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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Inmaculada

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 26 de marzo de 2006, 06:04 h (CET)
Inmaculada es secreto, secreto sumarial de suma y sigue, de la suma de víctimas de género, del género animal que mata hembras, del secreto a voces de la sinrazón. Inmaculada Arteaga salió de casa, como tantas muchachas, una tarde de fin de semana, para ver a una amiga, y no volvió.

A los cinco años de la pérdida se recrudece todo por el chivato entre chivatos, ese científico sin bata, el señor ADN que retrata desde la minúscula huella del meñique, pasando por la saliva amarga, por la sangre cobarde o por el último pelo de la biológica coronilla o incipiente calva.

Inmaculada fue la triste protagonista de un poema de rabia que escribí hace años, aun sin conocerla; mi ordenador me dice que lo escribí el 28 de marzo de 2001, a los diez días justos de su asesinato, no recuerdo la hora en la que salieron aquellos versos húmedos, podría ser de noche, pero sí que los escribí llorando por la pérdida de una niña-mujer de mi comarca.

Y así salió “Lloraba Don quijote...” porque me parecía que hasta el noble Caballero de la Triste Figura, del que tanto tendrían que aprender otros, lloraría en ese momento por Inmaculada junto a los famosos Molinos de Campo de Criptana, hoy recordados por otro tipo de batallas con sangre derramada.

El poema de Inmaculada es dolor, puro dolor, por eso lo guardé durante años, lo envié a algún certamen que no ganó, ¿por qué habría de ganar un poema tan triste y derrotado? La poesía debería ser siempre alegre, festejar la vida y no condolecerse de la muerte. En un cajón se quedó guardado, hasta que este mismo año lo envié a un Centro de la Mujer, el de un lugar vecino y quijotesco, Argamasilla de Alba, y pudimos leerlo en una fiesta de reivindicación de la mujer con la presencia de la Directora del Instituto de la Mujer de Castilla.-La Mancha, allí frente a unas 100 mujeres de todas las edades, intentamos defender la dignidad más fémina en un 11 de marzo que iniciamos con un minuto de silencio por las víctimas del 11-M; particularmente, el silencio lo hice extensivo a ella con un gran resquemor, porque también era víctima solitaria de terrorismo de un caso no resuelto y así lo trasmití emocionada a las señoras del público. Fue mi pequeño y tímido homenaje para Inmaculada, lo que no imaginaba es que en sólo una semana de que su nombre y poema se nombraran, detendrían al principal sospechoso confeso del crimen. Hoy, más tranquila, me atrevo a levantar mi secreto sumarial y poético, espero que sus familiares y amigos descansen confiando en el alivio de la justicia de su cruel realidad o pesadilla. Y ojalá no se repitan más actos violentos, más agravios de género.

LLORABA DON QUIJOTE EN LA PORTADA

A la memoria de Inmaculada Arteaga


Lloraba Don Quijote en la portada
del libro de Cervantes
y las aspas giraban desquiciadas
movidas por los peores vientos.

Aspas,
     aspas,
          aspas
ogros de violencia que entran en los pueblos
a asesinar infancias.

No son molinos, Sancho,
nunca lo han sido,
ni harina polvorienta e impoluta
que blanquea las almas
o amasa mi hambre o sed
de una libertad justa.

Siempre fueron gigantes,
La Mancha y su paisaje
están equivocados,
siempre fueron malvados
inquilinos de niños
que alquilan ingenuas fantasías
o nos venden las crueles realidades.

No son molinos, Sancho,
aunque en Criptana estén tan convencidos,
nunca un paisaje de tipismo manchego
apareció más triste y desolado.
No me creíste, Sancho,
cuando te dije que el cerro de los molinos quietos
me transmitía un miedo gigantesco
de páginas de sangre.

Los poetas han cerrado el molino
por la flor que se ha perdido en ellos
con sólo quince pétalos
y un lirio de dolor.
Los poetas y yo lloramos
con lágrimas escritas,
con libertades rotas,
reclamando justicia
por las risas marchitas
de un joven corazón inmaculado.

Lloraba Don Quijote en la portada
del libro de Cervantes
y Sancho miraba el horizonte
de molinos de aspas transformadas
frotándose los ojos con retinas de luto,
incrédulos ante tanta barbarie.


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