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Un cuarto de siglo del 23-F

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 23 de febrero de 2006, 23:07 h (CET)
Hoy se cumplen veinticinco años del secuestro de los diputados en el Congreso por un destacamento de 200 guardias civiles al mando del Teniente Coronel Antonio Tejero. Pero a pesar de haber transcurrido ya un cuarto de siglo de aquella asonada castrense y de los muchos libros publicados los españoles seguimos sin saber quién o quienes estaban detrás del tricornio de Tejero y de los tanques del General Jaime Milans del Bosch. Quizás tendremos que esperar otros veinticinco años para saber quién era la “autoridad, militar por supuesto” que el capitán Muñecas anunció a los diputados, o qué personaje se escondía detrás del sobrenombre del “Elefante Blanco”. Los norteamericanos tienen su “misterio” sobre el magnicidio de Dallas y nosotros, para no ser menos, estamos “in albis” sobre quién movía los hilos en la trama de aquella intentona de golpe de estado.

Todo comenzó con la dimisión de Adolfo Suárez acosado por los “barones” de su propio partido. La Unión de Centro Democrático se había convertido en una jaula de grillos en la que las luchas por el poder eran el pan nuestro de cada día. En las salas de bandera de los cuarteles se escuchaban rumores de sables debido al problema terrorista y al inicio del Estado de las Autonomías. No había sentado bien en una parte de la oficialidad del Ejercito la concesión de los Estatutos a Catalunya y el País Vasco. Y muchos se habían tomado como una ofensa propia el abucheo al Rey en la Casa de Juntas de Guernika.

En su discurso de dimisión Adolfo Suárez pronunció una frase, nunca aclarada, en la que se detectan signos de presión para su abandono del poder. Sus palabras fueron “no quiero que la democracia sea, una vez más, un paréntesis en la Historia de España”. ¿Fue forzada por alguien con más poder que el entonces Presidente del Gobierno la dimisión de Adolfo Suárez? Esta es una de las incógnitas de aquel turbio asunto que nunca conoceremos.

En las actas del juicio y en los muchos libros publicados se aprecian constantes contradicciones entre los implicados. Tejero pidió en el juicio que le explicaran en qué había consistido el golpe ya que no sabía lo que verdaderamente pasó. El general Armada, para muchos el “elefante blanco”, ha venido negando desde entonces su implicación en el golpe y por tanto también niega la existencia de unas listas con un Gobierno de coalición en el que estarían representados todos los partidos.

Los servicios de espionaje españoles y norteamericanos también aparecen en las diversas tramas del golpe. El CESID debía conocer de las andanzas de Tejero pues éste ya había sido condenado a raíz de la “Operación Galaxia” y los espías de la CIA algo debían conocer de la trama. El cónsul de EE.UU. en Valencia nada más entrar Tejero en el Congreso ya sabía que en Valencia se iba a dictar la ley marcial, las bases norteamericanas en España estaban en alerta desde el 19 de Febrero y diversos barcos de la Sexta Flota patrullaban cerca de nuestras costas. Además Estados Unidos se negó a condenar el golpe el mismo día 23 alegando que era un asunto interno de los españoles.

Tan sólo un civil, García Carrés, fue condenado por estos hechos. Él fue la cabeza visible de una trama civil que es imposible estuviera formada por una sola persona. ¿De dónde salió el dinero para comprar los autobuses que trasladaron a los 200 guardias de Tejero?. ¿Cuántos militares estaban implicados en la trama?. Según José Oneto eran más de 4.000, pero a la hora del juicio ni tan sólo fueron juzgados los números de la Guardia Civil que asaltaron el Congreso y el mismo Tejero mostró en el juicio su profundo desprecio a una parte de la oficialidad por su cobardía y por su traición.

Ante tantas incógnitas la única verdad es que Tejero entró al Congreso secuestrando la voluntad del pueblo encarnada en sus representantes libremente elegidos y que por las calles de Valencia se pasearon los tanques de Milans mientras las emisoras de radio lanzaban al aire marchas militares y cada media hora se leía el bando dictado por el general rebelde en el que se dejaban en suspenso todas las libertades. Todo lo demás, a pesar de la amplia bibliografía existente, pertenece al mundo de la rumorología ya que mucha de la documentación existente ha desparecido o está a buen recaudo.

El refrán dice que “muerto el perro se acabó la rabia”. Aquí eso no ha pasado y veinticinco años después vemos cómo algunos militares continúan pensando que las armas que les hemos dejado en prestamos para que nos defiendan en caso de agresión exterior son de su propiedad. Y aprovechan esa democracia a la que tanto odian y a la que intentaron apartar de la vida de los españoles para lanzar sus proclamas. Para muestra nos basta ver las actitudes del nunca arrepentido Tejero y sus cartas a la prensa, ese oficial de la Legión amenazando con presentarse en Madrid con sus tropas o las declaraciones del Teniente General Mena en la Pascua Militar. Y estoy seguro, diga Pepe Bono lo que diga, que esto es tan sólo la punta del iceberg y que detrás de estos individuos hay muchos más que jalean y aplauden su manera de actuar.

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