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El legado de Milosevic

Piotr Iskendérov
Redacción
martes, 21 de marzo de 2006, 22:32 h (CET)
La muerte de Slobodán Milosevic el 11 de marzo en prisión del Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia no es un acontecimiento meramente médico ni jurídico. Tiene el alcance político plurifacético y da motivos de evaluar tanto la personalidad del ex líder de Serbia y Yugoslavia como las particularidades de la política de la comunidad internacional en los Balcanes.

Al Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, creado el 22 de febrero de 1993, en base a la resolución No 808 del Consejo de Seguridad de la ONU, se le planteó la tarea de “hacer justicia a las personas en los casos de graves violaciones de las normas de Derecho Internacional, perpetradas en el territorio de la ex Yugoslavia desde 1991”. Motivo de su creación, según se desprendía del texto de la resolución, fue el informe presentado por la comisión de expertos de la ONU que investigaban “los comunicados llegados en cadena sobre las graves violaciones del Derecho Internacional que se producen en el territorio de la ex Yugoslavia, incluidos los referentes a la masacres y las campañas de “purga étnica”.

En las “purgas étnicas” que afectaron al espacio de la ex Yugoslavia, participaron todos los bandos beligerantes. Sin embargo, la estadística relativa a los casos incoados llegó a ser distinta. Desde el principio mismo, entre los imputados, en el sentido cuantitativo y desde el punto de vista de los altos puestos estatales desempeñados por ellos, predominaban los serbios de Bosnia y Croacia, tanto como representantes de la Yugoslavia aliada. En 2001 el Tribunal de la Haya logró detener al líder de Serbia y Yugoslavia Slobodan Milosevic para llevar a cabo todas las diligencias necesarias. Teniendo en cuenta que a la sazón ya fueron decretadas las pesquisas de los ex líderes de los serbios bosnios Radovan Karadjic y Ratko Mladic, mientras que más tarde las acusaciones fueron presentadas al ex presidente de la República Serbia de Krajina en Croacia Milan Babic, los líderes de todas las formaciones estatales serbias reconocidas, semirreconocidas y no reconocidas se sospechaban de haber cometido gravísimos crímenes de lesa humanidad que por su crueldad pueden ser comparados con los crímenes del nazismo.

Sin embargo, desde el principio mismo resultaron inconsistentes las ambiciones de que el Tribunal de La Haya deviniera segunda edición del Tribunal de Nurembergo. En Nurembergo fue enjuiciada la parte culpable de haber desatado la guerra mundial y cometido agresión y crímenes contra su propio pueblo y los pueblos de los países ocupados. La desintegración de la Yugoslavia federativa, pese a su carácter sangriento, no fue resultado de la agresión desde fuera ni del triunfo de la ideología misantrópica del nazismo, sino exponente de las controvertidas tendencias centrífugas, de la actividad de las élites dirigentes y de las secuelas de los procesos y contradicciones que se desarrollaban y se acumulaban durante varios decenios o un siglo entero. Si de veras el Tribunal de La haya quisiera investigar objetivamente las complejas peripecias de la historia balcánica de las postrimerías del siglo XX -comienzos del XXI, las celdas de la unidad de detención de La Haya tendrían que compartirlas con Slobodan Milosevic sus colegas en los asuntos bosnios: el líder musulmán Alija Izetbegovic y el presidente croata Franjo Tudjman. Más tarde a ellos deberían sumarse los líderes de los extremistas albaneses de Kosovo, cuya organización militar “Ejército de Liberación de Kosovo” fue calificada en su tiempo de terrorista incluso por el Departamento de Estado de EE.UU. que no profesa simpatías a los serbios. Los cabecillas de las unidades armadas de los albaneses de Macedonia, que de hecho fueron autores del motín orquestado contra las autoridades del país (a propósito, fieles consocios de la OTAN en la operación “Fuerza aliada” de 1999), también merecían atención detenida del Tribunal de La Haya. Pero esto no se produjo. Tal vez, exista cierta señal providencial, bajo el signo de la cual Milosevic abandonó este mundo tal inocente, desde el punto de vista de Derecho Internacional, como Tudjman e Izetbegovic.

Al hablar del papel desempeñado por Slobodan Milosevic y sus relaciones mutuas con Occidente, es imposible obviar el hecho de que él precisamente devino garante principal del arreglo pacífico de Dayton, habiendo obligado a los serbios bosnios a aceptar las cartas de delimitación, desfavorables para ellos, de la Bosnia postbélica y de Herzegovina. Procede señalar que muchos de los mediadores occidentales que hoy estigmatizan post factum al difunto como monstruo sangriento (en particular, Richard Hallbrook), en 1995 estrechaban las manos de Milosevic, Karadjic y Mladic y agradecían su aporte al proceso pacificador en el área (aunque las acusaciones a los dos últimos fueron presentadas por el Tribunal de La Haya el 14 de noviembre de 1995, es decir, una semana antes de haber sido suscrito el Tratado de Paz de Dayton y todos los documentos adjuntos a éste). De considerar a tres líderes serbios como autores de los gravísimos crímenes, haciendo paralelo con el Nurembergo, veremos que los arquitectos norteamericanos y euroccidentales del arreglo bosnio se parecen algo a los participantes de la “confabulación de Munich” con Hitler en 1938.

Tales son los aspectos jurídicos y políticos del “caso Milosevic”. No menos preguntas surgen respecto a su componente facultativa. ¿De dónde en su sangre apareció la rifampicina, antibiótico de efecto drástico destinado a curar la lepra y la tuberculosis, de las que Slobodan Milosevic nunca padecía? ¿Por qué -según testimonios de su mentor jurídico Branko Rakic- en la sangre del difunto, como resultados de los análisis “fue revelado un nivel demasiado bajo” de la presencia de otros fármacos de veras necesarios para él? Pues, desde hace tiempo el procesado de 64 años se quejaba de la isquemia cardiaca, la hipertensión y otras dolencias que requieren tratamiento permanente e intensivo. ¿Por qué los resultados extraños del análisis de las muestras que contenían la rifampicina, se hicieron públicos solamente después de la muerte de Milosevic, es decir, varias semanas más tarde? ¿Cómo pudo suceder que el personal no le prestó asistencia oportuna al ex líder yugoslavo, aunque las celdas de la unidad de detención de La Haya se encuentran controladas las 24 horas del día? Procede señalar que el caso actual es el cuarto de la serie de muertes de los presos sospechosos y condenados del Tribunal de La Haya, además, serbios todos ellos. ¿Acaso no será veredicto prestigioso de desconfianza el dictamen del grupo de cardiocirujanos rusos que examinaron a Slobodan Milosevic después de su fallecimiento? Según declaró Leo Bokeria, miembro numerario de la Academia de Medicina de Rusia, dirigente del Centro Científico de Cirugía cardiovascular Bákulev, “si Milosevic fuera internado en cualquier hospital especializado de Rusia, máxime en tal como el nuestro, le habría sido practicada la coronografía, implantados dos stents, el paciente podría vivir muchos años más, y, por consiguiente, defendería a sí mismo con energías renovadas. ¿Tal vez esta posibilidad haya asustado al Tribunal de La Haya?

El legado dejado por Slobodan Milosevic no se limitará a la participación directa o indirecta de Belgrado en numerosos conflictos armados en los Balcanes, en que insisten sus críticos en Serbia y muy especialmente fuera de sus límites. Concierne asimismo a los complicados problemas de orden jurídico internacional que exigen reconsiderar las tareas, el papel y el lugar que corresponde al propio Tribunal de La Haya. Si, por supuesto, la humanidad quiere que tales instituciones sean no sólo eficientes, sino también eficientes y objetivas.

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Piotr Iskendérov, Instituto de Eslavismo (Academia de Ciencias de Rusia), RIA Novosti.

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