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Rusia no defiende regímenes, sino sus propios intereses

Tatiana Stanovaya
Redacción
lunes, 20 de marzo de 2006, 05:00 h (CET)
Transnistria solicitó a Rusia ayuda financiera trimestral por el monto de $50 millones para reembolsar las pérdidas relacionadas con el nuevo régimen aduanero implantado por Ucrania. Indudablemente, tal ayuda le será prestada, sobre todo teniendo en cuenta que al problema de Transnistria se sumaron las regiones rusas con sus respectivos intereses económicos.

Pero es poco probable que Moscú financie el régimen de Igor Smirnov a costa de su tesoro federal. Este hecho se debe a que los intereses de Rusia y Transnistria en modo alguno se reducen al apoyo del régimen existente en esta última. En general está a la vista que Rusia busca distanciarse de la “lógica de régimen” en su política exterior.

Lo principal que atrae a Rusia en Transnistria lo son sus intereses geopolíticos estratégicos. Podemos mencionar también el apreciable porcentaje de la población rusa allí residente, la orientación prorrusa de la sociedad de Transnistria y el alto nivel de los ánimos antimoldavos. Sobre este telón de fondo, el régimen de Smirnov no es más que una función del medio social en que existe.

Se considera que si Rusia apoya a Transnistria, apoyará también a toda costa a Igor Smirnov. En realidad, lo que importa a Rusia, no es el propio régimen en persona de su líder actual, sino la capacidad de ese régimen de tener en cuenta que la situación depende realmente de la influencia que Rusia ejerce en el área. Pues, la salida de esta última de Transnistria podrá conducir a la desestabilización y a una nueva vuelta del conflicto.

Sin embargo, Moscú no quiere que sus intereses sean objeto de especulaciones. Rusia actúa, por ejemplo, del mismo modo con respecto a Irán que, consciente de lo importante que es para Rusia el proyecto de crear la empresa conjunta del enriquecimiento de uranio, da largas premeditadas al proceso negociador ora volviendo a la oferta de Moscú, ora rechazándola. Pero la visita realizada la semana pasada por Serguei Lavrov, ministro de Exteriores de Rusia, a EE.UU. demostró que Rusia no se propone ser abogado permanente e incondicional de Teherán pese incluso a su evidente interés por realizar la variante rusa precisamente de solución del problema iraní.

Según todos los indicios, Moscú tampoco quiere “pasarse de rosca” con respecto a Transnistria, especialmente teniendo en cuenta el principio nada transparente y “velado” que preside el funcionamiento de los mecanismos político-económicos de la república no reconocida. Ahora a Tiraspol llega ante todo la ayuda capaz de atenuar las secuelas del “bloqueo económico” que afecta a la población: medicamentos, víveres, combustible, lubricantes procedentes de las fuentes federales, así como el dinero procedente de las regiones rusas investidas del derecho de administrarlo por cuenta propia.

Aparte de esto, Rusia presta apoyo diplomático a Transnistria. Según dijo el 14 de marzo corriente en una reunión informativa en Moscú Serguei Lavrov, titular de Exteriores de Rusia, la crisis estallada en Transnistria en respuesta a la implantación de las nuevas reglas aduaneras, “ha de ser cancelada de común acuerdo, si, por supuesto, todos los negociadores están interesados en conservar los mecanismos que permitían asegurar la paz en el área”. Dicho en otros términos, Rusia se esforzará por reanimar el formato anterior en que el conflicto se arregla por vía negociada y no en la frontera de Transnistria.

Diremos una vez más: todo esto se inserta en una lógica nueva de la política exterior de Rusia que se manifestó bien a las claras en la conferencia de prensa de enero concedida por el presidente de Rusia Vladimir Putin a periodistas extranjeros y rusos. El mandatario ruso dio a entender que Rusia actúa en el espacio post-soviético guiándose por los propios intereses nacionales y los intereses de los pueblos que lo habitan.

En dos ocasiones Vladimir Putin puso de manifiesto este enfoque nuevo. Entre otras cosas, dio a entender con claridad meridiana que en Bielorrusia, por ejemplo, Rusia tampoco presta apoyo al régimen sino al pueblo hermano y al Estado amistoso, con el que se desarrollan los procesos integracionistas. En lo que respecta a Uzbekistán, el presidente de Rusia dijo que el régimen de Islam Karimov tiene problemas, pero la postura de Rusia hacia este país no obedece a los motivos de régimen sino a lo inadmisible que es la aparición de un segundo Afganistán.

Pues ahora a estos ejemplos podemos agregar Transnistria en que Rusia es capaz de distanciarse del régimen de Smirnov, pero, al mismo tiempo, prestar ayuda a la región partiendo de sus propios intereses. De esta manera, los motivos de Rusia han de ser más claros para Occidente, ya que en el marco de la nueva lógica en política exterior sería una torpeza reprochar a Moscú de defender sus propios intereses y mucho más difícil, acusarlo de apoyar los regímenes que crean problemas para Occidente. Otra cosa es que con frecuencia los motivos de Rusia resultan incomprendidos y desoídos por estar divorciados de los intereses geopolíticos de otras potencias.

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Tatiana Stanovaya, jefa del Departamento Analítico en el Centro de Ingeniería Política, RIA Novosti.

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