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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La respuesta ciudadana

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 20 de marzo de 2006, 22:59 h (CET)
Me gustan los ciudadanos que son del mundo antes que de sus casas. Sólo así la respuesta ciudadana tiene visión de futuro. Los tiempos pintan en negro por más que miremos al azul del cielo. Aún tenemos ciudadanos opulentos que pueden comprar a otro y pobres que necesitan venderse, poderes que están por encima de las leyes y potestades con jurisdicción de mando sobre esclavos. Lejos nos queda Platón, cuando dijo que “el objetivo de la educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano”. Nos queda más cerca la maldad y el egoísmo. Esto ya tiene su consecuencia. La galopante enfermedad de vacío que vive actualmente la familia humana es la causa de tantos vicios, desenfrenos, absurdas adicciones y acciones ilícitas. Los ideales y los modelos de vida propuestos por la televisión son, a menudo, vectores de una magnitud consumista radicalmente antihumana. En cualquier caso, considerar al ciudadano como un puro objeto de deseos me parece de una inmoralidad tremebunda.

Reducir la búsqueda de la felicidad a una aspiración de prosperidad material y a la satisfacción de los impulsos sexuales, como se viene aceptando (y adoptando), es volver a un estado de pobreza que nos corroe y envilece. No debemos engañarnos y menos, todavía, dejarnos engañar por voceros que tienen como altar el poder y, como templo de sus bochornosas vidas, la utilidad y el interés. Precisamos de las energías espirituales para sentirnos bien por dentro (no hay cirugía para embellecernos el alma), puesto que la paz y la guerra empiezan en el corazón de cada ser humano. Por eso, cuando sufre una persona en su alma (o el alma de una nación) la respuesta ciudadana (o la respuesta de los Estados), ante el peso del dolor, debe convocarnos a la solidaridad. Mostrarse indiferente ante el masivo sufrimiento humano, no hacer nada por mermar las causas que provocan la ristra de dolores, son faltas gravísimas de omisión al deber que todos tenemos por el hecho mismo de ser ciudadanos de un mismo mundo.

Tampoco considero un medio para solucionar los problemas la estrategia de guerra preventiva contra aquellas naciones consideradas peligrosas. El recurso a la palabra ha de ser la respuesta ciudadana. El derecho natural internacionalizado, la conversación que sale del alma, el ejercicio de la búsqueda de la verdad con la brújula de la justicia, son los medios dignos de la persona y, por ende, de la familia humana para solucionar controversias. Las luchas, con tantas historias trágicas en el tiempo, deben servirnos de enseñanza. No debieran tener cabida en los planes políticos de seguridad de ningún Estado. Donde haya una guerra abierta, fuerte o un conflicto interno, además de causar muchas víctimas, incluidos niños y personas que son inocentes del mal que provocó la contienda, suelen generarse situaciones de grave injusticia. Nadie se libra de los horrores de las confrontaciones bélicas. Una noticia reciente propiciada por la Cruz Roja nos llama la atención, a través de un estudio recientísimo, que las guerras mantienen sin agua a trescientos millones de personas en el mundo; un bien tan preciado para la vida como que es el componente más abundante de la superficie terrestre, parte constituyente de todos los organismos vivos. Las guerras suelen darnos en aquella parte que más daño nos hace. Ya me dirán, ¿cómo se puede vivir sin agua?

Ciertamente, con la cultura se puede contestar al mundo. Ha de ser la respuesta ciudadana. Claro que sí, es un campo vital. El amor está en el corazón de todas las culturas, sólo hay que profundizar en sus latidos. Cada cultura, en su verdadero culto de autenticidad, está abierta a lo universal. Seguramente tenemos que tomar mayor conciencia de la dimensión cultural de la existencia humana, como lo ha refrendado el ministro de Información sirio, Mohsen Bilal, con motivo de la apertura de actividades como Capital Cultural Islámica en 2006, expresando que “la verdadera cara de Siria es la de la cultura, las tradiciones y la tolerancia”. Nos hace falta aunar culturas y cultivos, en medio de tanto desencanto que impide la realización de la persona. En este rompedor siglo, pienso que es esencial reafirmar la fecundidad de las culturas en la evolución de la familia humana.

Una sensata manera de unir culturas pasa por promover la respuesta ciudadana del encuentro. En este sentido, imagino muy saludable la celebración en Sevilla del II Congreso Mundial de Imanes y Rabinos por la Paz. Que tenga como objetivo acordar acciones educativas concretas para luchar por la paz, es una manera de colaborar en la construcción de una humanidad más reflexiva humanamente. Es un imperativo moral, un deber humano, utilizar las energías de todos para comprenderse mejor. El imán de Gaza, lo ha podido decir más fuerte, pero no más claro. Aseguró que el diálogo y la palabra es el instrumento que nos ha dado Dios para hablar con los demás, una fórmula que deben tomar en serio tanto judíos como musulmanes, y tras advertir de que la religión es lo que concede felicidad a la gente, pidió que Jerusalén sea símbolo de paz y estabilidad.

Me cautiva la apuesta de la plática. La conversación siempre embellece nuestras habitaciones interiores. Por desgracia, nuestra cultura niega la existencia de verdades y valores objetivos. Tampoco las religiones son ya aceptadas como una autoridad doctrinal y moral. Estimo, pues, que es hora de dar respuesta a tantas carencias internas para dar razón de luz a la vida; existencia que todos nos merecemos vivirla dignamente. Por ello, creo que lo que hace un mundo distinto es el contacto ciudadano amable y sincero, actitudes de acogida y escucha, estilos de apertura y respeto, la estima y otras bondades. Detesto al que no sabe mirar más allá del éxito personal y del logro propio. Al destierro la religión del “yo”. No es la respuesta ciudadana que necesitamos para volver a disfrutar de la aurora tan desnudos como el poeta.

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