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Etiquetas:   La tercera puerta   -   Sección:   Opinión

Las campanas de la muerte

Jabier López de Armentia
Opinión
lunes, 6 de marzo de 2006, 23:20 h (CET)
Las campanas de la muerte entonaron lo que fueron sus últimos alientos. Tres campanadas dieron, resonando en los montes más lejanos, por los corazones rasgados de tres muchachos. Tres campanadas que debieron ser cinco, pero como todo en esta vida, la mentira tuvo más valor que la verdad. Una verdad aplastada por la bandera de un país, de un gobierno todavía franquista.

Mil tiros al aire mataron mil palomas de la paz, mil razones que nos dieron y ninguna nos valdrá. Ninguna es bendita porque ninguna es verdad. Las palabras se las llevaron los ríos de sangre que corrieron por las calles. Mil lágrimas cayeron una vez más por una única razón, la imposición. La imposición que marcó un antes y un después de aquella tarde sombría del 3 de marzo de 1976, una tarde soleada que se tornó gris, un momento en la historia que es preciso no olvidar, una tarde donde se fraguó sobre la casa del Señor, la mayor de las barbaries, la mayor de las masacres.

Vosotros fuisteis los que cortasteis el vuelo de cinco palomas de paz con balas cargadas de odio sin importar que Dios os negara la entrada en su morada.

Vosotros fuisteis los que ahogasteis en un charco de sangre la vida de cinco niños. Cinco niños que lucharon con la única arma que tenían, la palabra, renegándose a morir de rodillas, renegándose a morir callados.

Vosotros, cuerpos de policía mal llamados, asesinos es vuestro nombre. La acción que cometisteis no puede ser llamada la "única solución posible", sino barbarie. Vosotros, una vez más, salisteis impunes de vuestras acciones, una vez más, pagaron justos por pecadores.

Vosotros sois los que quisisteis enterrar lo sucedido a la vez que enterramos a nuestros queridos. Olvidar lo sucedido y pasar página en este libro. No quisisteis ver las lágrimas de nuestros amigos, queriendo hacer de esto un día más de este siglo.

Jamás olvidaremos en nuestras memorias las vidas cortadas tempranamente de aquellos jóvenes, llenas sus caras de sonrisas y alegrías. Acabasteis con sus vidas, pero muchos quedamos aquí para que su memoria jamás se apague cómo lo hicieron sus vidas.

En memoria de vuestros latidos apagados: Romualdo Barroso, Francisco Aznar, Pedro Martínez Ocio, Jose Castillo, Bienvenido Pereda. Jamás os olvidaremos.

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