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El antiglobalista Lukashenko

Alexei Makarkin
Redacción
domingo, 19 de marzo de 2006, 04:03 h (CET)
Las elecciones presidenciales de Bielorrusia muestran ciertas particularidades específicas de un modelo político que en diversos países se aplica como alternativa a la democracia clásica. Este modelo engendra líderes que apelan a la población de su país (ante todo, a sus capas menos acomodadas) y tarde o temprano entran en enfrentamiento con el mundo occidental. Lukashenko predica el culto al poder fuerte, siendo lo más típico de él un populismo acentuado y la aversión enérgica a la ideología de la globalización y a sus institutos. A pesar de todo, se celebran las elecciones, existe un sistema pluripartidista y funcionan los parlamentos.

Bielorrusia se encuentra en Europa donde se aplican principios políticos absolutamente distintos. Polonia y Lituania hace ya tiempo que sirven de apoyo a la oposición bielorrusa; últimamente se les ha unido Ucrania. Y eso, aparte de que la Unión Europea y EE.UU. simpatizan con los opositores a Lukashenko. Bielorrusia carece de petróleo con cuyas ganancias se podría “alimentar” a los partidarios del régimen (por lo tanto, el hecho de que Lukashenko se mantenga en el poder desde hace ya 12 años demuestra la enorme aptitud política de este hombre, a primera vista simplón, al que a veces llaman “taita”).

Además, la oposición ha intensificado considerablemente sus actividades. Ciertos representantes de la élite anterior promueven la candidatura de Alexander Kozulin, quien desde hace unos años venía desempeñando el cargo de rector de la Universidad Bielorrusa. Pero la mayoría de los adversarios del actual presidente bielorruso – desde comunistas hasta liberales – se han unido en torno a Alexander Milinkevich, un científico físico y hombre público poco conocido por el electorado hace poco tiempo.

El problema de Lukashenko está en que necesita ganar ya la primera vuelta de las elecciones. Si el presidente en funciones deja de obtener siquiera un dos por ciento que falten para lograr la victoria absoluta, su régimen durante el período entre vueltas puede quedar erosionado, quedando desmoralizados muchos de sus partidarios, incluso los de entre funcionarios públicos. En caso de que la victoria de Lukashenko sea anunciada ya en la primera vuelta, la oposición intentará lanzar una “revolución de color”, acusando las autoridades de fraude electoral, a semejanza de acontecimientos en Serbia, Georgia y Ucrania.

De ahí la fórmula de lucha contra la oposición propuesta por Lukashenko, a saber: asestar un golpe preventivo contra la oposición, desprestigiándola a los ojos de la población, intentando desorganizar sus filas para hacer de sus oponentes políticos meros “conspiradores”. Lukashenko demuestra que él no es ni Kuchma ni Shevardnadze. Su objetivo reside en disminuir a toda costa el posible número de participantes en las acciones de protesta postelectorales. Al presidente bielorruso no le interesa nada lo que Occidente piense al respecto y, por tanto, está dispuesto a emprender acciones más duras a fin de conservar su poder. Es lógico que esta fórmula es aplicable únicamente en una situación en que los medios de comunicación principales son controlados por el poder y que son organizadores y propagandistas colectivos como los llamara un revolucionario como Lenin, lo que sí tiene lugar en la Bielorrusia de hoy.

Es probable que esta vez Lukashenko también logre triunfar. Máxime que no se encuentra totalmente aislado, pues lo apoya Rusia, siendo ésta parte del “Estado Aliado” Rusia – Bielorrusia. Esta elección de Rusia en modo alguno se debe a su simpatía por la persona del líder bielorruso quien, a pesar de sus declaraciones prorrusas, es un aliado bastante complejo cuyo comportamiento a veces resulta poco predecible : por ejemplo, el problema de la introducción de la moneda única de los dos Estados con el único centro emisor en Moscú se viene discutiendo sin éxito desde hace unos años. Tampoco resulta fácil resolver el problema de crear órganos de administración del Estado Aliado.

Pero Rusia no necesita tanto a Lukashenko como político “prorruso” sino como “antioccidentalista”. Con esta reputación el líder bielorruso es inaceptable para la Unión Europea aun cuando de repente se haga adepto de la integración europea. Así las cosas, mientras Lukashenko sea presidente de Bielorrusia, esta circunstancia sirve de garantía de que este país no abandone la unión con Rusia ni ingrese en la OTAN. Es de recordar que los países del Báltico ingresaron en la Alianza Atlántica ya en 2004, y actualmente el gobierno “naranja” de Ucrania se planea en serio el objetivo de integrarse en esta alianza. Siendo así, Bielorrusia parece ser la única punta de lanza de Rusia en Occidente y colabora activamente con Rusia en materia de la defensa (por ejemplo, en la defensa aérea).

De ahí la actitud meramente pragmática que Rusia mantiene hacia Bielorrusia y su esperanza de que el régimen de Lukashenko se mantenga estable. Es bien posible que en las próximas elecciones estas esperanzas se hagan realidad, lo cual en modo alguno significa que posteriormente este régimen no corra riesgos. Por una parte, la oposición intensifica cada vez más sus actividades: mientras que en las elecciones anteriores su representante parecía un outsider humilde, ahora se trata de una verdadera lucha política. Por otra parte, igual que todo régimen personalista destacado, el bielorruso depende en gran medida del destino personal de su líder que carece de sucesor ni tiene previsto el procedimiento de traspaso del poder, aunque éste sea dirigido y controlado.

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Alexei Makarkin, Vicesecretario General del Centro de Tecnologías Políticas, para RIA Novosti.

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