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La 'afganización' de Kirguistán

Andrey Grozin
Redacción
miércoles, 15 de marzo de 2006, 01:48 h (CET)
Los recientes acontecimientos políticos en Kirguizistán donde el presidente y el líder parlamentario han llegado a aclarar sus cuentas en público - con la intervención de funcionarios del entorno presidencial en ese conflicto y la dificultosa solución de la crisis en torno a la nueva cúpula del Parlamento – han sorprendido a los observadores internacionales y suscitado la preocupación entre los kirguizes de la calle. Lo cual es comprensible: del cómo vaya evolucionando la situación dependerá, a la larga, no sólo la estabilidad de Kirguizistán sino también el futuro del experimento democrático en un país del Asia Central.

En Kirguizistán se vuelve a hablar de una crisis institucional y la división en la filas de los revolucionarios de ayer. De vez en cuando, algunos líderes sugieren sopesar los éxitos y los desaciertos del actual Gobierno kirguiz y, en caso de que haya dejado de cumplir sus compromisos, demandar su dimisión y continuar el proceso de la revolución. Semejantes declaraciones y el caos dentro del engranaje público generan, lógicamente, las expectativas revolucionarias en la población. Con decenas de miles de parados y vagos en el país, cualquier extremista podrá movilizarlos hacia una locura.

De momento, hay un conflicto de múltiples ambiciones personales, no un antagonismo de partidos o iniciativas políticas, y es algo que se ha puesto de relieve en el pulso entre el mandatario kirguiz y el líder del Parlamento. Ninguno de los dos ha podido controlar las emociones, lo cual ha perjudicado la imagen internacional del país y causado una impresión negativa dentro de la sociedad kirguiza. El conflicto ha dejado clarísimo que ni siquiera los dirigentes de tan alto nivel mantienen una postura única con respecto a los problemas económicos, políticos y sociales, lucha contra la delincuencia o porvenir de la nación. Obviamente, ello afecta a la imagen del poder y destruye su de por sí precaria autoridad.

El actual Gabinete no ha presentado hasta la fecha un claro programa del desarrollo político, económico y social. En la mayoría de los casos, la cúpula intenta resolver los problemas emergentes sobre la marcha continúa el reparto de las atribuciones del poder y empresariales. El deterioro de los indicadores socioeconómicos y la inestabilidad política provocan, por supuesto, el malestar de la población. Para que la gente apoye los cambios, hay que presentar primero un riguroso plan de reformas y luego ponerlo en la práctica de forma consecuente.

El imperativo más urgente es la reforma constitucional cuyas dilaciones generan la inestabilidad política.

Lamentablemente, Kirguizistán no ha podido superar aún el movimiento a la deriva, hacia un límite donde el Estado empieza a fragmentarse. La vertical del poder se ha visto fuertemente alterada. Ya no se trata de que el anterior régimen de Akaev, fuese bueno o malo: lo esencial es que había logrado controlar la situación durante mucho tiempo y preservar un equilibrio relativo entre los intereses de diversos grupos de élite. Ahora que la autoridad del Estado va cayendo en picada, cada manifestación o mitin callejero dejan claro que el poder en las regiones se traspasa de forma lenta pero segura a los clanes.

Y donde no los ha habido hasta la fecha, se irán organizando rápidamente porque la única manera de hacer valer los intereses propios en la Kirguizistán de hoy es asegurándose el apoyo de los respectivo grupos. Los clanes empiezan a luchar abiertamente por el poder, el negocio y los cargos públicos. El problema se ve agravado aún más por el hecho de que la política de nombramientos todavía se rige por criterios de lealtad personal, pertenencia a familias y clanes o trayectoria revolucionaria, no por el nivel de profesionalidad.

Del amplio repertorio de problemas, el más conocido es el pulso implícito y manifiesto entre el presidente Bakiev y el primer ministro Kulov, lo cual no contribuye obviamente a la recuperación del Estado kirguiz. La población piensa que ambos personajes son ahora rehenes de los grupos que un día los promovieron hacia el poder, y que se ven obligados a cumplir primero los respectivos deseos y solamente después aplicar una política en beneficio de la nación entera. El tándem Bakiev-Kulov está más débil que nunca, pues numerosas fuerzas quieren que se vaya acentuando el conflicto entre el Norte, representado por el presidente, y el Sur, en persona del primer ministro.

Kirguizistán corre el peligro de transformarse en un Estado frustrado del Asia Central. Las principales estructuras institucionales van degradando, al tiempo que se fortalecen las regiones no controladas por el Gobierno. La población de algunas provincias simplemente desobedece al Centro. El Gobierno todavía no esta en condiciones de oponer nada a los barones regionales o hallar recursos para el desarrollo de las zonas económicamente deprimidas, donde los ánimos de protesta son especialmente fuertes.

Cuanto está pasando en Kirguizistán es observado de cerca por sus vecinos y aquellas naciones que tienen intereses propios en esta región. El derrocamiento de Akaev fue acogido como un triunfo de la alternativa democrática ante los regímenes totalitarios, evaluación que todavía es bastante recurrente en los medios liberales de Occidente. Quienes defienden la necesidad de una liberalización política para los Estados asiáticos, dicen que ‘nada sale, si uno no hace nada’. Sin embargo, el problema consiste en que no habrá manera de darle una marcha atrás al asunto en caso de que el experimento haya fallado. Los procesos sociales suelen ser irreversibles, de manera que Kirguizistán no podrá volver a la situación sostenible del período de estancamiento que vivió con el régimen anterior. Tampoco hay necesidad de volver a ello.

Aún así, Kirguizistán necesita encontrar alguna salida de la situación actual. Es muy inconveniente que se reproduzcan los sucesos de marzo. Dicha variante supondría el paso a una fase abierta de la guerra civil: primero, porque el nuevo Gobierno difícilmente entregaría el terreno conquistado y, segundo, porque sus coidearios de antaño también son lo suficientemente radicales como para dejarse involucrar en un enfrentamiento encarnizado y sangriento, similar al que se produjo en Tayikistán en 1992-1993.

El deterioro de la situación configurada en torno a Irán se convierte, de forma inesperada, en un factor adicional que hace posible la ‘afganización’ de Kirguizistán. De cara al eventual conflicto militar, EE.UU. simplemente no tiene en esa región otro punto de apoyo salvo el aeródromo de Gansi porque en 2005, a raíz de la revuelta en Andizhán, se quedó sin la base aérea de Khanabad, situada en el territorio uzbeco.
Kirguizistán se vería en una situación embarazosa en este caso. El riesgo de un conflicto así podría movilizar grandes masas de radicales islámicos, capaces de atacar a los países del Asia Central vía Afganistán. La eventual participación kirguiza en esas hostilidades podría desestabilizar la situación interna, y nadie va a garantizar que su población, mayoritariamente musulmana, así como diversos grupos criminales y extremistas que últimamente van asomando la cabeza en Kirguizistán –como Hizb ut-Tahrir, por ejemplo– se queden al margen de esos acontecimientos.

Claro que son guiones a largo plazo. De momento, es evidente que el ulterior avance del ‘experimento democrático’ en Kirguizistán, en las formas que tiene ahora, implica unas consecuencias graves. De haberse producido una crisis así en alguna nación europea, se habrían convocado nuevas elecciones parlamentarias y se habrían formado nuevas estructuras del poder. En el actual Estado kirguiz este modelo es imposible: cualquier votación improvisada derivará en una guerra sin cuartel entre los clanes, seguros de que el vencedor lo obtiene todo. El remedio – prácticamente el único en la situación de hoy – es intentar restablecer un sistema único de gestión pública y, sobre esta base, tratar de ‘reunificar’ el país. De hecho, se trata de una nueva forma del gobierno autoritario para Kirguizistán y, al parecer, es un paso inevitable y el único posible.

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Andrey Grozin es jefe del departamento del Asia Central y Kazajstán en el Instituto de la Comunidad de Estados Independientes (CEI), para RIA Novosti.

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