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Etiquetas:   Columna   -   Sección:   Opinión

El infinito

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 19 de marzo de 2006, 04:03 h (CET)
Hace un tiempo apareció en la televisión un reportaje en el que se pretendía mostrar la cara humana del anterior presidente de la Generalitat de Catalunya, Jordi Pujol. Recuerdo que mi decepción fue notable: en todo momento el político hacía vida de político. ¿Acaso podía ser de otra manera? Al fin y al cabo, en latín, el término “persona” define una máscara de actor o un personaje teatral, y eso era lo que aparecía en la pantalla, un actor conocido.

Está claro que las personas actúan en todo momento según el contexto en que se encuentran. Solamente podemos decir que conocemos a alguien si conocemos su comportamiento en todos los ámbitos en los que puede desarrollarse su vida lo cual es, obviamente, imposible. Por eso, porque todos nuestros recuerdos referentes a una persona están necesariamente asociados al medio en el cual nos relacionamos con ella, existe siempre la posibilidad de que cualquiera se comporte de un modo que nos sorprenda.

Canetti escribió “yo soy exactamente lo que ves –dice la máscara- y todo lo que temes detrás”. El temor se da en las situaciones que el sujeto no puede controlar. El temor ante la persona se da en las situaciones diferentes, en las que el médico deja de ser médico, el abogado deja de ser abogado o el bombero deja de ser bombero. El miedo es imaginar en qué ocupa el tiempo el maestro cuando sale de la escuela.

La mayor parte de las personas adecua su conducta a las condiciones de cada contexto. Es importante tener en cuenta que la adecuación es válida de acuerdo con las convenciones que estipulan el tipo de comportamiento correcto en cada caso, y que las convenciones son acuerdos tácitos entre los componentes de una sociedad. Por lo tanto, la adecuación del comportamiento no puede estar separada del aquí y el ahora, de los ideales y de las prácticas sociales.

Pero son muchos los que, como Jordi Pujol en el reportaje al que aludía más arriba, interpretan su papel laboral de forma tan sublime que olvidan (y hacen olvidar) que, en todo momento, son personas antes que empleados. Si conocemos a alguien en el trabajo conocemos primero al empleado, y sólo si estamos dispuestos a vernos en otro lugar tendremos oportunidad de comprobar cómo se comporta la persona en otro contexto; lo que no deja de ser una máscara.

El error en que comúnmente caemos es el de creer que la suma de máscaras nos llevará a la realidad, a la comprensión de la coherencia de una persona que nos conducirá de manera irremediable a pronunciar dos palabras sumamente atractivas: te conozco.

También hay quienes, contando de uno en uno, han intentado comprobar la magnitud del infinito.

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