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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Los innominados

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 13 de marzo de 2006, 02:13 h (CET)
Voy a aclarar enseguida un posible equívoco; no, no me referiré a los artistas y películas que no fueran nominados para los premios de la semana pasada. Eso ya pasó. Los innominados de este comentario tienen una actualidad más próxima, se centra en eso de evitar el nombre de PADRE y MADRE en el libro de familia, tal como viene proyectando nuestro gobierno de claro progreso. Constituye una fuente de posibles transformaciones muy sugerentes, humorísticas, y hasta sesudas, ¿También sexudas? No cabe la menor duda, se abren a un fascinante mundo para la indefinición.

Convengamos en una primera matización, si el hombre es capaz de nombrar a cada cosa, añadamos que sólo el hombre denomina a las cosas por un nombre; cierta es también la parte inconveniente de esa cualidad, al denominar a una persona o cosa, la confinamos a ese nombre. Tendemos a la simplificación excesiva de las personas, esa es la violencia que supone aplicarle una ETIQUETA. En demasiadas ocasiones nos limitamos a llamarles escuetamente como buenos, malo, vago, trabajador o cualquier otro adjetivo; siendo así que nos solemos olvidar de muchas otras facetas no tenidas en cuenta. Las estructuras administrativas empujan en esa línea de clasificaciones, impresos, exámenes, diagnósticos. Como digo, esa simplificación provoca encorsetamientos, visiones parciales, y no pocas veces, opresiones o servidumbres en relación con los poderosos. Por lo tanto, no conviene pasarse en esto de nombrar o etiquetar a nadie.

¡Ah! Pero la realidad biológica es tozuda, aunque por lo visto, el protagonismo político también; su endiosamiento es progresivo y pretencioso. ¿Cuál es el techo de esas pretensiones? Aquí, les molesta eso de padre o madre, incordia ante el hecho de unidades familiares constituidas por dos varones o dos hembras. No les importa la necesidad de los sexos diferentes para generar la descendencia. Desde ese punto de vista, suprímase esa etiqueta obsoleta de padre y madre. Coloquemos en su lugar eso de progenitor A, B o X y respiremos tranquilos.

Ahí no acaba la cuestión, ya no precisan el género al usar el vocablo (Progenitor-Progenitora) ¡Tamaña indefinición en los tiempos actuales! Y más aún, ¿PRO-genitor? ¿Qué genes se van a promover? Si son los auténticos promotores genéticos volveríamos al padre o madre inicial. De no ser así, tampoco serían progenitores; estaría mal puesto el nuevo nombre. ¡Y tanto que se va a marear la perdiz! No le va a quedar más remedio con estos legisladores y sus elucubraciones.

Sin embargo, renuncio a tomarme en serio a estos jerifaltes tan liantes. Ya puestos en estas tesituras tan indefinidas, como no apreciamos demasiadas cualidades a esos pronunciamientos, vamos a intentar aplicar estas reformas clasificatorias a otros campos fuera de los familiares. Quizá de esa manera descubramos bondades ocultas en sus razonamientos, o aplicaciones atrayentes donde sólo apreciábamos indefinición.

Vean sino. ¿Porqué ese empeño en nominar a los componentes del gobierno? Ministro, ministra, de interior fulano, de industria venganito, procedencia del mismo (Comunidad autónoma, estudios, actividad laboral previa, pedigrí político familiar, sexo, etc.). Cuánto más fácil sería la pura denominación de gobernante A, B, C, ... Además, daría igual si se cambian o no de sexo, si crearon una nueva religión o sistema económico, o si se dedican a criar ortigas en sus ratos libres. ¡Qué belleza de libertad indefinida! Como podrán apreciar, muchas ventajas, ya no es preciso el esfuerzo para concretar.

Con otras muchas cosas puede ocurrirnos algo similar. Se va dejando oir, se deja caer, eso de que los catalanes desean convertirse en los detentadores actuales del antiguo reino de Aragón, desde Huesca a Teruel, Navarra, Alicante sur o Mediterráneo oriental ¡Qué lío, pero catalán! No será necesaria esa complicación, simplemente comarca A, B, C o X. Todos felices, todo es posible en esa ensalada mediterránea que propondrían. Eso sí, cada lechuga o pepino, los habitantes de esas letras, dejándose poner la sal o el vinagre por el cocinero catalán más arribista. ¡Ciudadanos del reino, dejaros representar por simples letras, lo demás se os dará cuando creamos oportuno! Vamos a llamarlo abecedario catalán.

Semejantes aplicaciones son susceptibles de aplicarse a otras actividades sociales. Lo innominado puede enseñorearse de nuestros ámbitos más próximos; con el disfraz de palabras insignificantes o mal utilizadas, sin decir nada propiamente. Los excesos crean conflictos, poner demasiados nombres sin un significado o justificación resultará cuando menos una FRIVOLIDAD, una anulación del gesto humano, volviéndolo artificioso y vacuo. Quizá por eso abrumaba a Rilke el abuso de las palabras: "Me aterra la palabra de los hombres...me encanta oir las cosas como cantan...Vosotros me matáis todas las cosas". Y Pablo Neruda, huyendo de etiquetas y palabrería escribió: "Que no nos llenemos la boca / contantos nombres inseguros".

También es verdad que el nombre no hace a la rosa, serán la savia, los pétalos y el aroma. De igual forma, padre o madre no van a ser equiparables por el nombre a otras entidades o cuidadores. Por mucho que se pretenda, serán realidades distintas. Otra cosa será si uno es buen padre, buen cuidador o tiene otras cualidades valiosas y respetables. O bien el nombre se ajusta a las esencias o es un gallardete farfullante y volandero.

La falta de una nominación adecuada evita entrar en disquisiciones, todos entran en el mismo saco, legal, sociopolítico o del grupo que pretendamos adjudicarles. Quizá en unos aspectos de demagogia rampante se puedan satisfacer así algunas aspiraciones, pero a costa de la reducción, de la limitación de los rasgos humanos más perentorios y biológicos. Tal vez sea la pretensión de crear una biología nueva, una geografía, o una naturaleza hasta ahora desconocida; el endiosamiento del que hacíamos mención.

Lo innominado o lo mal denominado es un simple retroceso.

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