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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Niños perversos

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 5 de marzo de 2006, 05:32 h (CET)
No son estos niños perversos parte del título de la obra de Roald Dahl al contarnos sus historias pareadas, ni es un cuento siquiera, porque como se sabe la realidad supera a la ficción. Son estos niños nuestros, menores de carne y hueso, los que nos asustan poco después de su destete con acciones violentas, irrespetuosas y sangrientas. Algo falla en la sociedad y en las familias cuando algunos chicos no se benefician de lo bueno de la vida, del deporte, del juego, del estudio, de la amistad y de la diversión plena y libre, sin molestar a su vecino de barrio, a su compañero de clase, a su profesor, a su mismo padre o madre o al ser humano con quien convive al lado.

Hay problemas que nos preocupan como las guerras, el paro, la salud, la drogadicción, la inmigración, la inseguridad ciudadana, pero cuando esa preocupación se centra en los menores es cuando más nos damos cuenta de que algo no marcha. Y si la infancia y la adolescencia adolecen y un mal día uno de sus representantes crea la práctica perversa de la mal llamada “feliz bofetada”, que no tiene nada de bofetada, pues son golpes fuertes, ni de feliz pues en ella participa, sin quererlo, un ser que sufre mientras el grupo se regodea, jaleando el resultado en una pantallita, es cuando nuestros pensamientos nos llevan a otras épocas históricas, en un primer análisis más decadentes, como los hombres del Paleolítico rudimentarios pero organizados, como los romanos con sus fieros leones de su circo de bestias, o como la ley del oeste americano, son historias que nunca pensamos que sucedieran realmente pues a través de las pantallas de cine sabíamos de su ficción.

Si preguntas a uno de estos menores conflictivos por qué lo hacen, por qué agreden, responderán que para hacerse respetar, es la ley de la jungla urbana entre bandas rivales o entre la banda dominante que aplasta al individuo que se sale del rebaño de borregos o es capaz de pensar. Mientras, los mayores estamos muy ocupados con nuestros quehaceres para que no le falte de nada como nos faltó a nosotros; y ellos, que no suelen respetar nada, se preocupan, con una gran e ignorante osadía, de hacerse respetar. Son comparables a los canes cuando marcan su territorio pero sin bozal, así se citan en “quedadas” violentas y cobardes para hacer daño al más débil a quien, fuerzas físicas o psicológicas aparte, lo consideran débil.

Son niños perversos que atemorizan a otros niños y jóvenes a la salida de academias y colegios, porque hace tiempo que están de vuelta de colegios y academias. Ahora han crecido, no precisamente por dentro, y necesitan emociones fuertes de reality-show como las que les ofrecemos visualmente, de esta forma son realizadores de su pobre existencia con su cámara de cine doméstica. ¿Tan difícil es hacer un buen uso de la tecnología para evitar que estos “cuervos informáticos y digitales” no nos saquen los ojos? No hay que olvidar que aparentemente la tele, por citar un ejemplo, forma, informa y entretiene, pero también educa y maleduca para después ofrecernos “nanys” y “supernanys” que nos ayudan a controlar la tele.

La tecnología es milagro. ¿Saben acaso estos muchachos lo mucho que costó al hombre llegar a poseer los teléfonos individuales, minúsculos y portátiles cual ordenadores de bolsillo a los que llamamos móviles. ¿No sería más lucrativo pasarnos los mensajes telefónicos, no para citar a la pelea ni para emborracharnos como se hace en la nueva moda botellona, sino para intentar arreglar este mundo a todas luces deshumanizado?
¿Dónde se dictan las normas para andar por la calle ya seas de aquí o de allí, gordo o flaco, blanco o negro, hombre o mujer, profesor o mendigo? ¿Cuándo más vigilancia? ¿Cuándo la justicia y el castigo? Vemos cómo se castiga a un futbolista “malcriado” que no rinde, pero el castigo está en periodo de extinción en la escuela y en casa. Ahora parecen ser los padres y profesores los castigados por los niños perversos del futuro, castigadores de sus vecinos y familiares, niños castigadores que pocas veces han sido castigados.

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