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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Mrs Henderson Presenta': el arte y el compromiso del desnudo

Pelayo López
Pelayo López
miércoles, 19 de abril de 2006, 22:29 h (CET)
Stephen Frears, que nos ha dejado títulos magníficos para el recuerdo, como Las amistades peligrosas, Mi hermosa lavandería, o Café irlandés, sigue en una especie de letargo profesional en lo que a calidad se refiere –compartido por muchos otros directores, que parecen vivir más de las rentas de su lejana filmografía-, y una muestra más de ese “exilio artístico” es esta comedia plagada, como dice la canción de Seguridad Social, de muy buenas intenciones, sin entregar nada a cambio. Sin embargo, también hay que reconocerlo, la película da mil y una vueltas a otros “productos televisivos” que tienen en su formato, en la actualidad, un argumento similar al de esta película. Tampoco es original la propia cinta, ya que otra película en los ´40 recreaba el ambiente y el escenario, incluso Rita Hayworth era una de las chicas.

Lo que sí es genuino, en este argumento basado en hechos reales, es ofrecer el punto de vista de la pionera, quien desafió a la época con su propuesta. En el corazón artístico del Londres de 1931, la recién estrenada viudedad de una señora de alta alcurnia le hace entretenerse en otros menesteres, que, no obstante, van pasando sin proporcionarle mayor placer. Hasta que un día descubre un edificio en ruinas y lo toma, al mismo tiempo, como reto y divertimento. El edificio en cuestión era el Windmill, un lugar emblemático durante casi 30 años gracias a sus espectáculos de variedades, espectáculos que incluyeron, por primera vez en los escenarios londinenses, el desnudo, eso sí, estático, tal y como marcaba el censor de la época. La película se centra en su época dorada –a mediados de los ´60 tuvo que cerrar, precisamente, por el auge de lo que fue pionero, los centros de masaje y clubs de streeptease- y en sus dos precursores, la mecenas, la Sra, o más apropiado por el país, Mrs Henderson, y el director, el Sr. Van Damm. Ambos levantaron, en el semi-apagado Londres de la II Guerra Mundial, un icono de la ciudad que fue bautizado con un lema –de carácter marcado patriótico- que aparece en la propia película: “Close, we never” / “Cerrados, nosotros nunca”.

Los papeles protagonistas recaen en Judi Dench –en un papel “menos de época” que otros que ha interpretado y que quizás ha jugado en su contra- y en Bob Hoskins –con un papel “similar” al de El viaje de Felicia, ambos nominados a los Globos de Oro por sus respectivos papeles, y ella incluso a los Oscars. A pesar de que hay buena química entre ambos, su presencia no acaba de cuajar. Hoskins, además, no sabemos si por su labor de producción –a lo que se atrevió porque a él le llevaron sus padres con 5 años a este teatro-, va un poco más allá, y acompaña en los desnudos completos y frontales al resto de jóvenes protagonistas femeninas. Entre todas ellas destaca, gratamente, para apuntar su nombre de cara al futuro, la dulce, inocente y apesadumbrada Kelly Reilly, la musa de los propietarios del teatro a quien hemos visto en Las muñecas rusas y que guarda un impresionante parecido con la estupenda Cate Blanchett. Asimismo, destacan también la amiga de Mrs Henderson, la actriz Thelma Barlow, quien se come, literalmente, a Judi Dench, y los dos intérpretes cantantes de la cinta, Camilla O´Sullivan y Will Young.

Entre los aspectos positivos de la cinta, su vestuario, nominado a los Oscars –con lo que se completan sus dos candidaturas-, algo sobresaliente al igual que la dirección artística, la coreografía y los temas musicales –algunos de la época y otros compuestos específicamente para la historia-,y con lo cual nos damos cuenta de que algunos son expertos, como en este caso, en ambientar una época –incluso los rostros de los protagonistas son creíbles para aquellos años-, algo que no ocurre con otras cinematografías, y no hace falta ir muy lejos. Además, llaman la atención, por su frescura, los títulos de crédito iniciales, muy acordes al argumento, y también, por hacer más creíble el reflejo de la época, el que, ahora que se habla tanto de las modelos y las pasarelas, las chicas demuestren que las formas redondeadas siguen siendo igual de sugerentes y mucho más saludables para una misma, aparte que en aquellos tiempos no había ni gimnasios ni cirujanos estéticos. Un buen sabor de boca es también el proporcionado por los números musicales, dentro del género por supuesto, y destacan sobremanera dos, uno que podemos entender como patrio, el primero puesto en escena, en el que ellos se disfrazan de toreros y ellas de flamencas, y otro, un síntoma más de la libertad que respira la película, el homenaje a la marsellesa en plena invasión francesa por los nazis, en el afán comprometido del teatro con la causa, causa muy sui generis pero causa al fin y al cabo ya que no podemos olvidar tampoco que durante aquellos meses Londres también estaba siendo bombardeado por los alemanes.

Aunque la cinta flojea con demasiados altibajos –quizás porque aún y todo para nosotros los españoles nos resulta un poco lejana-, son amenas varias escenas con diálogos brillantes, sobre todo los juegos de palabras entre la empresaria y el censor, o algunas otras de ésta con el director y/o la joven protagonista. Y otro de los aciertos de Frears es, sin duda, el recrear el teatro dentro del teatro con lucidez, lo que ocurre entre bambalinas, los castings de la época, los entresijos de los camerinos, los trucos de escena, el fenómeno fan de las vedettes… En definitiva, el “revudeville”, o el “renudeville” como fue bautizado en Inglaterra –por lo del juego de palabras con el desnudo-, tiene su propia metáfora en la protagonista, en el lago al que se escapa para gritar y ser libre realmente. La libertad personal, expresada en su secreto, y la libertad pública, escenificada en el arte y el compromiso del desnudo.

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