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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Tristán & Isolda': Esplendor sin alma

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
lunes, 22 de mayo de 2006, 11:59 h (CET)
No es extraño que sobre los hombros de un director como Kevin Reynolds, quien atesora junto a Kevin Costner una prolija experiencia en relaciones imposibles que empiezan bien (Robin Hood, Príncipe de los Ladrones) y acaban mal (Waterworld), haya recaído la responsabilidad de adaptar el mito romántico de Tristán e Isolda a los tiempos actuales, y mucho menos que Ridley Scott, responsable de la resurrección del género épico de aventuras históricas con su irregular Gladiator, maneje los hilos del film desde las bambalinas de producción. Lo que si resulta extraño, e incluso grotesco, es que para encarnar a dos personajes como Tristán e Isolda, paradigmas vehementes del amor romántico condenado a la tragedia, se haya optado por una pareja de actores tan sosos como James Franco y Sophia Myles, tándem cuya capacidad para la expresión emocional discurre pareja a la de un Orlando Bloom con tétanos.

Desde luego, esta es la principal tara que arrastra Tristán e Isolda como conjunto: ninguno de sus intérpretes, exceptuando tal vez al estrábico Rufus Sewell, está a la altura de la talla legendaria de los personajes a los que representan. La historia, que por otro lado oscila de manera torpona entre el romanticismo naif del Romeo Julieta de Baz Luhrman, el tono pomposo y grandilocuente de Gladiator, y la querencia por un medievo lúgubre, sucio pero al mismo tiempo bello de El Rey Arturo (película con la que comparte, además, un desafecto rupturista por la mitología), pierde así todo su potencial, y al cabo de cuarenta y cinco minutos (¡el film dura ciento veinteseis!), los diálogos terminan antojándose cursis, inverosímiles y simplones, en tanto que la vertiente más aventurera del film, la acción, se desinfla poco a poco como consecuencia de una carencia galopante de identificación entre público y personajes y, sobre todo, de una actualización narrativa del mito demasiado hollywoodiense.

Ante tamaño traspiés, la esencia de una leyenda que si sobrevivió al tiempo fue a causa de su trágica naturaleza arrebatada, se diluye en un mar de preciosismo fotográfico, trabajados diseños de producción, y músicas célticas tan embaucadoras como rutinarias. El esplendor al servicio de la inanidad, para entendernos. Incluso el propio director lo hubiera cambiado todo por un poco de alma o, en su defecto, por un Russell Crowe en estado de gracia. Y es que los actores siguen siendo necesarios mal que les pese a quienes tienen que soportarlos. Incluso Kevin Costner, palabra.

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