frustrada rebelión del 3 de octubre de 1948. Al día siguiente el Ministro de Educación informó que Sánchez estaba impedido de continuar en funciones de rector. Sánchez obtuvo asilo en la embajada de Paraguay en Lima y el 13 de octubre partió al exilio.


Décadas más tarde, este renombrado escritor peruano se convertiría en Senador y Vicepresidente del Perú. Pero en esos momentos críticos, había salvado el pellejo merced al coraje de un legendario héroe de guerra paraguayo: Luis Irrazábal, entonces embajador en Lima.


Irrazábal había ganado notoriedad por estas fechas, pero de 1933, cuando Bolivia se acercó a su objetivo de ganar la guerra del Chaco como no lo haría nunca más.


Solo debía forzar el paso defendido por los paraguayos en Nanawa, para llegar a las orillas del río Paraguay y a las puertas de la importante ciudad oriental paraguaya de Concepción.


Pero un pueblo en armas tenía en el momento y lugar indicado al hombre indicado, que como pocos sabría estar a la altura de las circunstancias.


Luis Irrazábal Barboza, el soldado prohibido, alcanzó a ser un legendario guerrero sin duda, pero también un vástago digno de su prosapia. Su padre, Mariano Irrazábal, era nada menos que un veterano de Cerro Corá, herido en la última batalla que se había librado en el último confín de la patria, y donde el adalid postrero del Paraguay independiente eligió morir antes que capitular.


Varios testimonios relatan cómo Irrazábal, a pesar de lo crítico de la situación, la falta de municiones y otras carencias y lo pavoroso del ataque boliviano, rechazó varios ofrecimientos para huir del cerco enemigo y salvar su vida. Tajantemente, había respondido que moriría con honor en el puesto que le habían asignado para defender.


El prusiano Hans Kundt, su contrafigura, pondría toda la carne en el asador en pos de su objetivo. Por si ya no bastasen lo seis regimientos bolivianos con cañones de 75 mm, aviación, tanques y lanzallamas que se lanzaban contra la posición, el día 24 de enero el comando boliviano convocó a escena al aguerrido regimiento del coronel David Toro. Jamás se hubiera imaginado el general alemán que casi toda la parafernalia bélica de siete regimientos acabaría rindiéndose ante la surrealista y casi onírica aparición de los bien afilados machetes paraguayos. Fue una prueba más de que las batallas las ganan los hombres, y no las armas.


El jefe alemán del ejército boliviano no se daría por vencido, y repetiría su ataque más tarde, con idénticos resultados. Pero como dice una popular canción paraguaya en guaraní, el cantar de gesta “13 Tuyutí”, “el gringo tonto (Hans Kundt) se rompió la nariz en las puertas de Nanawa”, y los bolivianos perdieron el camino para llegar el río.


La falta de grandeza y reconocimiento por parte de las autoridades del gobierno paraguayo, generarían recelos y malestar en los jefes paraguayos, dado que a pesar de no ser el único meritorio, el único que lograba medallas y ascensos era el máximo jefe militar paraguayo.


No era extraño este comportamiento de quienes en agosto de 1924 habían determinado la salida del meritorio general Schenoni del ejército paraguayo. Schenoni definía al firmante de esa orden, el presidente Eusebio Ayala, como “un hombre que no ha hecho sino hablar mal del Ejército cuantas veces ha podido” y que sólo enfrentó al levantamiento que llevó a la guerra civil en 1922 “para defender su candidatura contra la de Chirife”.


Como escribiera Merardo Castagnino al mismo Irrazábal en un despacho privado del 24 de agosto de 1930: “Las mejores voluntades, iniciativas e inteligencias se malogran, y los lazos de amistad y camaradería que tanto se pregonan, no son sino bellas palabras que sirven para mimetizar la hipocresía y deslealtad que se gastan en nuestro medio”.


La guerra del Chaco, además de ser una prueba suprema de patriotismo, fue también un infierno de de marginamiento, destierro y prisión para patriotas que en ese tiempo eran imprescindibles. El errático rumbo del país a partir de 1940 fue una de sus nefastas consecuencias.


Pero así son las pasiones humanas que construyen la historia, tan contradictorias como humanas. Muchas veces la peor de las traiciones se comete con la bandera nacional en la mano, y los símbolos nacionales se rasgan por mucho menos que un airado telegrama de protesta como el que Irrazábal dirigió a Estigarribia luego de su exitosa defensa de Nanawa.

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