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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Sangre en la carretera

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 15 de marzo de 2006, 21:33 h (CET)
El primer fin de semana de octubre de 2005 muy trágico en las carreteras catalanas debido al incremento de accidentes, heridos de diversa consideración y de víctimas mortales. El reguero de sangre que manchaba el asfalto ha impulsado a la señora Montserrat Tura, Consellera de Interior de la Generalitat de Catalunya a proponer un endurecimiento de las sanciones a quienes infrinjan el código de circulación. ¿Alcanzará sus objetivos la Conselleria de Interior? Lo dudo. Resolver el grave problema que representan los accidentes de circulación no depende de las medidas coercitivas que se puedan tomar. Tampoco es la solución, aún cuando es conveniente, las campañas educativas tendientes a despertar en los conductores conductas cívicas. El problema básico es UNA CUESTIÓN DE PERSONALIDAD. Dicho aspecto parece ser que no se tiene en cuenta a la hora de estudiar la manera de prevenir los accidentes que tanto dolor producen en las familias de las víctimas y, el costo elevado que representa atender a los accidentados en el lugar de los hechos y la posterior asistencia sanitaria de los heridos, además del dolor incrementado y prolongado que representa la invalidez permanente de muchos de los accidentados.

La enseñanza que sobresale de la encuesta "Estupefacientes y accidentes mortales en la circulación viaria" dirigida por el Instituto Nacional de Investigación en los Transportes y la Seguridad, coordinado por el Observatorio francés de drogas y toxicomanías, es que un conductor que se haya fumado un porro es 1,8 veces más propenso a provocar un accidente mortal que un automovilista en ayunas. Este riesgo acentuado es muy inferior al inducido por el alcohol (8,5), aún cuando el consumo esté dentro de los límites permitidos por la ley. Aún cuando no se traspase el máximo legal de 0,5 gramos por litro de sangre, el alcohol causa 3,3 veces más accidentes mortales que el cannabis. El estudio pone en evidencia la "vulnerabilidad" de los fumadores de porros y de los que ingieren alcohol.

De la investigación francesa se desprende que para reducir de una manera significativa los accidentes de circulación, los conductores deberían ponerse al frente del volante en ayunas, es decir, sin haber ingerido ninguna substancia que pueda disminuir su capacidad de percepción.

¿Qué es lo que induce al consumo de substancias que facilitan se llegue a un desenlace fatal? El problema humano, básicamente es una insatisfacción interior que le incapacita para hacer frente a las presiones externas que le machacan a uno. No se saben resolver los problemas que le plantea un medio hostil: dificultades laborales, problemas familiares, desencanto político, enfermedades insolubles y un largo etcétera de contratiempos que agobian. Ante la imposibilidad de encontrar solución y la falta de confianza ante tantos y dispares enemigos que le acechan agazapados en la esquina esperando la oportunidad de abalanzarse encima, se opta por la solución, aparentemente más fácil: el alcohol y la droga. De esta manera, uno pretende desentenderse de todo aquello que le da miedo. No consigue lo que esperaba. Todo producto químico con propiedades que anublan la conciencia necesita que se incremente la dosis para que surta efecto. Lo que consigue el adicto a la química es empeorar la salud y que los problemas se agraven por no haber sido debidamente afrontados.

Una mujer se dirige hacia el pozo a buscar agua llevando sobre su cabeza la vasija vacía con que acarrearla. Sentado junto al manantial se encuentra Jesús que le pide a la hembra agua para beber. Esta petición inaudita en la sociedad de aquella época da pie para que se inicie entre ambos personajes una conversación que adquiere carácter espiritual cuando Cristo le dice a la dama que Él es el agua que aplacará la sed de su corazón. La charla es emocionante. La matrona se convence de que el hombre que tiene ante sí es el Cristo esperado. El vacío de su corazón que tenía al ir hacia el pozo se convierte en gozo desbordante. Sin preocuparse por el cántaro vacía que se había quedado al lado de la fuente, símbolo de la sed insatisfecha de su alma, sale corriendo hacia el pueblo para notificar a sus vecinos que ha encontrado a Jesús que es el agua viva que otorga vida eterna.

Quienes dependen de productos químicos que producen una felicidad artificial, caduca y que esclaviza, necesitan el Cristo que vivifica par que sus almas encuentren el gozo y la plenitud que anhelan. Llegado a este punto ya no se acuerdan del whisky o del porro que facilitan el accidente mortal. Además de recuperar lucidez mental, cuando uno tiene a Cristo empieza a practicar el perdido arte de la paciencia. Ya no le controla la irritación que le produce la lentitud con que circula el vehículo que le precede. Deja de apretar imprudentemente el acelerador con el fin de llegar a tiempo a destino. La impaciencia imprudente mezclada con la química que reduce la capacidad atendedora que puede conducir al accidente fatal., ya no coexisten Al estar en Cristo uno reduce la insensatez en la carretera.

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