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Etiquetas:   Lupa Deportiva   -   Sección:  

Alguien tiene que pararlo

Adrián Candal
Adrián Candal
lunes, 27 de febrero de 2006, 22:47 h (CET)
El racismo parecía algo eliminado de nuestros estadios de fútbol. Y sobre todo en estos tiempos en los que las sociedades están compuestas por gente de muy diversas procedencias. La diversidad es lo que nos hace grandes, y en el fútbol eso también es así, aunque hay muchos que parece que no lo ven así. Desgraciadamente, los gritos racistas se han vuelto a producir una semana más. Y ya van unas cuantas. Y casi siempre con los mismos. Los buenos. Se trata de una especie de impotencia y envidia ante los mejores jugadores del mundo. Uno de ellos es Samuel Eto’o.

El sábado, durante el encuentro Zaragoza- Barcelona, cierto sector de aficionados maños profirió gritos racistas contra Eto’o. ‘Mono’, imitaciones de sonidos de macacos, abucheos… Las tristes voces de siempre. Entonces, el camerunés decidió por un momento abandonar el partido, harto de las provocaciones. Quizás esa sea la única opción de parar estos actos. Y por lo tanto, el jugador africano ejerció sus derechos legítimos, aunque finalmente de retractó. Blatter, Presidente de la FIFA, ya dijo en su día que apoyaría a cualquier jugador que decidiese solicitar al árbitro que se parase el partido por gritos racistas y xenófobos.

El caso del Zaragoza es un mero ejemplo. Unos actos que han hecho mucho daño a la entidad, a su prestigio internacional y al de nuestra liga, por no hablar del deportivo, que conllevó que a la larga los de Víctor Muñoz perdiesen un partido que tenían controlado.

Samuel Eto’o también fue protagonista de abucheos racistas en Getafe, cuando parte de los aficionados del Coliseo Alfonso Pérez se burlaron del color de piel de un crack. El artífice de que por entonces, el Barcelona venciese 1-3 al Geta. Lo dicho, envidia.

Pero sin ir más lejos, el pasado miércoles, durante el transcurso del partido de los partidos, Chelsea- FC Barcelona, Samuel Eto’o y Ronaldinho también fueron insultados repetidamente cada vez que tocaban el balón. Precisamente en Inglaterra, donde tanta sangre se hizo de las desafortunadas palabras de Luís Aragonés, o los agravios contra los jugadores de color en el España- Inglaterra. La tesis es que gentuza de este tipo la hay en todos los sitios y lugares, y eso no se puede permitir.

Habría que endurecer las multas, concienciar a la sociedad, o a la propia afición, que en cuanto oiga estas cosas debería abuchear a sus autores. Estamos hablando de un problema que se creía superado y se ha instalado como un lamentable anacronismo.

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