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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Vitoria, treinta años ya

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 2 de marzo de 2006, 23:26 h (CET)
Estamos en época de celebraciones. Hace unos meses todos los medios de comunicación hablaban de que se cumplían treinta años de la desaparición de Franco, que no del franquismo. Dentro de unos meses, cuando el calor comience a apretar de lo lindo volveremos, unos y otros, a escribir que en un caluroso verano de hace setenta años un grupo de generales se alzó en armas contra el poder que legítimamente se había constituido en las urnas y ahora, aunque algunos quieran correr un tupido velo sobre estos hechos se cumple otro triste aniversario: la muerte de unos obreros en Vitoria bajo las balas de la Policía Nacional.

Hacía pocos meses que el viejo dictador había expirado en la cama rodeado por toda clase de artilugios que, durante días, alargaron su vida y su padecimiento para mayor gloria y provecho de sus más allegados que no veían el momento de dejar el poder. Las calles de toda España estaban inquietas, nadie sabía que es lo que podía pasar a partir de entonces y los estudiantes y los obreros -productores les llamaba el “régimen”- se movían más que nunca para expresar en voz alta sus reivindicaciones. Carlos Arias Navarro, responsable de la seguridad del Estado cuando ETA asesinó a Carrero Blanco, presidía el Gobierno y un hombre que se subió a un coche oficial en su juventud y todavía no se ha bajado de él, Fraga Iribarne, era el jefe de los “guardias de la porra”.

En Vitoria, como en otras partes de España, la situación social ardía. Los trabajadores, liderados por unas Comisiones Obreras que intentaban conducir la lucha de los obreros para conseguir mejoras sociales, estaban en huelga desde hacía casi dos semanas y en la Iglesia de San Francisco de Asís tenía lugar una de las tantas asambleas informativas que desde hace días venían celebrándose en la capital alavesa. Era el miércoles de ceniza 3 de Marzo de 1976.

Por aquellos días, como hemos dicho antes, el Ministro de la Gobernación- ahora se llaman del Interior- era Don Manuel Fraga Iribarne que había dejado su tranquila embajada londinense para volver a España y formar parte de aquel primer Gobierno post-franquista. Y con toda la problemática que aquejaba por aquellos días a las tierras de España D. Manuel se marchó a Alemania para dar unas conferencias. En su lugar y como substituto dejó a un joven Adolfo Suárez, por aquellas calendas Ministro Secretario General del Movimiento a quien luego se intentó hacer responsable de la masacre ocurrida.

Puede que Adolfo Suárez tuviera una parte de culpa en los hechos de Vitoria pero también es cierto y, en honor a la verdad, hay que decirlo que gracias a él se paró la intervención del Ejercito que bajo las ordenes del entonces Capitán General de la Región Prada Canillas quería intervenir en el tema lanzando a la milicia a las calles del País Vasco para “pacificar” la situación. Tal vez toda la culpa no es achacable a Suárez. Hay que tener en cuenta que por aquellos días todavía las fuerzas policiales estaban bajo las órdenes de los mismo mandos que habían jurado fidelidad a Franco. Y sus métodos de “leña al mono hasta que hable” se seguían empleando en todas las comisarías de España.

De repente, ante aquella multitud convocada para decidir sobre una huelga que ya duraba dos meses se escucharon los estampidos de los fusiles lanzando botes de humo. Las gentes, con la respiración interrumpida, intentaron salir a la calle y fueron ametrallados en las mismas puertas de la Iglesia. Dos cuerpos jóvenes quedaron abatidos sobre el asfalto. Pedro Mari Martínez de la Empresa Forjas Alavesas y Pedro Arnau Clemente de tan sólo 17, trabajador de la Panificadora Vitoriana cerraron sus ojos para siempre delante de las imágenes que adornaban la iglesia de San Francisco de Asís. Al día siguiente fallecería también Romualdo Barroso, con tan sólo 19 años, y posteriormente otros dos trabajadores también serian contabilizados en la triste lista de los fallecidos. Todos murieron por herida de bala y fueron decenas los heridos por la misma causa. Nunca se supo si se juzgó a los mandos policiales que aquel triste miércoles de ceniza, miedo y tiros mandaban las fuerzas policiales en Vitoria.

Manuel Fraga no apareció por Vitoria hasta el sábado siguiente. Ya saben que este señor, presidente de honor del Partido Popular, y demócrata a machamartillo desde que su jefe Franco murió, hacia alardes de que “la calle era suya”. Los demás éramos súbditos sin ningún derecho. Ahora se cumplen treinta años de aquella masacre y todos debemos no olvidar aquellos hechos que abrieron la puerta, entre otras cosas, a los asesinatos de Montejurra y a la matanza de los laboralistas de Atocha. También entonces desde las tribunas más ultras de los medios de comunicación se anunciaba la ruptura de España y ya lo ven, treinta años después España sigue donde estaba, desde luego mejor que entonces, y nada se ha roto ni desmembrado. Mientras escribo este recuerdo a los jóvenes muertos hace treinta años en Vitoria escucho “Campanades a mort” el réquiem que Lluis Llach les dedicó y pienso en que el responsable de aquella matanza nunca conjugo el verbo dimitir y ha seguido y sigue rigiendo los destinos de España, antes desde Galicia y ahora desde esa jubilación dorada que es el Senado.

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