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Opinión
Etiquetas:   Política  

Soberanía estabulada

Quienes lideran las opciones de política representatividad desconfían del pueblo
Diego Vadillo López
martes, 8 de enero de 2019, 09:48 h (CET)

Las facciones de política representatividad, ya desde los Estados Generales y mucho antes, han venido estando compuestas por gentes que desconfían de sus congéneres o que se quieren aprovechar de estos para pegarse la vidorra, viviendo en estadios de privilegio a costa de la mayoría. Uno de los últimos ejemplos lo tenemos en Podemos, formación de vanguardia que se ha encaramado en el “statu quo” vigente amoldándose a las mil maravillas a lo existente, limitándose meramente sus cuadros a divulgar de forma oral, en las múltiples comparecencias mediáticas en que despliegan su narcisismo, vacuos y manidos sofismas que nada cambian lo precedente, pues su acercamiento al pueblo llano se ha revelado solo “de boquilla”.


Cuando en el programa radiofónico Carne Cruda Javier Gallego apuntó a Errejón el hecho de que gentes del 15-M le gritaran “Errejón, baja del plató”, en el momento en que este era entrevistado por Ana Pastor en un plató móvil sito en la Puerta del Sol, este respondería aseverando cosas como las que siguen: “El 15-M es irrepresentable. Y esto no es un defecto. Está bien que sea así, porque el 15-M representa un horizonte al que nunca vamos a llegar, que tiene que empujar a los actores sociales, fiscalizarlos y construir un poder que los acompañe o caminar hacia una España mejor. El 15-M nos hizo sentirnos orgullosos de nuestro país, pero también, en su multiplicidad, no puede transformarse en un partido. Nosotros estuvimos en las plazas y escuchamos lo que se decía, pero no pretendemos la representatividad del 15-M. Quien lo representase no sabe lo que es un movimiento social”. Queda claro lo que para Iñigo Errejón es un movimiento social: una vanguardia que habiendo escuchado ciertas consignas de un grupo amplio, toma algunas y tiene a bien poner en la palestra algo de todo aquello. Y lo que les queda a todos esos demandantes de cambios y soluciones es empujar, fiscalizar y engrosar el número de votantes que afiance a los representantes en el “statu quo” para que desarrollen su carrera política como representantes legítimos de la voluntad de cambio expresada popularmente.


En el fondo la visión de Errejón, que es la que parece haber cundido en gran parte de Podemos, es pesimista, pesimista para quienes se pudieran haber hecho alguna ilusión en un momento dado, ya que de ella se colige que las cosas no pueden cambiar sustancialmente, toda vez que solo cabe alguna reforma cosmética impulsada por una vanguardia insertable en la elite sentada antes a la mesa, una vanguardia que, una vez acomodada, acabará siendo tan o más reprobable que las ya conocidas. Como bien escribía Carlos Taibo: “No son las fuerzas políticas, o los movimientos, que se aposentan en el Estado los que moldean la condición de éste. Es, antes bien, el proceso que recorre el camino contrario el que se ha revelado mil veces en la historia lejana y cercana: son las instituciones las que acaban por moldear a quienes quisieron, honesta o deshonestamente, servirse de ellas. La propia lógica de la representación es un ingenio cabal al servicio del capital y de sus intereses, con consecuencias en muchos ámbitos diferentes” (cfr. “Repensar la anarquía”, Catarata, 2015, p. 187). Esto nos está quedando claro a tenor de la deriva de los “representantes ¿emanados del 15-M?”.


Llegados a este punto podríamos llegar a preguntarnos si no será verdad aquello que sarcásticamente decía Evaristo Páramos en el programa El Vuelo del Fénix, de Radio 3: “Hay una gente que domina el cotarro y lo que yo creo que hay es una huida hacia adelante sin ningún sentido, y mientras tanto se lo están llevando todo por el medio. Es para creer que gobiernan extraterrestres y que quieren dejar el mundo bien jodido pa’ que llegue una raza a la que gusten los productos tóxicos, o algo”.


En la mencionada entrevista, Errejón, hacia el principio de la misma, afirmaba abogar por “construir un pueblo nuevo que quiere recuperar la soberanía”, y añadía: “Cada vez que se abren las urnas crecemos un poco más”. Aserciones estas que expresan una considerable contradicción, ya que la soberanía difícilmente la recuperará el pueblo mediante el actual sistema de representatividad, a la sazón, “esa realidad ontológica de un mecanismo que genera la ilusión óptica de que son los ‘ciudadanos’, y no la oligarquía y las corporaciones, los que deciden lo principal” (Taibo, C.: Ibid., p. 188), pues no “basta con votar cada cuatro años para que la racionalidad del sistema nos devuelva nuestra colaboración en forma de beneficios para todos” (Ibid.).


De todo lo aquí traído podemos concluir que Podemos, en un momento dado, rentabilizó el 15-M para introducir una mayor diversidad en la política institucional enarbolando algunos de los principios teóricos suscitados al calor del momento, pero poco más, toda vez que, a grandes rasgos, el 15-M se postulaba como movimiento asambleario, autogestionario, partidario de la democracia directa, así como de la acción directa entendida como adaptación controlada de los medios de que se dispone y los fines a lograr. En definitiva, se oponía a las formas coercitivas de organización ya conocidas, a las que “los nuevos tribunos de la plebe” parecen haberse adaptado a las mil maravillas.

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