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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

La vita nuova

Santi Benítez
Santi Benítez
jueves, 23 de marzo de 2006, 04:16 h (CET)
Si me siento en el parque Santa Catalina, en Las Palmas, en cualquiera de sus terrazas, o si voy a comer a cualquier chino de la Calle Luis Morote, soy testigo casi inconsciente de un fenómeno que los canarios venimos viviendo desde hace más de trescientos años con toda normalidad, y que nos convierte en uno de los pueblos más cosmopolitas de España. Hagan la prueba. Tanto si, como yo, se sientan a tomar algo en Santa Catalina, como si van a cualquier chino de Luis Morote, en el corto espacio de tiempo que estén allí, oirán hablar en más de diez idiomas, verán africanos, asiáticos, hindúes, sudamericanos, europeos e isleños departiendo entre sí, unos con otros, con total naturalidad.

En esta ciudad de Las Palmas no es extraño, todo lo contrario, ver parejas diversas, continentalmente hablando, incluso entre gentes que culturalmente son bastante cerradas a relaciones multiétnicas como hindúes, chinos y coreanos.

Tenemos una importante cantidad de árabes; marroquíes, mauritanos, iraníes, libaneses. Población que convive con los autóctonos desde hace mucho, ya de pequeño, cuando visitaba la isla, mi abuelo me llevaba a jugar a las damas en tableros pintados con tiza en las aceras, rodeados de chilabas y olor a té de hierba huerto, para terminar comiendo albóndigas en los Betancores.

Todo esto es lo que se ha dado en llamar el espíritu canario, conformado por un sentido de pertenencia que nada tiene que ver con el estúpido ensalzamiento de raíces culturales, sino con la reivindicación de la multiculturalidad, a través de un paisaje que se reafirma a través de la convivencia con la diferencia, sin cuya existencia no tendría ningún sentido.

El domingo estuve en Arguineguín, pequeña población pescadora del sur de la isla, a ver los cayucos que están llegando hasta allí cargados de inmigrantes que, muchas veces a costa de sus propias vidas, intentan cambiar el hambre en la búsqueda de una vida mejor atravesando mucho mar. Como yo habían muchos canarios que se habían desplazado hasta allí para ver las maltrechas embarcaciones. Las caras de pena, los comentarios de horror, las conversaciones sobre lo mal que tienen que están pasándolo estas gentes para lanzarse al mar con aquellas cáscaras de nuez como única esperanza a una vida que ya saben perdida si continúan en sus países de origen.

Uno de ellos, señor mayor, moreno, recio y con gorra de marinero viejo, recordó a Juan Peralta, que robó un barco de diez metros de eslora en el puerto de Las Palmas, al poco del golpe de Estado de Paco el del Ferrol, y en compañía de un chiquillo de catorce años que se le colgó en el último momento, pintó el barco en alta mar, cambiando su nombre de Bentaiga a Covadonga, llegando hasta las costas de Nueva York. Conozco la historia porque da la casualidad que el tal Juan Peralta era mi tío abuelo. Y como dijo más tarde Dña. Carmen, mujer de sus buenos setenta y cinco años que regenta un pequeño bar de comida casera al borde de la carretera vieja de Arguineguín – seis euros el menú – ‘Mucha hambrita había, mi niño, mucha hambrita’.

El canario, porque lo vivió durante mucho tiempo saltando el atlántico desde la Palma o la Gomera para llegar a Vezuela, Brasil o Cuba, entiende muy bien esas personas. Cuando los canarios hablamos de inmigración siempre terminamos hablando de las penurias que tiene que estar pasando esa gente para arriesgarse a perder la vida en pos de la remota posibilidad de vivir de forma decente.

Hoy, día 21 de marzo de 2006, es el día mundial contra la discriminación racial. Tengo un hermano que, hablando el otro día, me dijo que Mauritania estaba cogiendo a los que eran deportados y soltándolos en su frontera más alejada, en medio del desierto. Lo más gracioso de todo es que, bajo mi punto de vista. España hace exactamente lo mismo.

Buenas noches, y buena suerte...

Suena de fondo ‘Vete de mi’, de Bebo y Cigala.

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