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Etiquetas:   Cartas a un ex guerrillero   -   Sección:   Opinión

La sal del amor de Dios

Sor Clara Tricio
Sor Clara Tricio
lunes, 6 de marzo de 2006, 01:11 h (CET)
Querido Efraín:

En una reciente carta te hablaba de que la “luz es buena”, y hoy prosigo con aquella que coincide con el sumo bien, que está en la plegaria y en el diálogo con Dios; porque equivale a una íntima unión con él: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así también el alma dirigida hacia Dios se ilumina de modo inefable. Una plegaria que no sea de rutina, por supuesto, sino hecha de corazón; y que no esté limitada a un tiempo concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.

Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios; no sólo cuando nos dedicamos expresamente a recitar oraciones, sino también cuando atendemos a toda clase de ocupaciones y circunstancias, en todas las cuales debemos mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en una contemplación dulcísima para el Señor. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia que de Dios brota si le dedicamos mucho de nuestro tiempo.

La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo y abrace a Dios con indescriptibles abrazos; apeteciendo la leche divina, como el niño que, llorando, llama a su madre; por la oración, el alma expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.

La oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a la de simples palabras: la oración que es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol: “Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene”, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros porque es de quien recibimos todo bien de modo graciosamente privilegiado; por su misericordia.

El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga, es una riqueza inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien lo saborea se enciende en un hambriento deseo del Señor, como en un fuego ardiente que inflama el alma; a toda la persona.

Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer hombre antes de que pecase, adórnate con la modestia contrita y con la humildad, y hazte resplandeciente con la luz de la justicia que te iluminará; decora tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe y la grandeza de alma a manera de muros y piedras; y, por encima de todo, como quien pone la cúspide para coronar un edificio, coloca la oración, a fin de preparar a Dios una casa acomodada y poderle recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya que, por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de Dios colocada en el templo del alma.

Os envío los mejores deseos, y con la esperanza de que sigáis todos bien, recibir un cariñoso saludo, CTA

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Clara Tricio es religiosa y actualmente residente en Segovia. Mantiene correspondencia pública con Efraín Barrios Molino, antiguo luchador por la justicia social en Centroamérica.

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