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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Perdamos los complejos de falso racismo

José Ignacio Rosende (Málaga)
Redacción
jueves, 23 de marzo de 2006, 04:16 h (CET)
Peligrosos dirigentes de la Yihad, han determinado: “Usaremos vuestra democracia, para destruir vuestra democracia”. Y están por ello, utilizan todas las ventajas del sistema occidental, para arrimar el ascua a su sardina. Cualquier discrepancia con cualquiera de ellos, produce, de inmediato, una falsa acusación de racismo por su parte, apoyada en los que, con tal de desestabilizar el sistema, optan incluso por la auto desaparición: son los herederos de Witiza.

En un sistema democrático con una Constitución laica o simplemente aconfesional, los conceptos religiosos han de quedar subordinados a la Carta Magna, Corán, Talmud y Santos Evangelios, no han de prevalecer frente a ella en lo que se refiere a los asuntos de estado. Esto es aceptado por todo el mundo occidental, pero no por los musulmanes que emigran a este mundo, en busca de mejores oportunidades, que aceptan las inmensas ventajas que les ofrecemos, pero que desean imponernos sus inaceptables criterios teocráticos. E, insisto, ante cualquier desavenencia o polémica, viene la acusación de racismo, han aprendido bien el camino a seguir, la acusación prende en buena parte de la opinión pública, meliflua, dubitativa y sin ideas claras, apoyada por los anti sistema de siempre, rasgos atávicos de un trasnochado marxismo leninismo, el enemigo derrotado que no se resiste a desaparecer, aunque sería lo mejor para la humanidad.

Se nos recuerda con frecuencia que los españoles han sido emigrantes durante mucho tiempo y es cierto. A finales del Siglo XIX y principios del XX, con destino Hispanoamérica, donde muchos echaron raíces y antes de los planes de desarrollo franquistas, hacia “el corazón de Europa”, con vocación de ahorrar para volver. Lo que no nos dicen los demagogos, es que nuestros compatriotas, jamás viajaron con la idea de imponer sus criterios de ningún tipo y aceptaron las vigentes reglas de juego en cada lugar de destino. De lo contrario, hubiesen sido expulsados sin miramientos y con toda la razón.

Manifestar que emigraciones masivas de magrebíes o subsaharianos, constituye un aumento de la riqueza cultural de España, es – simplemente – faltar a la verdad, ya que su aportación cultural es nula de toda nulidad en la inmensa mayoría de los casos. Y afirmar que necesitamos “esa mano de obra”, es otra falacia. En la comarca fresera de Huelva, los marroquíes y argelinos, conflictivos como ellos solos, han sido sustituidos por ciudadanas polacas cuya adaptación es mucho más fácil y su integración segura, con gran alivio de empresarios y ciudadanos en general. A estos magrebíes hay que ponerles de manifiesto, que si vienen es para aceptar las normas de convivencia y que, caso de no aceptarlas, regresen a la miseria de la que salieron. Y esto no es racismo, es realismo. Con toda la América de habla española y los nuevos países que se incorporan a la Unión, la mano de obra magrebí, maldita la falta que nos hace. Que se enteren de una vez y el que se incorpore, que lo haga “en primer tiempo de saludo”. No podemos aceptar que se aprovechen de las ventajas que les ofrecemos, sin aceptar las mismas obligaciones que tenemos todos los españoles. Las mismas, ni una menos. Ser inmigrante, pobre, musulmán, o sub sahariano, no constituye patente de corso para cosa alguna, ni proporciona derecho a subvertir o a imponer criterio de ninguna clase. Bastante hacemos con aceptarles; que sepan comportarse.

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