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Etiquetas:   Punto crítico   -   Sección:   Opinión

Escoria importada

Raúl Tristán

martes, 21 de marzo de 2006, 22:32 h (CET)
Hace algunos años, cuando la gente de bien decidía escoger su lugar de vacaciones de verano, entre las diversas opciones que podían ofrecérseles figuraba la Costa del Sol. Y decir Costa del Sol llevaba implícito efectuar un salto mental automático de nuestra imaginación a la Marbella de la Jet. La Marbella de las gunillas y los Khashoggis, de las kimeras y los nakachians, y tantos otros.

Ese salto mental, lo era en el vacío cuando reconocíamos que, además de poder, dinero y glamour, en Marbella había mucha basura. Literal: basura. Basura con nombre y sin nombre, con pedigrí y sin él. Marbella, como muchos de los clásicos del veraneo, es decir, como gran parte de la costa mediterránea española, era también un nido de ratas.

Sí, las mafias internacionales, ayuntadas con las patrias, han hecho “el agosto” en nuestras playas gracias a los beneficios obtenidos de la prostitución coactiva, el tráfico de drogas o de armas, los secuestros, los homicidios por encargo, los ajustes de cuentas, las estafas internacionales, la evasión de impuestos, los fraudes bursátiles, la especulación inmobiliaria... en suma, el blanqueo de capitales procedente de las más diversas actividades ilícitas y remotos orígenes.

Esta escoria delictiva formaba parte de nuestro acervo turístico como si siempre hubiera estado ahí, como si el boom del turismo de sol y playas de España implicara de forma irremediable su ingrata compañía. Una compañía que para la mayoría de los españoles ni siquiera lo era, pues no les afectaba de forma directa. A nosotros, a los mortales, nos daba igual que las mansiones de las ricas urbanizaciones de lujo se construyeran a base de dinero manchado de sangre, no nos preocupaba que el sol que nos tostaba la piel hiciera lo propio con el traficante, con el asesino, con el pederasta o el proxeneta: para todos era el mismo sol, pero para unos caía en su porción de playa privada y exclusiva, o en su campo de golf, o se reflejaba con vanidad en el parabrisas de su Rolls, mientras que, para el resto, reverberaba sobre una arena ennegrecida por los detritus de los buques cisterna petroleros, que manchaba el palo de la sombrilla o la pala de los niños.

Ellos estaban ahí, pero a nuestros efectos era como si no lo estuvieran. Eran escoria importada, escoria a la que se sumaban cuatro nazis con nombre falso, o algún que otro terrorista internacional. Daba igual, eran fantasmas que jamás se cruzaban en nuestro camino.

Sin embargo, hoy importamos otro tipo de escoria, otros “modelos de negocio”.

Hoy, la gente de a pie, el españolito europeo mediocre que somos la mayoría, debe de vérselas con engendros delictivos procedentes de culturas, sociedades y países que se nos antojan más peligrosos, más terribles, con menos frenos morales, y con una mayor influencia o injerencia en nuestra vida personal y familiar.

La tragedia puede llamar a nuestra puerta en cualquier momento.

El fenómeno de las bandas hispanas, al estilo Latin Kings o Ñetas, ha puesto en guardia a una sociedad, a unos ciudadanos que observan cómo, en tan sólo unos pocos años, las calles que les resultaban conocidas y de confianza o los parques que les infundían tranquilidad, sosiego, reposo, se han convertido en focos de grave riesgo para su integridad, la de sus familias o la de sus propiedades. Debido al fenómeno incontrolado de la inmigración, hemos importado el modelo de banda callejera vigente en el continente americano. Un sistema de guerrilla urbana juvenil, de pandilleros asesinos, con el que no estamos acostumbrados a lidiar. Son peligrosos, están acostumbrados a matar o morir, no conocen límite alguno y están dispuestos a todo...

Pero eso no es todo. Aún hay más.
Si por el oeste nos han venido las hordas salvajes de sangre caliente, por el este nos invaden las jaurías de sangre fría.

Las mafias rusas, rumanas, de albano-kosovares, ucranianas, búlgaras... que comenzaron a extender sus redes tras la desestructuración del bloque soviético (la caída del muro no fue positiva en todos los aspectos, este es uno de ellos) o tras las crisis balcánicas, están haciéndose presentes en nuestra vida cotidiana hasta un punto que amenaza con devenir asfixiante: nuestros hijos pueden ser secuestrados, nuestras casas asaltadas, nuestra familia asesinada... Robos, secuestros, asaltos, todos ellos llevados a cabo con una demostración de impunidad plena, con una violencia inusitada, con el máximo derramamiento de sangre, pretendiendo causar el mayor daño posible.

Nuestras calles no son seguras. Nuestros hogares no son seguros. Nuestras vidas carecen de salvaguarda en un entorno, sobre todo urbano, del que la escoria importada comienza a enseñorearse sin que podamos hacerle frente.

Mientras, nuestros gobernantes parecen no querer darse cuenta la gravedad del problema. Un problema que si no llega a serlo en demasía para nuestra generación, lo será para la de nuestros hijos.

Hay que poner puertas al monte, por mucho que cueste o no guste. La política de puertas abiertas no nos llevará más que a la ruina social, a la decadencia de una cultura que ha costado milenios desarrollar. Europa lo sabe y por eso, en estos momentos, nuestra política de inmigración no está bien vista. Para que haya alianza de culturas y de civilizaciones debe haber culturas y civilizaciones, y no hordas de bárbaros (que se lo digan al Imperio Romano) dispuestos a socavar los cimientos de las nuestras.

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