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'Cargo': secretos en la bodega y mareos en cubierta
Pelayo López
Este thriller claustrofóbico –no en vano se desarrolla en alta mar, en el seno de un carguero- adolece, al tiempo que se alimenta, con lo bueno y lo malo que eso supone, de las procedencias profesionales tanto de su director, el documentalista Clive Gordon, como de su guionista, Paul Laverty, habitual colaborador en el realismo a pie de calle del británico Ken Loach. Esta circunstancia es alentada, asimismo, por una fotografía “claro-oscurantista”, que contrapone lo tenue del “submundo” de la bodega a la luminosidad de la cubierta, y un rodaje cámara al hombro con numerosos primeros planos que acrecientan esa sensación de informativo cinematográfico. Otro factor que sirve para aclimatar esa sensación de ahogo es la música, unas notas con participación española –gallega en concreto, con el compositor Sergio Moure y una orquesta filarmónica de la tierra “non plus ultra”- que, por momentos, realza el sonido de los motores del barco y los clímax de las situaciones al límite. Finalmente, ese acercamiento al formato telediario lo ofrece el propio telón de fondo de la cinta, el barco, un barco abandonado reutilizado y un personaje más en si mismo.
Si bien todos estos factores jugarán a favor o en contra del espectador en función de sus gustos, lo cierto es que algo que empieza a ser monótono en esto del “nuevo cine de piratas” es el inicio de la línea argumental, alguien que por “x” motivo debe de salir en polvareda y acaba embarcado sin saber muy bien “do” -¿suena o no a “Titanic” y a otros títulos recientes?-. De producción europea, incluso española, esta historia con referencias también palpables al cine del “distanciado” Lars Von Trier, de polizones, marinos “escarmentados” y secretos ocultos entre la carga de la bodega, refleja noticias recogidas a diario en los periódicos, presentando, en ambas partes implicadas, un terror a lo conocido más agresivo y contundente que a lo desconocido. Nos subimos con el protagonista, un joven mochilero alemán en África que, tras un incidente con las autoridades locales, busca la manera más rápida de regresar a su tierra natal, a un carguero que transporta aves exóticas y chocolate –para la inquietud una frase de la película: “¿por qué nunca comemos chocolate africano?”-.
Con él -una joven estrella emergente de nuestro continente, Daniel Brühl, actor germano de raíces españolas al que conocimos en “Good bye Lenin”- descubriremos, ya a bordo, a una tripulación “de vuelta”, a un capitán atormentado -Peter Mullan, actor y director habitual también en el cine de Loach y seguidor del cine de pies en el suelo- y a un cocinero callado pero experimentado en todo tipo de “contiendas” -Luís Tosar, en una incursión internacional “barbuda” anterior al gran salto con la adaptación cinematográfica de “Corrupción en Miami”-. Si bien el británico y el español están en su línea de interpretaciones correctas y solventes, en este caso contenidas hasta alcanzar su punto de ebullición en el desenlace de la trama, el joven actor destaca por su papel iniciático y comprometido hasta incluso dirimir decisiones de vida o muerte en el tramo final de la historia.
Como hemos visto, tras un comienzo “clonado” llega lo más interesante de la película, y lo menos somnoliento y a la vez descorazonador, un desarrollo que se resume en la metáfora que significan los pájaros enjaulados en la bodega del barco, y es que el desenlace de la película parece demasiado partidista y menos cinematográfico que teatral en lo que a concepto y base se refiere. Cualquier carguero encierra secretos en la bodega y mareos en cubierta.
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