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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La tecnología 'naranja' en Bielorrusia es aplicable pero poco eficaz

Yuri Filippov
Redacción
jueves, 23 de marzo de 2006, 04:16 h (CET)
Las elecciones presidenciales en Bielorrusia y lo que les siguió muestran que tecnologías “naranja” son aplicables incluso en condiciones de Bielorrusia pero resultan ineficaces.

La sociedad y el Estado en Bielorrusia son lo suficientemente estables como para no caer en una crisis política por causa de elecciones, tal como ocurrió en países menos estables como Georgia, Ucrania y Kirguizistán.

En Bielorrusia ha tenido lugar un fenómeno nuevo para los países de post-URSS: una revolución prevista pero frustrada. Quiérase reconocer o no, pero este hecho es real: la política precedente que antes de las elecciones aplicaba el presidente Alexander Lukashenko, quien ganó las elecciones, resultó ser justificada. También más tarde las autoridades bielorrusas han estado a la altura de las circunstancias en lo táctico, sin dejarse involucrar en conflictos callejeros aunque hayan concedido libertad de acción a la oposición, haciendo vista gorda de las infracciones de la legislación electoral en que ésta incurrió (por ejemplo, la organización de actos públicos justo el día de las votaciones).

Los acontecimientos en Bielorrusia han mostrado que ni la Unión Europea ni EE.UU., que apoyaron activamente a los candidatos por la oposición, no son omnipotentes en el Este de Europa. No obstante, políticamente están muy comprometidos que ni lo disimulan. Mientras que el apoyo occidental de, por ejemplo, la revolución “naranja” en Ucrania todavía podía ser vista desde fuera como manifestación de solidaridad con el pueblo ucraniano (o, al menos, con su parte más activa y “democrática”), en Bielorrusia no se trataba de solidaridad alguna de Occidente con los bielorrusos ni de nada que pareciese respeto a la expresión de la voluntad popular. Esta aplicación demostrativa de normas de doble rasero socava seriamente el prestigio de los países occidentales tanto en Bielorrusia como en Rusia. Por más enérgicos que sean los debates en las reuniones del PACE entre los rusos y los europeos sobre la forma distinta de ver los derechos humanos, en Rusia se reconoce en general la autoridad de Occidente en materia humanitaria. La postura que Europa y EE.UU. mantuvieron respecto a Bielorrusia pone en cuestión esta autoridad, y más aún si estos últimos años su prestigio ha quedado socavado por la agresión contra Yugoslavia e Irak.

Entre tanto, la situación en Bielorrusia sigue desarrollándose, y es aún prematuro ponerle punto final. Los candidatos de la oposición Milinkevich y Kozulin se niegan a reconocer los previos resultados de la votación y exigen convocar nuevos comicios. El mitin no autorizado, que organizaron en Minsk inmediatamente después de concluir las votaciones, congregó, según datos más distintos, de tres a cinco mil personas. Pero el llamamiento de la oposición a que salgan a las calles cuantos han votado en contra de Lukashenko suena fuerte. Si estos constituyeran realmente la mitad de los siete millones largos de votantes bielorrusos, como lo afirma la oposición, los próximos acontecimientos de Bielorrusia eclipsarían la fama de la revolución ucraniana. Pero es obvio que la oposición exagera mucho, pintando como quiere, mientras que los datos facilitados por la comisión electoral de Bielorrusia, si bien distan de ser ideales, están más cercanos a la verdad. Incluso de creer a la oposición y suponer (dado el fantásticamente alto porcentaje de asistencia electoral: 92,6 por ciento de los electores) que se procedió a introducir una parte de papeletas que apoyaban a Lukashenko, de toda forma ello no significa que la mayoría haya votado a favor de las oposición y en contra del presidente actual.

Por lo demás, Moscú no cree que en las elecciones de Bielorrusia se hayan cometido violaciones serias. El presidente Putin felicitó a Lukashenko con la sólida victoria y expresó la esperanza de que con los esfuerzos mancomunados Rusia y Bielorrusia “den un mayor impulso al desarrollo democrático de nuestros países”. La palabra “democrático” en esta frase es el elemento clave que define la esencia de la política de Rusia.

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Yuri Filippov, para 'RIA Novosti'.
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