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Once-M, un fracaso de la democracia

Pascual Falces
Pascual Falces
lunes, 13 de marzo de 2006, 02:13 h (CET)
Pasados justamente dos años de que casi doscientos seres humanos inocentes fueran asesinados, más el resto de malheridos que arrastran sus secuelas, y los centenares de familias que han tenido que rehacer sus vidas, la situación sigue siendo escandalosa. Son conmovedores los gestos de solidaridad que se llevan a cabo, los árboles, monumentos, músicas y placas que en su memoria se han erigido. Sí bien, el “¿por qué?”... sigue en pie como mudo testigo de cargo, y sin que hayan sido aclarados los motivos de tan espantosa matanza.

Se presume, por parte de toda la clase política, que España vive en un “estado de derecho”, pero la penosa realidad es que el “derecho” de saber, a estas alturas, quien es el responsable de la criminal mortandad de Atocha, el once de marzo de 2003, sigue sin ser aclarado. Desde que se constituyó la Comisión parlamentaria para esclarecer los hechos fue, a ojos vista, una pantomima en que la mentira, la contradicción y la propia ventaja camparon por sus respetos. El proceso judicial abierto –que lleva su tiempo-, al contrario de ayudar con veraces testimonios sólo aporta confusiones. Y mientras tanto “la casa sin barrer”.

El “once-de-marzo”, fue un fracaso – de lo más cruel- de la democracia a que tanto se recurre como el “no va más” del bienestar político, la que los sesudos varones de la Grecia helenística elaboraron, en los comienzos de nuestra civilización, como expresión de la política (de polis –ciudad-, y ética; poli-ética, política). Sucede, que los años la han perfeccionado sólo en cierto sentido, porque, en su mayor parte, se ha transformado en poltrona de mediocres políticos. Estar en contra de ellos no es ser antidemócrata, sino lamentarse de la manipulación a que ha sido manipulada.

Las elecciones de representantes de los ciudadanos -dejando a un lado la revisión de si ha de ser un partido el que presenta a los candidatos, o son ellos mismos con sus méritos personales los que se postulan, y la conveniencia de una segunda vuelta que asiente los resultados obtenidos-, la autoridad del Estado encargada de velar por la pureza de los comicios (Junta electoral central), juega un papel trascendental en la buena marcha del proceso. Y, aquí reside “la madre del cordero” para despejar cuantas incógnitas oscurecen la repercusión del crimen sobre el resultado electoral.

La mayoría establecida tras el horrible atentado, la designó un pueblo contundido por el impacto de la matanza. Los días previos a la jornada electoral, la gente –cualquiera podía ir en esos trenes-, estaba inmersa y sorprendida en su dolor, condición más propia para la reflexión y el consuelo, que para tomar una decisión. Otra cosa es que el resultado satisficiera a unos más que a otros. Pero el mismo procedimiento quedó en entredicho, y con ello la mayoría gobernante ha tenido que arrastrar un oprobio del que no es responsable, aunque la satisfacción de establecer su programa electoral desde el poder, no se lo permita reconocer. El baldón de Presidente-por-accidente que persigue a ZP, no le ha permitido gobernar con soltura, sino perseguido por justificar su inesperada y apresurada mayoría relativa, vendido a la coacción ineludible de los nacionalismos regionales.

La democracia ha de funcionar en todas las etapas de la vida política; en la normalidad democrática, en campaña electoral, y en el delicado momento previo a la mañana de comicios. Si no es así, un salvaje atentado puede desvirtuar la democracia que entre todos los ciudadano e instituciones deben salvaguardar.

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