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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Recuerdo cuando yo era un niño (I)

Rubén Espinosa
Redacción
martes, 14 de marzo de 2006, 00:11 h (CET)
Recuerdo que cuando yo era un niño -tendría como unos seis años-, bajaba junto a mi padre a jugar a un parque cercano a mi casa. En ocasiones, nos encontrábamos con un dirigente político; ese no era otro que Ramón Jáuregui, por entonces vicelehendakari.

Él bajaba a jugar con sus hijos, al igual que mi padre conmigo. Pero la diferencia entre ambos, además de sus respectivos trabajos, es que él debía ir escoltado, por ser demócrata, por representar a un partido político y por defender sus ideas.

A medida que iba viéndolo, tanto en el parque como en la televisión, aumentaba mi curiosidad por saber quien era aquel hombre. Finalmente, un día, tras volverlo a ver en el parque, le pregunté a mi padre sobre él. Mi padre me contestó que era Ramón Jauregui, dirigente del PSE. Me dijo que él trabajaba para un partido político, el Partido Socialista de Euskadi y había sido elegido vicelendakari del País Vasco, de tu país.

Entonces, por mucho que le preguntase, yo no comprendía qué era un partido político, qué era Euskadi y menos qué era ser vicelendakari. No entendía qué sucedía en ese país al que llamaban vasco y que era el mío, según me decían, pero pronto empecé a comprender que en el mismo no ocurrían cosas normales, como en los demás. 'Conflicto vasco' le llamaban los adultos. Conflicto que, por desgracia, aún perdura hoy en día.

Recuerdo que en una ocasión intentaron atentar contra el cuartel de la guardia civil cercano a mi casa. Tendría unos ocho años. La bomba que colocaron “los de la ETA” -así les llamaban los adultos a los terroristas- en una alcantarilla, cercana al lugar por donde yo pasaba todos los días con mi hermana para ir al colegio, no detonó porque su mecanismo se había mojado con el agua. Pasaron varios días hasta que se percataron de la misma. Lo hicieron mediante un radar que llevaba una patrulla de la guardia civil en su coche. Esa tarde,intentaron localizarla, y para ello acordonaron la zona, por lo cual no pude ir al colegio con mi hermana.

Desde las ventanas de mi casa podíamos ver cómo perros especializados intentaban olfatear la bomba, hasta que los guardias civiles nos solicitaron que nos alejásemos de las mismas. Horas después, por fin lograron encontrarla.

Durante todos esos días mi hermana y yo habíamos pasado un centenar de veces al lado de la misma, pero aún por mi corta edad, no era consciente de que había estado pasando una y otra vez por encima de la que podía haber sido nuestra muerte, o la de alguna otra persona.

Recuerdo también cómo en cierta ocasión los medios de comunicación comentaron cómo un niño guipuzcoano había perdido su pierna por haberle dado una patada a una bolsa de plástico, en la cual había una bomba colocada por ETA. Ellos habían conseguido su propósito, infundir miedo y terror en la sociedad vasca y concretamente en mi, a pesar de que no habían logrado su objetivo. Así definían ellos el matar a una persona, objetivo. Yo jamás volví a darle una patada a una bolsa, a una lata o a cualquier objeto extraño. Sentía pánico cada vez que veía una bolsa abandonada, aunque pareciese estar vacía.

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