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Churchill y Fulton

Piotr Nikolsli
Redacción
lunes, 6 de marzo de 2006, 01:11 h (CET)
El 5 de marzo se cumple el 60 aniversario de uno de los más famosos discursos en la historia de la política, el pronunciado por Winston Churchill en Fulton, en el Colegio de Westminster del Estado de Missouri de EEUU.

Se cree por tradición que con ese discurso Occidente declaró la “guerra fría” a la Unión Soviética. En cuanto al propio orador, lo presentaban como un Lancelote de la democracia, quien lanzó en forma audaz y noble un reto al dragón soviético.

Esos tópicos siguieron funcionando hasta el desmoronamiento de la URSS, pero hoy en día, existiendo en el mapamundi una Rusia democrática, no tiene ningún sentido seguir creyendo en los mitos. Conviene enfocar de manera no preconcebida lo dicho en Fulton.

Primero, hace falta reconocer por fin que las relaciones entre la Unión Soviética y Occidente empezaron a empeorar mucho antes de pronunciado aquel discurso. En mi opinión, la línea divisoria fue trazada por la muerte del presidente estadounidense Franklin Roosevelt y la subida al escenario político de Harry Truman, quien, a diferencia del primero, no poseía sagacidad ni la valiosa experiencia de haber cooperado con Moscú en los duros tiempos de la Segunda Guerra Mundial. El ex “vice” desde el comienzo mismo acogía muy negativamente a los rusos. Otro paso que llevó a la “guerra fría” era la decisión de Truman de emplear arma nuclear contra el Japón, de lo que, en opinión de expertos militares soviéticos, no existía ninguna necesidad y lo que fue interpretado por el Kremlin y el propio Stalin sólo como un intento de intimidar a la Unión Soviética. Los documentos de archivo, hechos del dominio público más tarde, confirman que Stalin no se equivocó en ese punto. Para los aliados - la URSS y EE UU en aquel entonces todavía no eran adversarios, formaban parte de una misma coalición – tales amenazas eran una cosa rara. Por lo cual no tiene nada de extraño el que la URSS reaccionó adecuadamente, acelerando la creación de su propia arma nuclear.

Segundo, tras el discurso de Churchill traslucía el intento de revisar los resultados de la Segunda Guerra Mundial y presentarla a la URSS como un Cartago que “debe ser destruido”. Tal actitud hacia el país que ofreció los mayores sacrificios al altar de la victoria sobre el nazismo no descollaba por mucha decencia. No importan las banderas bajo las que los soldados rusos se lanzaban a ataques, eran ellos quienes tomaron Berlín, ayudaron a la liberación de Europa y salvaron de la muerte a millones de personas recluidas en campos de concentración.

Lo de presentar a los libertadores al cabo un año solamente de conseguida la Gran Victoria como engendros de Satanás no era cosa honesta.

Tercero, el discurso de Fulton estuvo dirigido a un público no muy bien informado, lo que permitía imputarle a Moscú todo lo malo y atribuirle a Occidente todo lo bueno. Según permiten juzgar documentos de archivos, tal distribución de papeles no correspondía del todo a la realidad. Stalin era un dictador y el régimen comunista cometió muchos crímenes, nadie quiere negarlo. Pero este indudable hecho no justifica absolutamente a aquellos representantes de la democracia occidental que, sentados a la mesa con el “tío José” (como Molotov y Ribbentrop antes de comenzar la guerra), repartían en secreto esferas de influencia en la Europa postbélica junto con el inquilino del Kremlin. O sea que se aplicaba una política deshonesta por ambas partes, y entre los estadistas estadounidenses e ingleses no había ángeles, como tampoco los hubo en el Kremlin soviético.

Churchill tampoco era ángel, por mucho que hablase de la moral y la libertad. Baste con abrir el libro Winston S. Churchill, The Second World War. Es una lectura muy aleccionadora. Me permito aducir solamente una cita de esas memorias. Churchill describe su visita a Moscú en la última etapa de la guerra, durante la cual él – a su propia iniciativa, conviene subrayarlo - le propuso a Stalin repartir las esferas de influencia en varios países de Europa. En particular, se mencionan Rumania, Grecia, Yugoslavia, Hungría, Bulgaria y “otros países”. Churchill no descifra a qué “otros” se refiere. Y es lástima que no lo haga.

El fragmento que quiero citar impresiona más que todo el discurso de Fulton.

“Entregué la hoja a Stalin. Siguió una breve pausa. Luego él tomó lápiz azul, hizo una marca en forma de “V” y nos devolvió la hoja. Todo quedó decidido al instante. Se impuso un silencio por un largo rato. La hoja marcada estaba en el centro de la mesa. Por fin dije: ¿No parecerá eso demasiado cínico? Pues hemos solucionado de manera tan improvisada unos problemas de los que dependen los destinos de millones de personas. Vamos a quemar esta hoja. – No, guárdela, respondió Stalin”, escribe Churchill.

Surge un lógica pregunta: ¿qué es lo que el mundo va a conmemorar el 5 de marzo? ¿Quizás la apoteosis del cinismo?

Temo que no. Los viejos clichés todavía están en uso. Un sinnúmero de ex sovietólogos y kremlinólogos, como si se les hubiesen parado sus relojes a un mismo tiempo, siguen empujando en sus artículos las relaciones entre Rusia y Occidente hacia la época de la “guerra fría”, reacios a notar que ya estamos en otra época y que en el mapamundi en vez de la URSS figura un país completamente distinto, un país para el que son inaceptables en igual medida tanto el cinismo de Stalin como el de Churchill.

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Piotr Nikolsli es analista de RIA Novosti.

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