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'Syrana', el retorno del thriller político
Gonzalo G. Velasco
Existe una ley no escrita en el mundo del cine que estipula que, en cuanto los partidos conservadores se encuentran en el poder, resurge el cine político. Ocurrió en España durante el reciente mandato del Partido Popular (recordemos aberraciones fílmicas como Los Abajo Firmantes o Hay Motivo y sus derivados), y ocurre desde hace unos años en Hollywood, donde el orondo y bochornoso Michael Moore dio paso, tras su Fahrenheit 9/11, a una nueva hornada de cineastas dispuestos a poner al sistema contra las cuerdas a golpe de espíritu liberal.
George Clooney es tal vez el exponente más carismático de esta tendencia del actual cine norteamericano a raíz de su película Good Night and Good Luck, (plomiza pero resultona obra que, como cualquier producto progre que se precie, ha sido sobrevalorada por la crítica), y ahora, es su amigo Stephen Gaghan, a la sazón guionista de Traffic, quien se apunta al carro ofreciéndole de paso un jugoso papel con aroma de Óscar.
La diferencia entre el cine político európeo y el cine político norteaméricano es que, con la excepción de Michael Moore (hacedor de un cine de trazo tan grueso como su figura), a los de Hollywood no se les ve tanto el plumero. Por miedo, autocensura, talento o lo que sea, esta contención, a priori incoherente, acaba convirtiéndose en su mejor virtud. Y es así cómo, mientras que en Europa el cine de contenido político-social queda reducido, salvo excepciones, a una platea sesuda, minoritaria y exclusiva, las obras norteamericanas logran, mediante la aplicación de narrativas ajenas como la del thriller o el western, seducir a importantes segmentos de público.
El fenómeno resulta particularmente destacable en el caso de Syriana, pues la película se alimenta de un guión tan complejo y en apariencia inaccesible que asusta. El volumen de localizaciones, de personajes, de tramas y de terminologías pueden llegar a desmoralizar al espectador poco precavido. Se exige de él mucho más que una mera identificación edulcorada con los protagonistas, como ocurre a menudo en nuestro continente. Y sin embargo, el vigor del relato es tan intenso que, pese a lo intrincado de su trama, no cuesta dejarse llevar por los trepidantes meandros de la historia ni vibrar o emocionarse con ella hasta el explosivo final, donde uno se da cuenta, sobrecogido, de que la complejidad del film responde a una lógica metafórica más que a una lógica narrativa.
Sí acerca de Munich este servidor les comentó que funcionaba muy bien como thriller pero patinaba en su vertiente política, en lo que a Syriana se refiere he de reconocer que ambos componentes alcanzan un equilibrio envidiable. Stephen Gaghan combina escenas tensas y perturbadoras propias del cine de acción (la tortura de George Clooney, el accidente del niño en la piscina, el clímax final), con unos diálogos, unas situaciones y unos recursos narrativos envenenados de realismo. Su cámara no juzga, muestra. Y lo hace sin olvidar que estamos en una peli de Hollywood, o lo que es lo mismo, cuidando al máximo los aspectos formales.
Añadamos a todo esto el hecho de que no existe en todo el metraje atisbo alguno de panfleteo, y tendremos una película muy notable para los tiempos que corren. Su única pega, tal vez, la excesiva dependencia moral y estética del modelo Traffic, que a este paso y después de Crash, corre el riesgo de convertirse en fórmula. Un pecado menor para un producto capaz, al mismo tiempo, de deleitar aprovechando y de mostrar a un George Clooney con sobrepeso hablando farsi. Sólo por eso, pagar la entrada merece la pena. Créanme.
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