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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Del nacionalismo imperante a los Ciudadanos de Cataluña

Mariano Estrada (Alicante)
Redacción
miércoles, 8 de marzo de 2006, 00:39 h (CET)
Del nacionalismo español, que llevaba mucho tiempo acomplejado por sus sentimientos de culpa, casi todo el mundo tiene una imagen muy mala, cosa que utilizan en su provecho los nacionalistas de otras latitudes, que ahora abundan como las rosquillas, utilizándolo en forma de recordatorio de antiguos y malos comportamientos. Pues bien, el nacionalismo catalán, que para quienes lo sienten es el complemento de Dios, ya que no el sustituto, es exactamente lo mismo que el denostado nacionalismo español, y aun lo supera en radicalidad, exclusividad y persistencia. (Tal vez porque el nacionalismo español no necesita perseguir una nación, que ya tiene, mientras el catalán, de momento, la tiene solamente en lontananza, como una zanahoria en el cacumen).

En las noticias de estos días se han visto las aberraciones a las que recurrió el Honorable Pujol para hacer ciudadanos obedientes a la doctrina nacionalista que él representó, ahora lo sabemos, durante un tiempo excesivo. Y eso que dicen que Pujol era la moderación en persona y que siempre velaba por la gobernabilidad del Estado. Cosa que hacía con la mano derecha, mientras con la izquierda iba metiendo cuñas de cizaña y, como hoy se ha podido demostrar, de una forma que le honra muy poco: vigilancia, persecución, condena a las mazmorras del silencio y del olvido a aquellos que se resistían a ser súbditos y se empeñaban en ser ciudadanos. Aunque muchos ya lo sabían. Como sabían que su partido se apoyaba descaradamente en la corrupción económica y en el clientelismo político, lo que, por supuesto, es un buen punto de partida para fundar una nación que se precie.

Durante todo este tiempo,los otros españoles no sólo callábamos (en parte porque no sabíamos de la misa la media), sino que evitábamos a toda costa decir inconveniencias contra el honorable Presidente, porque éste y su partido las interpretaban como insultos a Cataluña. Y eso no, Cataluña no podía ser manchada ni siquiera a través de persona interpuesta, ya que era el espejo público en el que nos mirábamos nosotros, el llamado resto de los españoles, ya que Cataluña era el summum, o sea el rien ne va plus. Luego supimos que los trapicheos, tejemanejes y deslealtades de Pujol quedaban detrás del azogue. Bueno, algunos ya estaban avisados, porque habían rechazado la malsana propuesta de entrar en ese juego sucio, que consistía, entre otras cosas, en cerrar el paso a profesionales de la administración que no comulgaban con sus enormes ruedas de molino. Me refiero a gente como Albert Boadella que, desde el principio, ha tenido las cosas muy claras y así las ha expresado de múltiples formas. Tanto que ahora le llaman nacionalista español y derechón de mierda, a él, que ha llevado el nombre de Cataluña a todas partes y tiene un recorrido limpio y completamente revolucionario.

Por su parte, Maragall, ya hacía mucho tiempo que iba mandando mensajes realmente explícitos y reveladores, que si la antigua corona de Aragón, que si la asimetría federal, que si Cataluña se ha cansado de ser solidaria... Gracias a la magia de las combinaciones postelectorales, Maragall acabó echando a CIU del poder, a los efectos representado por el dandy Artur Mas, candidato con el que Pujol pensaba seguir manteniendo la bicoca de la oca, y se juntaron con los republicanos de Ezquerra, que son nacionalistas en el punto más alto de la escala de Richter, es decir separatistas irredentos y odiadores declarados de España.

En el fragor de un debate en el Parlamento de Cataluña, salieron a la luz las miserias del porcentaje "corrupcional", cifrado en el tres por ciento de la almoneda corriente, pero en pro de sacar adelante el Estatut, se tragaron el polvo de la corrupción generalizada y vergonzante, como se tragaron el hormigón del Carmelo, que era mucho y gordo. Y ellos, los separatistas republicanos, que llegaban impolutos al poder, se hicieron cómplices del delito más prolongado del mundo: el que estuvo practicando Convergencia y Unión durante 24 años consecutivos, que se dice pronto. Todo por la cosa nostra, dijeron. Luego hicieron piña y, conjurados como mosqueteros invencibles, quedaron a partir un piñón, tragando sapos y culebras y guardando las navajas para un momento más oportuno. Finalmente, animados por la clarividencia política de Zapatustra, que otros llaman iluminismo, corrieron con el Estatuto a Madrid, donde todo se ha vuelto cinturón, tráfico y manifestaciones. Parecían niños buenos e inocentes, casi un poco bobos, de esos que jamás han roto un plato ni un virgo ni un pupitre. Salvo, quizás, la representante del PSC, que se salió un poco de madre y, como Madre, habló de sentimientos personales y patrios por los que ella misma quedaba insertada en el Estatuto.

Dentro de un secretismo impresentable, hubo reuniones por parejas: frenéticas, nocturnas, multiplicadas, apasionadas, en las que dicen que se dieron buenos julepes, pero es posible que también jugaran al mus, ya que no acababan de ponerse de acuerdo y había espacios en blanco. Envido. Juego sí. ¿Pares? No, ¿pares tú? Tres de treinta y una....Hasta que un día se produjo el órdago a la grande o milagro gozoso de nuestra señora de la nocturnidad: Mas y Zapatero, después de una reunión maratoniana, llegaron a un acuerdo que, más allá de una idea sobre la financiación, nunca se ha llegado a especificar demasiado: el acuerdo de las inconcreciones, el acuerdo de las rebajas del Corte Inglés, el acuerdo que dejaba en sus mentores la sospecha de la traición y del camaleonismo político de alcoba ¡Guau! Otra cosa es que Maragall, que fue ninguneado por su jefe de filas después de servirse de él, se acabara agarrando al sillón y, con la ayuda de ERC, haya decidido no convocar elecciones anticipadas, imposibilitando de momento que el dandy Artur Mas se levantara victorioso sobre su canosa cabeza de turco. Porque estaba cantado: Mas tenía que volver al poder para que Zapatero pudiera salir de un enredo monumental, de los que Felipe González ha llamado charcos, en el que él solito se había metido con una fe de carbonero visionario que a algunos les llegó a poner los pelos de punta. Naturalmente, el acuerdo con Mas fue recibido por éstos como si fuera el desembarco de Normandía, que ése sí fue el principio del fin.

Y así estamos, en esa batalla que no se sabe si va a llegar a buen puerto. Pero de pronto irrumpe en la cancha política de Cataluña, a pesar de las trabas nacionalistas, un equipo dispuesto a intervenir en el juego para cambiar de rumbo el partido. ¿Cómo? Jugando sin las cartas marcadas y poniéndolas todas boca arriba, llamando a las cosas por su nombre, pidiendo imparcialidad en el arbitraje, señalando penalti cuando haya habido penalti, siendo honestos con ellos mismos, siendo catalanes sin renunciar a ser españoles, poniendo en evidencia los trucos de los malabaristas y las inconsistencias de los iluminados. Sacándole los colores a ese nacionalismo totalitario, mandón, intervencionista, casi místico, casi religioso que reclama una obediencia sin límites a todos los habitantes de Cataluña y unos derechos sobrenaturales a todos los ciudadanos de esta España confusa y un poco resignada a que, de ahora en adelante, haya autonomías más ricas y, en consecuencia, autonomías más pobres. Mientras tanto, el Presidente Chaves le da el título de hija predilecta de Andalucía a la Duquesa del Amanecer, toda cabellera ensortijada.

Ese equipo se llama Ciudadanos de Cataluña y su pedigree y su declaración de intenciones han sido expuestos el sábado por Arcadi Espada con una claridad encomiable y muy poco frecuente que, sin duda, los que entendemos que todo nacionalismo sin freno acaba siendo un caballo desbocado, tenemos que agradecer y, en lo posible, apoyar. No para avivar el nacionalismo español, sino al contrario, para bajarles los humos a todos los nacionalismos existentes, que son por naturaleza rampantes; no para empujar al PP a la radicalidad, sino a la moderación y a la templanza. Digamos que para que todo vuelva a sus términos justos, donde todos podamos vivir y convivir, donde todos podamos opinar e incluso defender lo que opinan aquellos con los no estamos de acuerdo, que ése es el modo de defender esta democracia nuestra un poco desasistida y un mucho desconfigurada. Otro día hablaremos de las listas abiertas. Hoy quiero darles la enhorabuena a Arcadi, Azúa, Carreras, Boadella... y a todos esos valientes catalanes, llamados Ciudadanos de Cataluña, que se han atrevido a plantarle cara al monstruo de las cuatro cabezas.

Posdata: ha terminado la Convención del PP. Es una pena que Arnar y sus huestes sigan teniendo tanto predicamento. Va a ser muy difícil el pacto con el PSOE. No obstante, yo creo necesario ese pacto, porque nos estamos cargando la convivencia. Estamos rompiendo algunos lazos que hasta ahora nos mantenían unidos. ¿Qué ha pasado? No sé. Como siempre, vas a tomar un café con los amigos, pero ahora hay que pensar bien lo que dices.

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