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Etiquetas:   Cartas a un ex guerrillero   -   Sección:   Opinión

El misterio de la muerte humana

Sor Clara Tricio Acuñas
Sor Clara Tricio
domingo, 26 de marzo de 2006, 22:11 h (CET)
Querido Efraín: Según reconoce la Constitución pastoral “Gaudium et spes” (Alegría y esperanza), del Concilio Vaticano II: “El enigma de la condición humana alcanza su cúspide en presencia de la muerte. El hombre no sólo es torturado por el dolor y el progresivo deterioro de su cuerpo, sino también, y mucho más, por el temor de un definitivo aniquilamiento. El ser humano piensa muy certeramente cuando, guiado por un instinto de su corazón, detesta y rechaza la idea de una total ruina y de una definitiva desaparición de su personalidad. La semilla de eternidad que lleva en sí, al ser imposible reducirla sólo a la materia, se subleva contra la muerte. Todos los esfuerzos de la técnica moderna, por muy útiles que sean, no logran acallar esta ansiedad del hombre; pues, la prolongación de una longevidad, por muy activa que sea, no puede satisfacer el hambre de vida ulterior que, inevitablemente, lleva enraizada en su corazón.

Mientras todo recurso humano fracasa ante la muerte, la divina revelación afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz que sobrepasa las fronteras de la caduca vida terrestre. Y la fe cristiana enseña que la muerte corporal, de la que el ser humano estaría libre si no hubiera cometido pecado nuestro primer padre Adán, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre la salvación perdida por su culpa. Dios llamó y llama al hombre para que, en la perpetua unión con la incorruptible vida divina, se adhiera a él con toda la plenitud de su ser. Y esta victoria la consiguió Cristo resucitando a la vida y liberando al hombre de la muerte con su propia muerte. La fe, por consiguiente, apoyada en sólidas razones, está en condiciones de dar a todo hombre reflexivo la respuesta al angustioso interrogante sobre su porvenir; y, al mismo tiempo, le ofrece la posibilidad de una relación en Cristo con los seres queridos, arrebatados por la muerte, y confiriendo la esperanza de que ellos ya han alcanzado en Dios la vida verdadera.
Ciertamente, urge al cristiano el deber de luchar contra el mal, a través de las muchas tribulaciones que acarrea la muerte, pero, asociado al misterio pascual y configurado con la muerte de Cristo, podrá ir al encuentro de la resurrección robustecido por la esperanza.
Todo esto es válido “no sólo para los que creen en Cristo”, sino para todos los hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo invisible. Cristo murió por todos y una sola es la vocación última de todos los hombres, es decir, la vocación divina. Así pues, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo que sólo Dios conoce, se asocien a su misterio redentor.
Éste es el gran misterio del hombre, que, para los creyentes, está iluminado por la revelación cristiana. Por consiguiente, en Cristo y por Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que, fuera de la creencia en su Evangelio nos aplasta. Cristo resucitó, venciendo a la muerte con su muerte, y nos dio la vida de modo, que, siendo hijos de Dios en el Hijo, podamos llamar al Dios Todopoderoso: “Padre”.
Os envío los mejores deseos, y con la esperanza de que sigáis todos bien, recibir un cariñoso saludo, CTA

*Religiosa actualmente residente en Segovia (España), después de algunos años de su vida transcurridos en colegios de Latinoamérica y USA. Mantiene correspondencia con Efraín Barrios Molino, antiguo luchador por la justicia social en Centroamérica.

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