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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La milicia habla

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 27 de marzo de 2006, 21:50 h (CET)
Un artillero, con estrellas en la solapa, ha cantado. La canción tiene desespero. El militar, además de rango, tiene poder en plaza; la de coordinar el Observatorio Nacional para la Protección de los Derechos Civiles del Personal Militar. La letra no tiene desperdicio alguno, por venir de quien viene y decir lo que dice. Participo al lector la sustanciosa marcha de palabras que seguramente ya conoce: “Los militares españoles se están viendo obligados a sustituir la “virtud” de la disciplina castrense por el “vicio” de la sumisión; debido, en gran medida, a la amenaza de ser trasladados constantemente o destituidos si no acatan las órdenes de sus superiores”. En principio, a mi me parece que el gesto de la sumisión no es nada malo y que hasta tiene su sentido. Claro está, a condición de que germine limpio el feudo, con la pureza que es menester, de que no se nos impongan cosas extrañas, a fin de liberarnos de maldades, descarríos y otros resabios aires.

Dicho lo anterior, me da la impresión que la milicia tiene ganas de poner las cosas en su sitio y cada cuestión en su lugar. Al parecer en la milicia se producen cambios caprichosamente e inoportunamente; sin ton ni son, que diría un castizo. El militar en cuestión, reconoce que el Estado puede cambiar lo que quiera en su estructuración de la Defensa, pero –apunta- que no puede hacerlo a costa de los derechos de las familias militares. Si esto es verdad, tiene toda la razón del mundo a trasladarnos la queja, entiendo que recogida por ese Observatorio de Derechos. Díganme, sino: ¿Es que los militares son de otra galaxia? Entonces, ¿cuál es el motivo por el que ha de negárseles el derecho a conciliar la vida familiar con su trabajo? Teniendo en cuenta que las Fuerzas Armadas es un concepto integrador que concierne tanto a los ciudadanos como a los poderes públicos, pienso que debiera fortalecerse la familia sana, el más importante bien social. No hay mayor fuerza que la familia armónica, y en esto, el Estado debiera ser ejemplar en cuanto a proteger y promover.

El militar responsable de la coordinación del Observatorio protector de derechos, nos advierte del grave desarraigo en la familia militar y habla de una desconexión entre lo militar y lo civil, perjudicial tanto para la imagen de la institución como para la adaptación de los militares y sus familias. Realmente cuesta entender que la cadena de mando operativo, o el mismísimo titular del Ministerio a quien le gusta tanto dejarse acompañar por la curia eclesiástica católica, pase de la familia y no sea más sensible a lo que es verdadero futuro de nuestra sociedad, puesto que es lo único que es promesa de plenitud humana, gestación del porvenir de vida y amor que todos queremos. ¿Dónde está la coherencia entre lo que se dice y se hace? Ya sabemos de las andadas de este gobierno en cuanto a preservar las raíces cristianas, pero lo que no podemos comprender es que algunos de sus integrantes a los que se les llena la boca de catolicismo, desarrollen políticas contrarias a la familia como sucede con la familia militar. Más aún, no sólo falta el justo apoyo a la familia, sino que se la ataca con medidas antifamiliares hasta eliminar las referencias al padre y a la madre, al esposo y esposa, equiparando las uniones de personas del mismo sexo con el matrimonio, o el llamado “divorcio express”, algo que es una verdadera manzana podrida.

Dice más el castrense. Algo tan gravísimo que me abruma y asombra. Cualquier puesta en duda de esta política (la de ZP), denunció, ha sido perseguida desde los mandos del Ejército de Tierra, a los que acusó de asignar “arbitrariamente” los destinos “haciendo uso abusivo de la libre designación”. Si que es difícil apreciar, con lo que dice el Mando del Observatorio, el supuesto de interés público para que la arbitrariedad tenga fundamento. Lo cierto es que nos da una sensación bochornosa, la de intereses partidistas. La consecuencia de todo ello, es que se ha producido una situación de indefensión generalizada entre los cuadros de mando – según el Observador militar- viéndose favorecido el nepotismo y la sumisión, defectos contrarios a la disciplina de las Fuerzas Armadas, pues “no busca una disciplina que aúne y haga más eficaz la función de las Fuerzas Armadas, sino una sumisión basada en el miedo a la movilidad y a la destitución”. Hace mal, muy mal, el poder político si destierra de su hoja de ruta, tan de moda hoy, el obligado respeto a los derechos fundamentales de la persona humana, sea militar o civil.

Es verdad que cuando la sumisión se envicia, es despreciable; y, por ende, la virtud de la disciplina, o sea, la instrucción de una persona especialmente en lo moral, también se contamina. Alguien debiera frenar lo que daña. Para eso están, me imagino, los Observatorios que se crean, para rectificar lo que se corrompe. Si el origen y la meta de la política están en la justicia, las actuaciones arbitrarias deberían ser las mínimas. La esfera de la política pertenece a la de la razón autoresponsable, algo de lo que carecen determinados políticos que toman la discrecionalidad como un continuo de sus actos. La virtud de la disciplina es otra cosa, llega por el camino de la conciencia y de la responsabilidad personal, tiene una argumentación racional que hace despertar otras fuerzas más poéticas y menos políticas. Esto si que une, la transparencia de hacer patria. Bajo este clima de nitidez, aclarada la tormenta de arbitrariedades, el acatamiento y la subordinación llegan por si solas.

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