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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

¿Quién es mi prójimo?

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 23 de marzo de 2006, 04:16 h (CET)
Las narcosalas, centros habilitados para atender a los drogadictos, no tienen buena prensa y son causantes de alborotos más o menos violentos. La manifestación que se produjo contra la narcosala instalada en el hospital de La Vall d'Ebron de Barcelona, supuso unos desperfectos valorados en 22.700 euros (3.776.000 pesetas). Esto significa un acto vandálico en nombre de una supuesta causa justa.

Por qué no se toleran los centros que sirven para intentar rehabilitar a los jóvenes que han sido atrapados por las garras de la drogadicción? La respuesta que se suele dar a esta pregunta es que generará más delitos en el barrio donde se instalen dichos centros de ayuda. Esta, más que una respuesta razonada, es la exteriorización del miedo que se lleva dentro y que por otra parte lo azuzan los aprovechados de siempre que quieren medrar en río revuelto.

Los sentimientos, a menudo nos juegan malas pasadas. Dan a entender que se hacen bien las cosas cuando realmente no es así o, a la inversa. Las relaciones humanas jamás deben controlarlas las emociones porque éstas brotan de corazones engañosos. Se tiene que buscar una guía que sea más fiable.

¿Qué concepto tenemos de la persona? ¿Es un objeto de usar y tirar? Si es así podemos seguir conservando la idea de que no se ha de hacer nada por aquellas personas que han fracasado de una manera dramática en la vida. Los podemos dejar tirados en la cuneta y pasar por su lado girando la cabeza para no verlos. Con esta actitud no se hace desaparecer la realidad que sigue viva y coleando. Los primeros perjudicados lo son quienes se desentienden del problema humano porque permanece y su actitud no los deja vivir en paz.

Hace dos mil años un maestro de la Ley, es decir, una persona que se suponía que tenía un buen conocimiento de la Palabra de Dios, le hizo a Jesús la siguiente pregunta: "Maestro, que debo hacer para alcanzar la vida eterna?" El Señor le da esta respuesta. "Ama al Señor tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo". El erudito en las Escrituras, queriéndose justificar por su incumplimiento de lo que sabía que era la voluntad de Dios, le hace esta pregunta: "¿Quién es mi prójimo que debo amar?" Jesús les responde contándole una historia que se conoce con el nombre de "parábola del buen samaritano", en la que intervienen cuatro personajes: dos clérigos, un hombre dejado medio muerto en el camino por unos ladrones que le robaron y, un samaritano. Los dos religiosos, viendo al hombre malherido tendido en el suelo a un lado del camino, pasan de largo sin hacer caso de él. El samaritano, que era un extranjero a quien odiaban los judíos, en verle, se acercó a él, descabalgó y atendió al herido. Finalizado el relato Jesús le pregunta a su interlocutor: ¿Quién de estos tres se comportó como el prójimo del hombre que cayó en manos de los bandoleros? El religioso no pudo eludir la respuesta y respondió: "Quien le trató con amor". Entonces le dijo Jesús: "Ve, y haz tu lo mismo".

Apliquemos a nuestros días la enseñanza de la parábola. Hagámonos la pregunta: ¿Quién es mi prójimo? Cualquier persona necesitada perteneciente a cualquier colectivo. Los drogadictos necesitan ayuda. No podemos pasar de largo y dejarlos abandonados a su suerte. Lo triste del caso es que muchos de los que cambian de acera son personas que se confiesan cristianas. A este colectivo en concreto Jesús le dice. "Ve, y haz tu lo mismo".

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