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Los patinetes de nuestra niñez hoy artefactos motrices de mayores

Un inesperado giro del medio de transporte urbano, que ha cogido con el pie cambiado a los ayuntamientos de las grandes ciudades
Miguel Massanet
miércoles, 21 de noviembre de 2018, 08:44 h (CET)

El tema del transporte urbano en las grandes ciudades se ha convertido, con la despoblación de los pueblos agrícolas en su éxodo hacia las grandes capitales en busca de trabajo y de un ambiente más sofisticado, cosmopolita y libre; en un problema de masificación para las grandes urbes, que arrastra todos los fenómenos inherentes a cualquier agrupación de ciudadanos de distinta procedencia que deberán integrarse en la vida ciudadana y que tienen necesidad de vivienda, transportes, centros de trabajo, alimentos, lugares de ocio, atención social, centros de enseñanza y todos aquellos servicios propios de cualquier metrópolis moderna, en las que son habituales las grandes concentraciones humanas, algo que supone para las autoridades municipales la necesidad de hacer frente a problemas específicos que requieren un tratamiento distinto al de cualquier otra ciudad o pueblo, donde el número de habitantes es fácilmente controlable.


Sin lugar a dudas, uno de los mayores problemas a los que deben enfrentarse las grandes ciudades es el del transporte urbano y todos los inconvenientes derivados de las vías por las que transcurre y de aquellos puntos en los que se suelen producir mayores concentraciones de vehículos en determinados momentos y circunstancias, que suelen dar lugar a la peor de las pesadillas para aquellos funcionarios encargados de regular el tráfico. En estos casos, la tendencia de los encargados municipales de regular la circulación, suele ser restringir el tráfico de vehículos privados, limitar las vías por donde deberá circular el transporte pesado y recomendar a los ciudadanos el uso del transporte público. Sin embargo, no siempre resulta fácil poder coordinar los derechos de los ciudadanos a usar su vehículo y las necesidades del transporte público de disponer de suficientes medios materiales para poder prestar un servicio lo suficientemente ágil que le permita sustituir al uso privado de automóviles garantizando a los ciudadanos que tengan mejores servicios, más rápidos y seguros que los que les proporcionaría el uso de sus propios medios.


Se comenzó por aumentar las llamadas zonas peatonales, por limitar los aparcamientos en superficie, estableciendo zonas en las que, el poder aparcar, está gravado con el pago de una cantidad relacionada con el tiempo que dure el servicio. Ante el problema de la acumulación de gases tóxicos se establecieron controles de las emisiones de vehículos que culminaron en revisiones periódicas (ITV) para vigilar el grado de contaminación de la ciudad. Posteriormente se limitó la circulación de coches antiguos a los que se consideraba un peligro para la contaminación y, en consecuencia, se llegó a la conclusión que debía acudirse a otros tipos de energía, como la eléctrica o la de hidrógeno para que se fabricasen vehículos que fueran impulsados por sustitutivos energéticos. No obstante, pese a que las técnicas ya existen y las fábricas ya han comenzado a fabricar estos vehículos ecológicos, existen importantes problemas de infraestructuras, de costes (el vehículo eléctrico es mucho más caro que cualquier otro tipo de gasolina o diésel) y, evidentemente, aunque el señor Sánchez, el presidente del Gobierno de España, se ha liado la manta a la cabeza anunciando la prohibición de la gasolina, el diésel e, incluso, los híbridos, para el 2040; es obvio que va a ser muy difícil ( primero que él siga en el poder en aquellas efemérides) que las fábricas de coches hayan podido hacer las inversiones precisas para un tipo de fabricación completamente distinto al de los vehículos tradicionales y, a la vez, hayan conseguido desprenderse de un stock de vehículos propulsados por las energías tradicionales, especialmente después de que, el Gobierno, ya ha destapado la caja de los truenos anunciando un prohibición para una fecha tan cercana, al menos, desde el punto de vista de un proyecto de tal magnitud.


No obstante, hete aquí que, mientras se solucionan estos grandes problemas relacionados con el transporte (público y privado), están sucediendo cosas que sólo contribuyen a que, cada día más, la circulación por las ciudades se convierta en algo más complicado. Es cierto que los ayuntamientos y, en especial, los gobernados por ediles progresistas (como es el caso de la Barcelona de la alcaldesa Colau), pensaron que lo mejor era obstaculizar la circulación de coches privados, impidiendo circular por determinadas zonas o calles, aumentando las zonas peatonales, prohibiendo la circulación de coches contaminantes etc. y, a cambio, se decidió a promover el uso de la bicicleta. Y tanto hizo al respecto que decidió, como una medida más para complicar el tráfico, estrechar la anchura de las calles para crear pasillos especiales únicamente para ciclistas, añadiendo la posibilidad de que, quien quisiera utilizar este tipo de medio de transporte no contaminante, lo podría hacer utilizando bicicletas, propiedad del Ayuntamiento, puesta a disposición de los ciudadanos en determinados lugares de la ciudad. Seguramente, los encargados del problema vial pensaron que, con ello, habían conseguido solucionar una gran parte del problema ocasionado por la circulación en las ciudades. Incluso, últimamente, pensaron en motorizar el parque de bicicletas públicas aplicándoles un motor eléctrico, de modo que el usuario podría recurrir a él en el caso de que tuviera que subir cuestas empinadas que fueran un obstáculo para él.


Pero la imaginación de las personas no tiene límite y, quienes tienen habilidad para inventar cosas, no paran de intentar encontrar nuevas soluciones que, en ocasiones, no consisten más que en utilizar objetos ya inventados, modelos antiguos o, incluso, juguetes de nuestros abuelos para convertirlos en nuevos medios para trasladarse de un lugar a otro de la ciudad. Aparecieron los triciclos, mediante los cuales algunos espabilados prestaban servicio a turistas para visitar lugares de la ciudad; se inventaron un sistema consistente en una plataforma con dos ruedas y un manillar, propulsada por un motor eléctrico (seaway) de fácil manejo y una autonomía suficiente para poder trasladarse por las vías urbanas. Su circulación, perfectamente autorizada por ser vehículos debidamente homologados, ya ha venido siendo puesta en cuestión, debido a que circulaban preferentemente por lugares peatonales debido a que el peligro, para quienes los usan, si transitan por donde lo hacen los coches es evidente. Algún ayuntamiento ha tomado medidas restrictivas para este tipo de vehículos que, sin embargo, es evidente que es uno de los medios mejores para trasladarse por las grandes ciudades.


Pero, los seaway, sólo han sido la avanzada de una verdadera invasión de nuevos vehículos que han ido apareciendo sin apenas diferencia en el tiempo y que han sido inmediatamente aceptados por un gran número de ciudadanos que han visto en su sencillez, carencia de la necesidad de disponer de un carné de circulación, poco volumen y facilidad para guardarlos en la propia morada del que lo utiliza; que han cogido con el pie cambiado a los ayuntamientos que, por una parte, deben admitir que se trata de vehículos ecológicos, no contaminantes, de poco consumo, poco peligrosos y sumamente útiles y, por otra, que no dejan de ser un problema para la circulación. El más popular, hasta hora, ha sido el típico, enormemente popular y viejo juguete infantil, el clásico patinete de dos o tres ruedas que, vayan ustedes a saber por qué causa, ha resucitado de su letargo para convertirse, con un motor adosado, en uno de los más populares medios de transporte. Poco volumen, fácil de almacenar, no contaminante, muy manejable y poco peligroso. ¿Y qué van a tener que hacer los funcionarios del ayuntamiento ante estos nuevos retos, para decidir por dónde podrán circular todos estos nuevos medios de desplazamiento? ¿Van a tener que utilizar los mismos carriles que las bicicletas, con el peligro de que, siendo un paso tan estrecho, se atropellen los unos a los otros? O ¿van a seguir, como hacen ahora, circulando por las aceras o paseos por los que circulan los peatones, como lo venían haciendo los niños que utilizaban los clásicos patinetes de madera cuando éramos chicos? Claro que ahora, estos inofensivos juguetes infantiles, llevan un motor acoplado a sus ruedas, que les imprimen velocidad y les proporcionan potencia, convirtiéndoles en potenciales peligros para la integridad de aquellos con los que pudieran tropezar.


¿Quién le podrá el cascabel a este “gato” o serie de artilugios mecanizados, con apariencia inofensiva, pero capaces de destrozar más de una pierna a cualquier peatón al que embistan? ¿Qué clase de argumento deberán utilizar los ediles municipales para prohibir el uso de todos estos nuevos mecanismos si, los propios municipios, han sido los que, para evitar el uso masivo de los coches, han ofrecido las bicicletas como sustitutivo, un tipo de transporte que tampoco está exento de constituir un peligro para aquellos a los que pudieran embestir? Es la pescadilla que se muerde la cola, un tema que comenzó con la satanización de los coches, las motos y los camiones y ahora, que se ha producido esta explosión de nuevos vehículos individuales que, en teoría, debieran ser la solución para evitar la acumulación de los actuales vehículos, resulta que no se sabe en qué categoría incluirlos y por donde se les debe permitir circular.


O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadanos de a pie, tenemos curiosidad respecto a cómo, las autoridades responsables de la circulación en las ciudades, van a dar solución a esta nueva invasión de medios simplificados para el transporte de personas, a los que nadie puede tachar de peligrosos, voluminosos, caros y, evidentemente, con un consumo muy reducido de energía nada contaminante. Debo decir que, ante una situación como ésta, siempre tengo la duda de si estos “cerebros brillantes” que nos gobiernan van a ser capaces de encontrar una idea inteligente, que no sea la habitual descarga de demagogia fácil, para ocultar su falta de capacidad para cumplir con el trabajo que se les ha encomendado: solucionar los problemas de tráfico de su ciudad sin recurrir a más prohibiciones ni a la limitación de las libertades de los ciudadanos.

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